Novios de la muerte

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Fundada el 28 de enero de 1920. 4.000 acciones de guerra. Más de 11.000 caídos en combate. Si se les preguntara su nombre (Evangelio de Marcos 5,9), podrían responder “Mi nombre es Legión, pues somos muchos”. Si la muerte tuviera un novio, el candidato lógico sería un miembro del Tercio de Extranjeros, también conocido como Legión Española.

 

 

 

Fundada el 28 de enero de 1920. 4000 acciones de guerra. Más de 11.000 caídos en combate. Si se les preguntara su nombre (Evangelio de Marcos 5,9), podrían responder “Mi nombre es Legión, pues somos muchos”. Si la muerte tuviera un novio, el candidato lógico sería un miembro del Tercio de Extranjeros, también conocido como Legión Española. El himno legionario más conocido, “El novio de la muerte”, originalmente un cuplé muy popular en los cabarets del Madrid de los años 20 del siglo pasado, ilustra a la perfección el solapamiento del campo de Marte y del campo de Venus en la mitología de La Legión: Soy un hombre a quien la suerte/hirió con zarpa de fiera/soy un novio de la muerte/que va a unirse en lazo fuerte/con tan leal compañera. El legionario se compromete en un noviazgo ritual con la muerte en esta historia de redención. ¿Redención? Sí, el milagro legionario consiste en convertir a los desheredados de la fortuna, a los prófugos de su patria, a quienes no se resignan con las cartas que les han tocado en la vida y convertirlos en caballeros, caballeros legionarios, siempre al compás de un ritmo de cuplé, en una danse macabre entre La Legión, novia, y el caballero legionario, novio.

 

De esa historia de redención hablaba también el primer himno de la legión, “La canción del legionario”: cada uno será lo que quiera/nada importa su vida anterior,/pero juntos formamos bandera,/que da a la Legión el más alto honor. Una nueva vida, un nuevo comienzo, una nueva patria a la que servir hasta la muerte ―cumplirá su deber/obedecerá hasta morir, como reza el Credo Legionario―, siempre en vanguardia, una bandera que acoge y envuelve a su grey (la bandera es el equivalente a un batallón). Un código que muestra innegables semejanzas con el bushido de los samuráis: “¡Viva la muerte!”, “Legionarios a luchar, legionarios a morir!”, “A mí la Legión”. Un espíritu de cuerpo inconfundible establecido por el novio de la muerte por excelencia: el fundador del Tercio, José Millán Astray. El amor a la muerte, la pulsión de muerte que para el chamán vienés era la otra cara de la fuerza de la vida, thánatos frente a eros, Marte frente a Venus. Es innegable que el ethos de La Legión está en el ámbito de la necrofilia, la muerte la más leal compañera.

 

A pesar del discurso del ingenioso hidalgo y de los ímprobos esfuerzos de Andres Trapiello en su gran libro sobre la Guerra Civil y la literatura, las armas y las letras no han maridado siempre bien. La apoteosis de esa dialéctica tuvo lugar en el paraninfo de la Universidad de Salamanca el 12 de octubre de 1936. Allí Millán Astray gritó enardeciendo a las prietas filas del auditorio un “¡Viva la muerte!” que hizo levantarse de su silla al rector de la Universidad de Salamanca, Don Miguel de Unamuno, y espetarle unas palabras sobre el culto a la muerte como negación del culto a la inteligencia que pasaron a la historia y que a punto estuvieron de costarle la vida.

 

El tercio español de extranjeros se inspiró en un cuerpo de voluntarios de nuestra vecina Francia: La Légion Étrangère. Quien tenga inundada la memoria por los relatos de P.C. Wren y Emilio Salgari, los juegos africanos de Ernst Jünger y Pierre Mac Orlan y las películas francesas e inglesas sobre legionarios recordará los jardines de sus mitomanías juveniles al escuchar ese nombre, una mitología en sí misma, la de la legión francesa. Desde su fundación el 10 de marzo de 1831, su hoja de servicios empequeñece a su vástago español. La guerra de Crimea, la aventura francesa en México, la guerra franco-prusiana, dos guerras mundiales, Indochina, Argelia. Cinco continentes. El rojo emblema del valor, aunque su boina sea de color verde.

 

Y su emblema en latín, Legio patria nostra, recordando a una de las más extraordinarias maquinarias militares que recuerdan los siglos: las legiones romanas, que tomaban su nombre del verbo legere, “recoger”, “juntar”, “escoger”. Francia acoge en sus filas a hombres procedentes de todas las naciones y a los tres años de servicios les permite acceder a la nacionalidad francesa. El más alto galardón para un desheredado de la fortuna que ha elegido empezar de nuevo. Otra historia de redención. La legión, nuestra patria.