Nubarrones en el paraíso. Cuando el Papa Francisco fue a Brasil

0
345

Hace un tiempo leí Ébano, un libro de Ryszard Kapuściński publicado hace 15 años, en el que narra sus vivencias como reportero en África. Algunas de esas historias me parecieron de ficción o, por lo menos, demasiado cargadas de adrenalina para ser ciertas. Hace unos pocas meses estuve por primera vez en Brasil y participé de la Jornada Mundial de la Juventud. No me encontré con cobras egipcias, ni enfermé de tuberculosis, ni presencié ningún golpe de Estado, como sí lo hizo el periodista polaco, pero comprendí a flor de piel que cada crónica en el extranjero es la condensación de una gran cantidad de imprevistos y que los momentos de buena suerte siempre se pueden complicar. La crónica de una semana brasilerísima bajo una llovizna constante

 

Río de Janeiro no está construida como una ciudad común. Se estableció al principio en la zona llana y pantanosa que bordea la bahía, para después introducirse entre los morros abruptos que la aprietan por todas partes, como los dedos en un guante demasiado estrecho.

Claude Lévi-Strauss, Tristes trópicos

 

 

 

 

El poder de las llaves

 

Había banderas y camisetas celestes y blancas.

 

—Les pedimos que liberen la zona del altar –insistió por tercera vez un voluntario–.

 

Primero solamente fueron rumores, pero se confirmaron el mismo lunes 22 de julio, con el correr de la tarde: el Papa iba a decir presente en la misa de los argentinos –aunque allí también había gente de otros países–, en la catedral metropolitana de San Sebastián, en Río de Janeiro. La forma cónica de ese templo, desde la primera vez que la vi, me hizo acordar a una película del estilo de La guerra de las galaxias.

 

De repente, con un ruido atronador, tres helicópteros sobrevolaron el cielo, que empezaba a nublarse sin apuro. Algunos pensábamos que ahí venía Francisco. Tras pronunciar su nombre por altavoz, la gran mayoría de los peregrinos comenzó a gritar y a saludar mirando hacia arriba. Muchos de ellos esperaban desde hacía horas. Después me enteré de que el Papa había ido, desde el aeropuerto hasta allí, en un Fiat Idea de color plateado.

 

—Bandeiras do Papa, bandeiras –vociferaban los vendedores.

 

Unos minutos después, cerca de las 17 horas, un papamóvil semidescubierto encendió el motor y comenzó a andar. Vi a varias personas que corrían hacia la reja lateral derecha, al frente de la catedral, y levantaban sus máquinas de fotos. Sin dudarlo, también corrí hasta ahí, aunque quedé a seis cámaras de distancia. Francisco pasaba de blanco, sonriente y con los pulgares en alto. Gritos, empujones y sonidos de vuvuzelas. El Hombre del Año, según la edición italiana de la revista Vanity Fair, siguió con los saludos mientras recorría la doble avenida República de Chile, de seis carriles, repleta de peregrinos, rumbo al Teatro Municipal.

 

—¡Es-ta-es laju-ventú-delPapa! –corearon miles de jóvenes, aplaudiendo rítmicamente.

 

Las fotos que tomé salieron algo borrosas y, cuando quise sacar más, ocurrió lo peor: se me terminó la batería de la cámara. No pensé que la visita al Cristo Redentor, horas atrás, tuviera ese tipo de efectos colaterales. Claro: también había filmado un rato largo.

 

Un poco más tarde, una brasilera canosa le preguntó a un policía:

 

—¿Va a volver a pasar?

 

El hombre custodiaba otra de las rejas del frente. Sonriente, le respondió que esa información sólo la manejaban unos pocos. Supuse que, aunque lo supiera, de todas formas no se lo hubiera dicho.

 

Después comenzaron a flamear nuevamente las banderas celestes y blancas, tanto dentro como fuera de la catedral. El Papa, por su parte, llegó al Teatro Municipal y se subió a un helicóptero que lo condujo hasta el Palacio de Guanabara, sede gubernamental del Estado fluminense de Río de Janeiro. Allí pronunció un discurso ante la presidenta Dilma Rousseff, que comenzó así:

 

—He aprendido que, para tener acceso al pueblo brasileño, hay que entrar por el portal de su inmenso corazón; permítanme, pues, que llame suavemente a esa puerta. Pido permiso para entrar y pasar esta semana con ustedes.

 

El destino de su primer viaje internacional había sido el país con el mayor número de católicos en el mundo: 123 millones, una cifra que si bien corresponde al 64% de la población, según el censo más reciente del Instituto Brasileño de Geografía y Estadística, en 2010, ha ido disminuyendo en las últimas décadas.

 

 

Un Papa paralelo

 

Alrededor de la playa carioca más famosa, la de Copacabana, se extiende el paseo marítimo de la avenida Atlántica, hecho con piedras portuguesas blancas y negras en mosaico, formando olas. Una obra del arquitecto y paisajista Burle Max, inspirado en el paseo marítimo de Lisboa.

 

Soplaba algo de viento, caía la tarde del sábado y vi a un papa con un cartel grande en las manos, parado en la costanera. Bueno: tenía la vestimenta blanca que usa el pontífice, una cruz en el pecho y zapatos negros, como Francisco, pero no era él. Un papa paralelo andaba por Río, hablaba con la prensa internacional y promocionaba su sueño: comprarse un vehículo nuevo para trabajar. Se trataba de Roque Estevão da Cruz, más conocido como Joinha, de setenta años, casado y dueño de un camión despintado –ese móvil, con el que va al mercado central de frutas de su ciudad, Aracajú, aún conserva el verde que alguna vez lo cubrió por completo–. Al lado de él, João Tarantella, un empresario del mundo de la pizza, que recientemente abrió la página Sim Eu Ajudo (Sí, yo ayudo), donde cualquier sueño puede recibir la oportunidad de ser valorado y realizado con la ayuda de miles de personas.

 

—Foto con el Papa.

 

Joinha, tras ser seleccionado como “soñador”, hizo su primera aparición como imitador del Papa en su ciudad, a fines de junio, durante las manifestaciones que se produjeron de forma simultánea en todo Brasil para exigir mejoras en los servicios públicos y protestar contra las políticas estatales. Al principio, según me dijeron algunos vecinos, la cobertura de las marchas no circulaba en los medios masivos –al menos los que orbitan alrededor de la cadena Globo–, hasta que hubo muertes. Mientras tanto, las redes sociales habían sido protagonistas.

 

Luego, lo que había surgido como un simple homenaje al mensaje de paz de Francisco en Río se potenció: cientos de personas querían sacarse una foto con el Papa Joinha, ya que era menos probable tener tan de cerca al original. A ratos sostenía un cartel en el que invitaba a conocer la página web donde contaba su historia.

 

El 21 de junio, a través de una nota publicada por la Conferencia Episcopal de los Obispos de Brasil, titulada Oír el clamor que viene de las calles, la jerarquía de la Iglesia se había mostrado a favor de las manifestaciones, siempre y cuando fueran pacíficas.

 

 

Impermeable a la moda

 

Un mes después de que los ojos del mundo vieran a los miles y miles de brasileños que salieron a las calles para protestar contra el Gobierno, millones de peregrinos de 175 países llegaron al país del carnaval para participar de la 28° Jornada Mundial de la Juventud, el evento más multitudinario que organiza la Iglesia católica. Este encuentro se celebra cada Domingo de Ramos, pero toma dimensión internacional cada dos o tres años. Si bien la 28° JMJ comenzó el martes 23, de la mano del obispo de Río, João Orani Tempesta, el Papa comenzaría a participar oficialmente el jueves 25 por la tarde. Hasta entonces visitaría otros lugares, como una favela carioca y el santuario de la Virgen Negra, Nuestra Señora de Aparecida, patrona de Brasil, un país que aún no tuvo un presidente negro.

 

El cielo de Río de Janeiro está tan encapotado como los peregrinos.

 

—Capa da chuva, capa da chuva, capa –ofrecen con éxito decenas de vendedores ambulantes–. Las capas da shuva eran pilotos, impermeables.

 

Francisco había pedido especialmente encontrarse con los peregrinos argentinos, unas horas antes de la bienvenida en Copacabana. Los primeros de la fila llegaron pasadas las 20 del miércoles –algunos eran de Tierra del Fuego, otros de La Pampa o Santiago de Estero– y pasaron la noche frente a la catedral, la de inmensos vitrales que van de arriba abajo. Aparte de una llovizna fina que por momentos se intensifica y genera malestar, el principal problema es saber si uno va a poder entrar o no.

 

—Toma maaaate, el Papa toma maaate, el Papa toma maaaate, el Papa toma maaaaaaaaateeeee –canta un grupo de La Plata, la ciudad de las diagonales.

 

Este contingente hace una semana que está en Brasil: había hecho la “semana misionera”, o días en las diócesis, en la parroquia Nuestra Señora del Perpetuo Socorro y San José, del municipio de San Gonzalo. Allá dormían en casas de familia, mientras que en Río lo hacen en un colegio del barrio de Tijuca.

 

—Mi cuñado se ordenó sacerdote con él –cuenta Kuki, una anciana que sostiene un paraguas negro con sus manos blancas–. Estoy tan contenta de poder verlo.

 

Hay olor a sánguches, también a frituras. Toda la mañana siguen llegando grupos que intentan pasar mejor las horas con cantos y bailes. Se ven remeras, vinchas y pulseras de la Acción Católica Argentina, de la Renovación Carismática Católica, los scout y de los movimientos Schoenstatt y Neocatecumenal, entre otros. También los hábitos de varias congregaciones de religiosas y religiosos. Hay uno que toca un instrumento de percusión.

 

—¿No tenés más mate? –pregunta uno que tiene campera de Independiente.

—Mmmm. Creo que ya no tiene agua –responde un seminarista.

 

Conseguir yerba y agua caliente en el punto justo, dos grandes desafíos en Brasil. “A mal tiempo, buena cara”, dice el dicho. Era tal cual. Por eso, cuando muchos dedujeron que ya no entrarían, pasadas las 11, abandonaron la cola y se acercaron frente de la catedral, vallada por todas partes y rodeada de barullo.

 

—Es-ta-es laju-ventú-decapa —se escucha por momentos.

 

Primero se ponen de moda los impermeables, pero también hay paraguas negros o coloridos, con dibujos del Cristo Redentor, el estadio Maracaná y el cerro Pan de Azúcar.

 

—Dos reales, dejámelos a dos y te compro tres –propone un adolescente con una campera violeta a uno de los vendedores de capas.

—No. Cinco –le recuerda el precio.

 

Como ve que el muchacho insiste en el regateo –y clientes no le faltan–, se va.

 

 

Sin rumbo

 

Era una de las 6.400 personas que recibiría la credencial de prensa. Pero para poder entrar al Media Center de Copacabana tenía que ir a buscarla: ahí comenzó el problema. Bajamos del subte y nos atascamos al final de la primera escalera mecánica de la estación Cardeal Arcoverde. Toda la tarde me había muerto de frío, ya que cuando salimos a la mañana solamente refrescaba y supuse que se despejaría al rato. Lo primero que hice, como tenía dos horas hasta que comenzara el acto de apertura, fue buscar una tienda de ropa. ¡Con lo que odio ir de compras! De todas formas, abrí mi billetera para ver cuánto dinero tenía: 72 reales. Tenía poco presupuesto para estar en un lugar tan céntrico, en una ciudad tan importante y sin conocer dónde comprar. Los buzos y las camperas en esa zona no bajaban de 100 reales.

 

La playa de Copacabana, junto a la de Leme, mide 4,15 kilómetros y está bordeada por la avenida Atlántica hasta el Fuerte, donde se encuentra el Museo Histórico del Ejército. Cuando iba por la costanera pasaban vecinos caminando o trotando, con ropa deportiva, mientras que otros iban a jugar al vóley en la playa o me dejaban atrás en tan solo segundos gracias a sus rollers. El viento que venía del mar hacía flamear con ímpetu las banderas del mundo y también había alguien que animaba desde el escenario –3.115 metros cuadrados en total–, que era de color blanco, con una cruz central de 22 metros de altura y cerca de 20 paneles de LED, instalados a lo largo de la playa.

 

Al llegar comencé a averiguar dónde quedaba la plaza Eugenio Franco, el puesto 1, que era la dirección que tenía del lugar en donde entregaban las credenciales. Primero le pregunté a un voluntario, pero no la conocía. Después hablé con un policía:

 

—¿Puesto 1? –me preguntó, y me señaló hacia el final del camino, hacia el norte.

 

Luego el mozo de un restaurante me confirmó que ese puesto quedaba a unas manzanas de allí. Cuando llegué, un policía y un muchacho del barrio me dijeron que no conocían la plaza. “Bendito puesto uno y bendita plaza”, pensé. Y traté de tomármelo con calma. Después seguí caminando, esta vez en sentido contrario, rumbo al escenario. No sabía si rezar, enojarme o qué; de todas maneras, la credencial no aparecía.

 

Más tarde, ya cerca del escenario, vi a un periodista que la llevaba puesta y me indicó que la entregaban “donde finaliza la playa” y no me quedó otra opción que creerle. Así que retomé la caminata. Media hora después, la avenida Atlántica me parecía cada vez más extensa y quería olvidarme de la credencial y conseguir algo de ropa, porque tenía la piel helada. Me alejé de la costa y me fui al centro comercial, en busca de abrigo. Caminé seis o siete cuadras hasta un puesto de ropa que, desde lejos, supe que era el que estaba buscando. Diez minutos después salí con un buzo verde con capucha, que me costó 39 reales. Pero la noche avanzaba y hacía más frío. Entonces recordé que en mi mochila tenía algo que me podría servir: y la bandera argentina fue bufanda.

 

Algo más abrigado, emprendí la peregrinación, a la que no le veía final feliz. Cerca del límite de la playa no encontré nada que indicara que estaba bien encaminado. Pero me salvó una voluntaria. Marcó dos números en su celular y me confirmó que las acreditaciones se entregaban en el Fuerte de Copacabana, es decir más lejos todavía: “donde finaliza la playa”. Saqué un pañuelo desechable. Me resfrío. Después levanté la mirada y vi las luces blancas del Media Center, que iluminaban el cielo gris.

 

 

Expectativas bajo tierra

 

Tanto las paredes de los subtes como de las estaciones de Río estaban limpísimas, como si se hubieran inaugurado ayer. Un día, mientras viajaba, me encontré con Iara, una señora morena con una estrella de cinco puntas tatuada en el cuello y uñas pintadas de rojo.

 

—Traen paz a la ciudad, alegría, esperanza –me dijo en el encuentro de un par de estaciones que tuvimos.

—¿Esperaba que viniera tanta gente?

—Hay muchos jóvenes –hizo lo que después comprendí que era un gesto de abundancia: juntó las yemas de sus dedos–. Estoy muy sorprendida.

 

Después me tuve que bajar en la estación de Siqueira Campos, ya que las últimas dos estaban cerradas por refacciones.

 

 

Obispos mojados

 

En la lista de elementos que nos recomendaron llevar a Brasil decía: “piloto descartable (las lluvias son comunes)”. ¡Y sí que lo fueron desde el martes!

 

—No me parece bien lo que está haciendo el Papa –dice Ayelén, una voluntaria de 25 años–. Hacerlos esperar así, bajo el agua.

 

Está parada cerca del portón donde comienza una cola de más de quince cuadras.

 

—¿Decís que no hay lugar para todos?

—La capacidad de la catedral es de 5.000.

 

La cifra estimada de peregrinos argentinos era de 40.000. Ahí afuera, mojándonos en la ciudad de las capas, seguramente había más de 15.000. 

 

—¿No dejarán entrar un poco más de gente?

—No sé. Acá son bastante estrictos con esas cosas.

 

Dicho y hecho: solo ingresa esa cantidad.

 

Mientras recorro las calles, cerca del mediodía, cuando la catedral ya fue cerrada al público, algunos grupos cantan “un nuevo sol se levanta”, el principio del estribillo del himno de la 2° JMJ, realizada en Buenos Aires en 1987. El cielo, sin embargo, combina los grises cada vez más con mayor ingenio. Otros tararean Esperanza del amanecer, el himno de la de Río.

 

A esa hora ya había ingresado Filocalia, una banda de La Plata encargada de animar el encuentro. Sus integrantes habían viajado muchas horas en colectivo, tras hacer “escala” en Misiones, para llegar a Río el domingo. Inscriptos como peregrinos, estaban alojados en un colegio de Barrio Jardín, entre dos favelas no pacificadas, a dos horas de Copacabana. La noche anterior, por cuestiones de seguridad, tuvieron que llevar a la catedral sus instrumentos y el listado de personas que entrarían con ellos. Como no contaban con móvil fijo –el chofer con el que fueron estaba en Buzios, al no conseguir dónde dejar el micro– tuvieron que buscar en varias oportunidades vecinos generosos que quisieran recorrer junto a ellos la gran ciudad. Además de cantar, interpretaron cuatro obras de teatro durante la Jornada, como tantos otros artistas que participaron del Festival de la Juventud: danzas, cine, exposiciones y recitales.

 

Francisco Flores, alias Pancho, nacido en Bolívar, convertido en profesor de Filosofía en la ciudad de las diagonales y primera voz de Filocalia, recuerda cómo fue su entrada a la catedral:

 

—Incluso nos hicieron pasar antes que a los obispos, que también se estaban empapando ahí afuera. ¡Pero nosotros teníamos que hacer las pruebas de sonido! 

 

Ni bien se instalaron en el coro, detrás del altar, pusieron manos a la obra y se dieron cuenta de que había entrado un poco de agua cerca de donde habían dejado sus instrumentos. 

 

 

Granos de arte

 

La Ciudad Maravillosa, también llamada la Princesita del Mar, fue elegida el año pasado como Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO. Allí, con arena, agua y fijador, tras dos semanas de trabajo, Rogean Rodrigues y Ceara Danilo habían hecho un castillo de arena y al Papa Francisco –con algunos kilos de más–, junto al corazón azul, verde y amarillo, el logo de la JMJ. “Sacate una foto y colaborá”, decía un letrero de cartón. Muchos de los turistas-peregrinos que pasaban iluminaban la noche con los flashes de sus cámaras y algunos se detenían para dejar unos billetes. 

 

Rogean, un carioca menudo, llevaba puesta una campera verde y blanca, y tenía un aro diamantado en la oreja izquierda. Era un treintañero que hace veinte comenzó a hacer obras en la arena, en su mayoría castillos, aunque también autos y personas, tal como pude ver en una de las carpetas que me mostró; lo contrataban para decorar eventos y locales con sus obras. Tenía un acento muy marcado, ya que había aprendido a hablar español con un colombiano.

 

—¿Sos cristiano?

—No.

—Este diseño del Papa, ¿por qué lo hiciste?

—Fue un homenaje. Me gusta la humildad de su persona.

 

En la otra carpeta atesoraba decenas de recortes de diarios de varios puntos del país e, incluso, un periódico de Portugal, donde también aparecía una nota sobre él.

 

 

Gris tropical

 

El miércoles, Río amaneció definitivamente gris. Ante el frío, los estornudos y la tos, aparecieron buzos, camperas, gorras y bufandas que uno había llevado “por las dudas”. Las dudas se hicieron certeza, y también incertidumbre, porque muchos no veían la hora de andar en ojotas y musculosa junto al mar. El tiempo, por el momento, había dicho que no.

 

Alrededor de las 12, las sirenas de las motos de la policía encienden el alerta:

 

—Alguien importante debe venir –dice uno.

 

Los policías se abren paso con dificultad entre la multitud, que ocupa ambos lados de la doble avenida República de Chile, de seis carriles en total. Escoltan a los tres micros que vienen detrás: dos pequeños y uno grande. Muchos agitan banderas argentinas y empiezan a gritar, a empujarse y a saludar al aire. En realidad, los que llegan son algunos periodistas acreditados. Para de llover.

 

Dentro de la catedral, Pancho está a la espera de que llegue el Papa, ya que le habían dicho que debían cantar Un nuevo sol cuando apareciera. Y la cantan, engañados por movimientos que indican su aparición inmediata, cuatro o cinco veces, hasta que finalmente se hace presente.

 

El Papa llega en auto por una entrada lateral –eso explica por qué no había vallas en la avenida– y desciende frente al templo. Camina unos cuantos pasos hacia la reja y saluda, siempre sonriente.

 

—¡Bájenlo a ese! –grita uno, mirando a un adolescente que está a hombros de su hermano.

 

Más allá, otro se queja:

 

—¿Qué? ¿Compró platea?

 

Allí está, 128 días después de haber asumido su pontificado, cuando dejó de ser Jorge Mario Bergoglio para llamarse simplemente Francisco. Luego entra a la catedral y dirige unas palabras a sus compatriotas. Afuera todos aguzamos el oído. Dice, entre otras cosas:

 

—Ustedes, los jóvenes, y los ancianos, están condenados al mismo destino: exclusión; no se dejen excluir.

 

Sobre la rambla, los miembros del Movimiento de Trabajadores Excluidos y de la Federación de Cartoneros que habían ido en micro desde la Capital Federal y el Conurbano –gracias a una ayuda enviada por el Papa–, escuchan en silencio estas palabras. Una de ellas, uniformada con campera azul, un piercing cerca de la boca y una cámara de fotos en la mano derecha, ya está pensando en que al día siguiente, en el Vía Crucis, se encontrarán personalmente con Francisco. De hecho, el viernes le entregan en mano un cofre de cartón que resguarda una cruz artesanal, del mismo material.

 

Algunos sintonizan en su celular una FM que transmite lo que pasa adentro. Aclamado varias veces, casi hacia el final de su discurso, resume:

 

—Hay licuado de naranja, hay licuado de manzana, hay licuado de banana, pero, por favor, no tomen licuado de fe. La fe es entera, no se licúa. Entonces: hagan lío; cuiden los extremos del pueblo, que son los ancianos y los jóvenes; no se dejen excluir, y que no excluyan a los ancianos. Segundo: no licúen la fe en Jesucristo.

 

Después sale a saludar nuevamente, esta vez con una bandera argentina. Se aleja y al rato comienza a llover de nuevo.

 

—El Papa existe –bromea una chica de Entre Ríos, radiante de felicidad–. ¡Y lo viiiiii!

 

Algunas personas lloran y otras cantan con el último hilo de voz que les queda. Luego de quince minutos, gran parte de la multitud se había dispersado. Mientras muchos van a almorzar, otros llegan el paseo marítimo de la avenida Atlántica para conseguir un buen lugar en el acto de bienvenida a Francisco, que empieza a las 18.

 

 

Clases de surf

 

El viernes, después del mediodía, el cielo se despejó por unas horas y permitió disfrutar de la arena tibia y del oleaje, compuesto por aguas transparentes, de tono verdoso. Ricardo, 1,65 de altura, casi rapado, un silbato sobre su piel oscura y short negro a lunares, estaba sentado debajo de una sombrilla blanca, desde donde alquilaba tablas de surf, tres en total.

 

—¿Cuánto cuesta?

—Para los que ya saben surfear, 30 reales la media hora y 50 una hora. Si la persona no tiene idea, hay una clase teórica y la acompaño: dura una hora y cuesta 60 reales.

 

“Qué bien”, le respondí. Luego, antes de irme, mejoró la oferta:

 

—Si son dos los que no saben –¿tan evidente era mi relación con el mar? –, les sale 50 reales a cada uno.

 

 

Una nacionalidad contagiosa

 

Después de comer arroz con feijão unas legumbres tan comunes en Brasil que si alguien dice “él trae los frijoles a la casa” se refiere a que trae el “pan” de cada día– y de tomar jugo de guaraná en un restaurante rústico y barato, me subí a un colectivo que tenía el cartel de Copacabana. Pagué con la tarjeta del peregrino, que permitía realizar hasta ocho viajes diarios en cualquiera de los medios de transporte de la ciudad –micro, tren, subte y ferry–. Mientras viajaba, me puse a conversar con William, un joven con aparatos en los dientes, que vino desde San Pablo para participar del encuentro. Me hizo la clásica pregunta de cómo recibimos en Argentina la elección de Bergoglio: “Nadie se lo esperaba”, etcétera. Justo después de que le pregunté si sabía cuán cerca de la playa nos llevaba, el chofer frenó lentamente y estacionó frente a unos conos que indicaban el final del recorrido.

 

Desde allí, Botafogo, debimos continuar a pie. William bajó rápido del colectivo y no volví a verlo. Quince minutos después atravesé el primero de los túneles que nos conducían a Copacabana. De repente, bajo el techo iluminado con reflectores anaranjados, cientos de peregrinos comenzaron a cantar:

 

—Euuuu sou brasileeeiro com muito orguuuuulho, com muito amooooooooor.

 

No había forma de no sentirse brasileño por un rato, y me sumé a la cantata, que se multiplicaba a cada paso. Desde los balcones, vecinos de todas las edades saludaban y sacaban fotos. Flashes, palmas y sonrisas radiantes.

 

Al rato escuchamos una sirena policial intermitente, a lo lejos pero acercándose. Los de la guardia municipal, desde la camioneta en la que pasaron luego, también sacaban fotos con el celular.

 

Tampoco faltó el ceacheí, un canto creado hace 70 años, siempre vigente:

 

—¡Chi-chi-chi le-le-le, viva Chile!

—Remeras de Brasil, banderas de Brasil –gritaba un señor negro, abriéndose paso entre la gente.

 

Dos argentinas le compraron unos recuerdos y luego comentaron, entre risas:

 

—¡Dice meid in Chaina!

 

 

Huelga

 

Cuando iba a la playa, el helicóptero que conducía al Papa aterrizaba a metros del Fuerte. A media cuadra, sobre la calle Francisco Otaviano, estaba el café Atelier. Allí fui en busca de esa bebida revitalizadora que venía acompañada de wifi, pero los empleados no me dejaron pasar. Eran tres y estaban en la puerta.

 

—Queremos ver pasar al Papa –dijo uno.

 

¡Y eso que todavía faltaba como una hora para que saliera!

 

Mientras, me mezclé entre la gente de Angola, Italia, Estados Unidos, Kenia, Polonia y España. Una joven uruguaya iba con otra amiga, comiendo una manzana roja. Ambas tenían las mochilas de la Jornada, hechas de material reciclado. Las que venían con el kit del peregrino eran azules, amarillas o verdes, los colores de la bandera local. También traía un crucifijo, la remera verde, una gorra, la credencial y varios libros, como el de bioética. Todos estos elementos estaban destinados únicamente a los que habían pagado la inscripción.

 

A dos metros de altura, desde los puestos de vigilancia, los militares de camperas negras y azules, tres o cuatro en cada uno de éstos, controlaban la seguridad del lugar; la mayor parte del tiempo, en realidad, conversaban entre ellos, ya que los peregrinos no les daban mucho trabajo.

 

En uno de los puestos de bebidas, entre las palmeras y la arena, sonaban melodías de samba o veían algún programa de la televisión local. Había agua de coco, cerveza fresca, cocacola y caipiriña, entre otras.

 

Caminé hacia las vallas plateadas que delimitan el recorrido de Bergoglio. Cecilia, una brasilera de más de 50 años y dientes amarillentos, estaba subida a una banqueta de plástico negro, a un metro de la valla por la que pasaría el pontífice en unos minutos. Tenía una pancarta blanca que decía, en letras negras –en portugués–: Papa Francisco, rece por los profesores. Hace dos meses que estaban de huelga; “paralizados” fue la palabra que utilizó. Ganan “muy mal”, aseguraba. Luego se alejó, satisfecha, tras mostrarle al Papa su reclamo.

 

 

Lo que importa es estar

 

En las calles se destacaban miles de Kombinationsfahrzeug: vehículo combinado, en alemán; las famosas Combi, dicho de forma más familiar y en español. Desde 1957 –cuando comenzaron a fabricarlas en San Bernardo del Campo, en el estado de San Pablo, para exportarlas a otros países de Suramérica– se habían producido un millón y medio de vehículos. Recientemente la empresa lanzó una última edición de 600 unidades.

 

Era jueves por la tarde. Desde el Fuerte, el papamóvil salió unos minutos antes de lo previsto y recorrió buena parte de la avenida Atlántica. Sentados o parados en la arena, más de un millón de personas participaron de la misa de recibimiento. Había gente de Mozambique, Colombia, República Democrática del Congo, México, Honduras, y más también.

 

Mientras, otros seguían llegando a la playa en colectivo, que iban al máximo de su capacidad. Los micros brasileños cuentan con molinete, un guarda que indica el precio del pasaje y pantallas en las que pasan noticias, aunque también publicidades y chistes: “don dinero no produce la felicidad, pero calma los nervios”, decía uno. Una duda que aún tengo es si los choferes, cuando doblan, aceleran más para hacer el viaje más interesante o para qué.

 

Cuando el obispo de Roma –como Francisco prefiere llamarse– llegó al escenario, los helicópteros se dispersaron para sobrevolar el lugar, cada uno por su cuenta y ruido. Después pidió silencio y oraciones por Sophie Morinière, una francesa de 21 años que falleció en un accidente de tránsito cuando se dirigía, desde Guayana, a Río de Janeiro. Luego le agradeció “de todo corazón” a Benedicto XVI por haber elegido a Brasil como sede de la Jornada.

 

—Ustedes saben que antes de venir estuve charlando con él. Y le pedí que me acompañara en el viaje, con la oración. Y me dijo: los acompaño con la oración, y estaré junto al televisor. Así que ahora nos está viendo.

 

 

Miedo a no volar

 

El viernes 26, antes de comenzar el rezo del Vía Crucis –conjunto de oraciones y reflexiones sobre el camino de la cruz de Cristo–, hacía 19 grados centígrados y el mar golpeaba fuerte sobre la costa. Plantada en la arena, flameaba una bandera roja, de precaución.

 

Tras el vía crucis, veinte portorriqueños se habían subido a una rambla de la avenida oceánica, dejándole paso a la multitud que avanzaba hacia el escenario. El padre Ángel Cuadrado, alto, algo canoso y vestido de civil, conversaba con los chicos de su grupo, de la parroquia San Judas Tadeo. Para poder llegar, desde hace dos años que organizaban bohemias (bailes) y obras de teatro, entre otras cosas.

 

—Para nosotros fue una de cal y una de arena —contaba el cura.

 

Al llegar desde San Juan al aeropuerto de Miami, por problemas mecánicos, les dijeron que su vuelo a Nueva York había sido cancelado por unas horas. Tras esperar casi cinco para hacer el reclamo correspondiente, a la 1.30 de la madrugada los llevaron al EB Hotel Miami, de la cadena venezolana de hoteles 5 estrellas Eurobuilding Hotels.

 

Al otro día, listos para partir, les comunicaron que el vuelo estaba demorado porque habían cerrado el aeropuerto de Nueva York.

 

—El atraso fue de dos horas. Teníamos miedo, pues perdíamos la conexión con el vuelo a Río. Al final llegamos un poco tarde, una hora después, y el vuelo de Nueva York nos estaba esperando. Entramos corriendo, cerraron puertas y salimos. Todos respiramos con los corazones muy agitados de la carrera que hicimos en el aeropuerto. 

 

 

Cuando me denuncié

 

Perder la credencial de prensa no tiene nombre. Encima me di cuenta cerca de medianoche, cuando llegamos a McDonalds para comprar el “plato peregrino” con la tarjeta Ticket Restaurante, que venía en el kit. Repasé mentalmente la última hora: miles y miles de personas al llegar a la estación de subte, otros tantos al tomarnos el colectivo, y después una caminata hasta esa casa de comidas. Tuve la precaución de llevar siempre la mochila adelante, pero no la de guardar la credencial, que se pudo haber desprendido en cualquier momento. Por un rato perdí el apetito.

 

Complicaciones varias y de lo más originales hicieron que tardara dos días en ir de nuevo al Fuerte y preguntar cómo recuperar la credencial. ¿Realmente tendría que pagar 50 dólares, como decía en el mail que me mandaron una vez? El jueves por la tarde fui y me dijeron que ese trámite sólo se hacía hasta las 13 horas. Paciencia.

 

El viernes, temprano, me presenté con mi mejor sonrisa y me mandaron a sonreír a otra parte: a la delegación policial más cercana. Encima tan cercana no era, pero como ese día salió un sol brasilerísimo por unas horas, no me importó demasiado.

 

—Ya van tres en una hora –me contó la mujer de tez blanca que me atendió en la sede del distrito policial 13°.

—¿Dónde la perdiste? –me interrogó la otra, al comenzar el trámite, con los dedos sobre el teclado.

 

Bien no lo sabía. Le conté mis suposiciones.

 

—Ponemos en la playa –resolvió.

 

¿Qué le iba a decir? ¿Que no? Los demás datos que completó sí eran ciertos. Media hora después obtuve, gratuitamente, mi certificado de extravío. Así, retomé la marcha y fui al sector de acreditaciones del Media Center.

 

—¿Otro más? –me dijo la voluntaria que estaba en la computadora número 1, de un total de 19.

 

Me presentó a dos colegas, uno del estado de Río Grande del Norte y otro de Italia. A ambos les había pasado lo mismo que a mí.

 

Vamos tirar uma foto –se entusiasmó el que jugaba de local.

 

Le seguí el juego, pero el tano dio un paso hacia atrás y se puso a hablar por celular.

 

 

Caras pintadas

 

—Ven para la calle, ven contra el moralismo –cantaba una muchacha de cabello corto, con una bombacha negra en la cabeza–. Abajo el falso moralismo.

 

Varios tenían los pechos descubiertos, tanto mujeres como varones, y pintadas en la espalda. La tarde del sábado, varias horas antes de que comenzara la Vigilia, marchaban cientos de jóvenes de entre 20 y 35 años por la avenida Atlántica, con banderas que pedían un Estado laico, la legalización del aborto y el fin de la cultura del estupro. Otro de los reclamos se resumía en la pancarta y los cantos que decían ¡Fuera Globo! Algunos también hablaban de “dictadura mediática”.

 

Janina, una joven rubia que milita desde hace un año en una de las agrupaciones feministas reunidas ese día, me contó que en Río era la tercera marcha de las vadias, que se traducía como vagas y también como prostitutas. Entre ellas había varios hombres, como el joven negro alto, bien afeitado y de labios maquillados que llevaba un pantalón del mismo color y un vestido encima.

 

Una cuarentona rubia de rulos se pintaba líneas rojas en la cara, mirándose al espejo de un Volkswagen verde, y después se sumó a la caravana, que se extendía una manzana y media. Había un cartel que decía: ¿Por qué nunca tuvimos papisa?. Otra promocionaba la JMV, o Jornada Mundial das Vadias.

 

Tras pasar el Fuerte, continuaron su andar por la calle Francisco Otaviano. Después de que abandonaran el camino que, desde el jueves, el papamóvil recorría por las tardes, cinco hileras pasaron la noche frente a la catedral de policías cerraron la marcha. Luego se detuvieron frente a una parroquia y cantaron y aplaudieron con más fuerza.

 

—Queremos una Iglesia que promueva el sacerdocio femenino –coreaban.

 

Desde las escalinatas del templo, una veintena de adultos hacían palmas o rezaban o miraban en silencio. Adentro, estaba todo listo para celebrar un casamiento: alfombra roja y un altar pequeño, aunque bien iluminado.

—Es una provocación –expresó una señora mayor, en la entrada de la parroquia.

 

Una vecina pelirroja, de jean y ojotas, con una camiseta que decía Francisco 1 en la espalda caminaba por la vereda, atenta al transcurso de la manifestación. Mi cuerpo es laico, rezaba una inscripción. Algunos también portaban banderas de nailon con el rostro del Papa, esas mismas que vendían en la playa, pero pintadas con letras rojas.

 

 

Desorientado en la noche

 

—¡Pase libre! –gritaron varios, al ver que habían liberado los molinetes.

 

Los que tenían un chaleco que decía orientación sacaban fotos a la muchedumbre. 

 

—¿Por qué los liberaron?

—Para que sea más rápido y sin accidentes –dijo Marcelo, uno de la empresa.

 

Ese viernes por la noche, como la mayoría de las veces, volví solo al barrio de Tijuca –dicen que es el único de la ciudad de Río en el que sus habitantes no se consideran cariocas, sino tijucanos–. Comúnmente, los subtes suelen viajar bajo tierra. Por eso me sorprendí cuando, a más de diez paradas de haberme subido, vi las luces de la ciudad a través de las ventanillas. Debí haber tomado, sin querer, un tren que nacía como subte: hasta dos estaciones atrás hacía el mismo recorrido que el que yo necesitaba. Entonces me bajé en la de San Cristóbal y tuve que volver en dirección contraria, hasta la Central. Diez minutos después ya viajaba de nuevo bajo tierra, rumbo a la estación Sáenz Peña.

 

Antes de bajarme escuché que un peruano le decía a uno de sus amigos:

 

—Me está por salir un callo sobre otro callo.

 

 

Un poco de sangre

 

Al cruzar la reja, los policías hicieron pasar mi mochila por la cinta de control, por un detector de algo y, con un aparato pequeño, revisaban que no tuviera nada en los bolsillos.

 

—¿Celular? –me preguntó.

—Sí –respondí, y lo puse en mi mano.

 

También tomé mi billetera y la cámara digital. Al llegar a la mitad del camino de piedra del Fuerte, cuesta arriba, volví a mostrar la credencial y me senté en un auto blanco pequeño, de esos que se usan para recorrer las canchas de golf. El día anterior había subido por la escalera. El camino era sinuoso, pero muy corto (al menos en ese vehículo). Le di las gracias y me bajé frente al Media Center, una gran tienda construida en un predio del Museo del Fuerte.

 

Varios guardias vigilaban la entrada. Los saludé, acomodé la credencial en un lugar bien visible y entregué nuevamente mi bolso. Crucé otra puerta detectora de algo, abrí mi mochila para mostrar que no llevaba ninguna bomba ni tampoco un arma y finalmente entré. El techo, hecho de un material que parecía sintético, blanco y grueso, se ondulaba por momentos debido al viento, que hacía bailar las estructuras.

 

Allí había salas de redacción, computadoras y escritorios con wifi, cafetería, y una gran sala para conferencias de prensa. En uno de los baños, impecables, por cierto, me refugié cuando el viernes comenzó a sangrarme la nariz. Como la situación persistía, fui el día siguiente a uno de los puestos de la Cruz Roja, donde me recomendaron comprar vitaminas C y K. Tras visitar cinco o seis farmacias (drogarías, le dicen. ¿Habría una traducción más original que ésta?), me conformé con una caja de doce comprimidos que me ofreció el droguista. Por suerte hicieron un buen efecto.

 

 

La remera amarilla

 

En el barrio de Tijuca, el primer piso de la parroquia Sangre de Cristo era de cerámicos trozados, de colores beige, negro y amarillo. También había guirnaldas de papel con los colores de Alemania y Chile, y globos con los de Italia, ya que fue una de las 264 sedes de las catequesis que dieron los obispos, y a ésta le correspondía en italiano. Sentada en una de las gradas del hall, Celia, con la remera amarilla de voluntaria, anteojos cuadrados de marco dorado, cabello oscuro y 63 años muito bem vividos, como confiesa, fue la coordinadora de su parroquia mientras duró la JMJ. Eligió a un grupo de trabajo y tomaban las decisiones en conjunto; la semana anterior, incluso, llegaban a reunirse casi todas las noches. Además, fue una de las 12.000 personas que participó del encuentro que tuvo el Papa con los voluntarios –debido a la capacidad del lugar, no pudieron entrar los 60.000 que eran, en total–.

 

—Acá recibimos a 450 chilenos, argentinos, paraguayos, alemanes, italianos y venezolanos –relató, gestualizando con las manos.

 

También recuerda que lloró “compulsivamente” en una de las últimas misas en Copacabana, en la que uno de sus hijos, que es diácono, leyó el Evangelio.

 

 

¿Neimar o Messi?

 

—¿Le gusta leer? –me preguntó una mujer morena, de cabello corto y una sonrisa tan radiante que podría hacer creyente al más ateo.

 

Le respondí que sí. Luego continuó:

 

—¿Sabe qué enseña realmente la Biblia?

 

Eran testigos de Jehová que estaban distribuidos en varios lugares de la ciudad, como en la salida de los subtes o en las plazas. Tras conversar un buen rato, quise saber qué opinaba de la llegada de tantos católicos.

 

—Estamos felices de todo el color que le trajeron a Río –contestó, sin dejar de sonreír.

 

Unos pasos más adelante me detuvo Jessi, miss Simpatía de Brasil, de tez muy oscura y aparatos en los dientes –los elásticos de sus brackets, como los de muchos otros, eran de colores–. En la mano tenía un formulario de Puertas Abiertas, una ONG internacional que apoya a los cristianos perseguidos en el mundo. Había sido fundada en 1955 luego de que un holandés llevara Biblias en forma clandestina a Polonia y otros países del Este europeo.

 

—Viene de Argentina –contó de pronto, saltando. 

—¿Neimar o Messi? –me preguntó su compañero junta-firmas.

 

Esa encrucijada futbolística era una de las pocas cuestiones que quebraban el clima de fraternidad con los brasileños. Y me discutía que la respuesta no tenía que llevar Lío.

 

Después, mientras dejaba mi firma en la planilla de la chica, me confesó en voz baja:

 

—Para mí es mejor Messi, pero no se lo digas a nadie.

 

 

Una ciudad para otros

 

—¿Para quién es la ciudad? –piensa Manoel Santana, con una sonrisa muy amplia y una cadena gruesa de plata al cuello.

 

Él es geógrafo y profesor en la Universidad Estatal de Río de Janeiro, oriundo de la región noreste de Pernambuco, pero radicado desde los 11 en Río, donde se casó y tiene dos hijos. “La ciudad se prepara para recibir a los turistas, pero no para atender las necesidades de su propia población, que se queda afuera de esos grandes eventos”, asegura. También se queja de que se interrumpa la cotidianidad de los cariocas. A tal punto que tuvieron que decretar feriado el jueves 25 y el viernes 26. “¿Para quién trabajan los políticos”, se preguntaba en su casa de San Gonzalo, días después de haber participado de la JMJ, mientras se acomodaba los anteojos rectangulares de marcos negros.

 

 

Francisco y los cuervos

 

Hacia el cerro o morro Corcovado, desde donde los brazos del Cristo Redentor abrazan a la ciudad desde 1931, cientos de buitres planeaban sobre el cielo gris: se trataba de los urubus, que el periodista Roberto Arlt tradujo como “cuervos”, en una de sus crónicas.

 

—El Ciclón, el Ciclón, el Ciclón –coreaban cuatro varones de la ciudad de Buenos Aires, más abajo, cerca del vallado que delimitaba la pista del papamóvil.

 

Uno de esos porteños, un joven alto y de cabello castaño claro, le explicaba a un grupo de brasileros por qué se le decía cuervos a los hinchas de San Lorenzo, el equipo del que era socio Jorge Mario Bergoglio antes de convertirse en Francisco.

 

—Fue fundado por un sacerdote. Y como los curas se vestían todo de negro y acá tenían un piquito blanco –señaló debajo de la garganta–, les quedó el apodo de cuervos.

 

Tras esta breve explicación histórica, reanudaron los gritos de ¡el Ciclón!. Pocos minutos después, del lado en el que estaba la gente pasó un vehículo pequeño de logística, con techo blanco y dos hombres que tocaban bocina.

 

—¡El papamóvil! –gritó uno y el resto comenzó a reírse.

 

Del otro lado de la valla había grupos de franceses con banderas y globos blancos con la expresión yo amo (corazón) al Papa Francisco.

 

 

Plan B

 

Debido a la lluvia de los días anteriores, el terreno destinado a la vigilia de oración y al acto de cierre –Campus Fidei, Campo de la Fe en latín, que ocupaba 1,36 millones de metros cuadrados en Guaratiba– se había descartado, y se puso en marcha el plan B: la playa de Copacabana; la Princesita del Mar resplandecía como único lugar medianamente capacitado para albergar a tanta gente. Claro que los 4.673 baños, las 33 pantallas gigantes de LED y demás comodidades quedaban afuera, pero no había más opción. El sábado, cerca del mediodía, la gran mayoría de los 427.000 inscritos comenzábamos a caminar los casi 10 kilómetros que había desde la Estación Central hasta la playa.

 

El kit de la vigilia pesaba 4 kilos y nos proveía de alimentos hasta el día siguiente: jugos, queso en cubitos, tostadas, chocolate, bombones de coco, atún y unas barras de cereales no muy sabrosas. Después de retirar el mío, me subí a uno de los puentes que había en los alrededores del Parque del Flamengo, en la bahía de Guanabara. Contemplé el Pan de Azúcar, a lo lejos, y una multitud colorida y alegre que pasaba debajo: distintivos de Nicaragua, Canadá, Ecuador, Australia, Bolivia y algunas remeras rojas, de la Jornada de 2011, de Madrid.

 

Así, con la alacena asegurada hasta el día siguiente y otras cosas a cuestas, solamente quería llegar a la playa y continuar con otros reportajes. También sobre el puente, Cristiana, una señora de sesenta y tantos años, pulóver bordó y zapatos de cuero miraba sorprendida el avance de la marea de gente.

 

—¿Sabe dónde queda la estación de subte más cercana?

—Seguime, que yo voy para allá –me respondió.

 

Y empezó a andar. Minutos después se sumaron cuatro brasileños del interior. Ninguno de ellos era periodista, pero tenían cara de “quiero evitar la fatiga de recorrer tantos kilómetros”. Mientras caminábamos nos mostró el balcón de su habitación en el Hotel Regina, segundo piso, donde se destacaba una planta con flores blancas. Ella había estado el día anterior en el rezo del ángelus del Papa, en el palacio San José, ubicado cerca de allí.

 

Finalmente nos dejó en la entrada de la estación del metrô, pero como estaba cerrada tuvimos que ir hasta la siguiente, tres o cuatro cuadras más adelante.

 

 

No para hacer turismo

 

Won Seck Jung, 22 años, zuecos verdes de goma, pantalón deportivo a rayas y campera amarilla y azul, estaba junto a otros de sus compañeros de viaje, de Seúl. La mayoría tenía las bolsas de dormir ya acomodadas sobre la arena. Incluso habían hecho una especie de pasillo, que delimitaba su lugar de descanso, y sus propiedades. Era uno de los 250 miembros de la comitiva de Corea del Sur. Ángela, también coreana, con un manejo básico del español y del portugués, fue la traductora.

 

—¿Hace cuánto te decidiste a venir?

—Me anoté en octubre del año pasado, pero recién este año fui elegido –comenzó a contar, con seriedad.

—¿Elegido?

—Elegían a los que realmente sabían que veníamos a participar de la Jornada y no para hacer turismo –dejó entrever una sonrisa.

 

Luego dijo que había hecho dos años de servicio militar obligatorio.

 

—Hay un grupo de 300 chinos que consiguió llegar a Brasil, evadiendo las restricciones del Partido Comunista. ¿Cómo es Corea en materia de libertad religiosa?

—Históricamente tenemos una tradición budista, pero mi país es libre en lo que tiene que ver con la religión. Hay un alto porcentaje de protestantes, con muchas denominaciones, pero a diferencia de la Iglesia católica no tienen unidad.

 

Antes de despedirnos me contó que Won Seck Jung era su nombre coreano, pero también tenía un nombre de bautismo: Stepanos, como san Esteban, el primer mártir cristiano.

 

—Viniste de tan lejos… ¿Qué creés que te llevás de acá?

—Antes pensaba que tenía fe. Acá aprendí lo que es la fe verdadera.

 

Más tarde se realizó una adoración eucarística, en la que la inmensa mayoría rezaba, en silencio y de rodillas, frente al Cuerpo de Cristo, presente en la hostia consagrada.

 

 

Puertas que se abren

 

“Si hay una tierra de América donde el extranjero pueda sentirse cómodo y agradecido al modo natural de ser de la gente, es esta del Brasil”, escribió Roberto Arlt en una de las primeras crónicas que envió como corresponsal del diario El Mundo, en abril de 1930. Este ejemplo, uno de tantos, le dio la razón: El sábado por la noche, antes de comenzar la vigilia, surgió uno de los problemas de higiene más grandes, debido a que colapsaron los baños químicos y más de uno improvisó un barbijo con un pañuelo o una bandera. Muchos tosían al salir.

 

Así fue como el portero de un edificio, a metros de la costanera, abrió la puerta y dejó pasar al baño de la planta baja a varios peregrinos. Otro ejemplo sería el de las tortas y los regalos que recibieron algunos argentinos que cumplieron años durante la semana misionera. Detalles que suman.

 

 

Algo más grande que la Copa

 

Según el sitio oficial de la Copa del Mundo 2014, la capacidad del estadio Maracaná es de 78.800 personas. En ese momento, en la Ciudad Maravillosa, según los organizadores, hubo 3,7 millones de peregrinos, equivalente a 47 estadios repletos; la mitad era de Brasil. Esa cifra incluía a los 7.814 sacerdotes y 644 obispos inscriptos, de los cuales 28 eran cardenales.

 

De camisa blanca, con un rosario al cuello y varias pulseras en la mano derecha, Luan Santana le canta al Papa la oración simple de san Francisco. Es uno de los tantos artistas que pasan por el escenario durante la vigilia de oración del sábado, junto a una estructura en construcción, hecha en madera, que representa a la Iglesia.

 

Más tarde, el pontífice comienza a leer un discurso en portugués, que continua en español, y al que le añade varias expresiones espontáneas. En un momento se hace un silencio profundo, inusual, entre los que estamos en el Media Center, para mirar y escuchar con atención las pantallas.

 

—Jesús nos pide que le sigamos toda la vida, nos pide que seamos sus discípulos, que juguemos en su equipo. Creo que a la mayoría de ustedes les gusta el deporte. Y aquí, en Brasil, como en otros países, el fútbol es pasión nacional.

 

Aplausos. Unos renglones después tira un título periodístico que, en segundos, resuena y se multiplica en la red de redes:

 

—¡Jesús nos ofrece algo más grande que la Copa del Mundo!

 

Después de la vigilia, cientos de miles de peregrinos decidimos quedarnos a dormir en la arena, a metros del mar, bajo un cielo estrellado, con luna. La mayoría había traído su bolsa de dormir, aunque otros, pensando que volvería a llover y que no pasaríamos allí la noche, tuvimos que dormir así nomás, como estábamos –pasar la noche en la playa significaba un ahorro considerable de tiempo y de energía–. De todas formas, la mayoría pasa bastante frío.

 

Algunos abrimos los ojos cerca de las 6, cuando ya había amanecido, con el sonido del oleaje de fondo. Una hora más tarde transmiten por las pantallas gigantes el videoclip de Esperanza del amanecer, el himno de la Jornada. La temperatura va en aumento y a las 8 vuelve a nublarse ligeramente. Pasadas las 9, el helicóptero que transporta al Papa sobrevuela la playa y aterriza en el Fuerte de Copacabana. Casi todo el mundo ya está despierto. Las banderas y los cantos de los jóvenes visten de color al día gris.

 

 

Costos reales

 

Según informaron los organizadores de la JMJ, este evento, enmarcado en el viaje de un jefe de Estado como lo es el Papa, tuvo un coste total de 350 millones de reales (unos 120 millones de euros) para el Gobierno, en sus niveles municipal, estatal y federal. De esa cifra, el 70 por ciento iba a ser cubierto por las inscripciones de los peregrinos, donaciones, ventas de productos oficiales y publicidades. El diario Folha de São Paulo, por su parte, informó a fines de agosto sobre la venta de un inmueble de la arquidiócesis de Río de Janeiro, por un total de 46 millones de reales, para cubrir las deudas ocasionadas por la Jornada. Lo compró la clínica privada que lo alquilaba desde 2001. El Ministerio de Turismo de Brasil, a su vez, aseguró que el megaevento inyectó 1,8 mil millones de reales a la economía nacional.

 

 

Lo único que no tuvimos fue un parto

 

Tras media hora de viaje en el papamóvil, su pasajero VIP llega al escenario e inicia la misa de envío. Durante la homilía, Francisco expresa que la intensidad de lo experimentado en esos días debe continuar, porque si no “sería como quitarle el oxígeno a una llama que arde”. Después añade que la evangelización no se trata de un pasatiempo, sino que Jesús dijo, como es el lema de esta Jornada, “vayan y hagan discípulos a todos los pueblos”. Él quiere, asegura, “que todos sientan el calor de su misericordia y de su amor”.

 

Al mediodía, al finalizar el rezo del Ángelus, se confirman los rumores que escuchamos en estos días: la próxima JMJ se realizará dentro de tres años en la ciudad de Cracovia, Polonia, la tierra del beato Juan Pablo II. Las banderas blancas y rojas, entre millones de aplausos, se agitan con alegría y con fuerza. Después comenzamos a dispersarnos, aunque la música en vivo sigue sonando. La Compañía Municipal de Limpieza Urbana, como los otros días, comienza a hacer inmediatamente su trabajo. En total, durante esos días, remueve 345 toneladas de residuos orgánicos y 45 toneladas de materiales reciclables.

 

Por la tarde, a un par de cuadras de la playa, me cruzo con Jorge Luis Doblowsky, un hombre flaco, canoso y de barba que junta latas de gaseosa en una bolsa negra de nailon “para hacer una monedita”. Sin dejar de recolectarlas, ese carioca me cuenta que es descendiente de polacos. Detrás pasa un vendedor de hielo, que lleva nueve bolsas de por lo menos 15 kilos en la parte delantera de la bicicleta y deja al descubierto un bóxer rojo con el símbolo de Playboy.

 

Después me encuentro con Thiago, el responsable de uno de los varios puestos de la Cruz Roja instalados en Copacabana, que ya camina con la satisfacción de saber que la Jornada terminó. Desde que comenzó el evento, en particular a partir del viernes, habían atendido a más de 1500 personas por día, ya sea por deshidratación o insolación, e incluso por hipotermia, la noche anterior. “Lo único que no tuvimos fue un parto”, festeja, mientras como el último bombón de coco.

 

 

*     *     *

 

Ÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿ

 

Sí, misteriosamente, así se leía el documento original de esta crónica, unos días antes de terminar de escribirla. Intenté abrirlo de varias formas, pero no pude. Incluso fui a ver a uno de mis técnicos informáticos de confianza, aunque todo fue en vano. ¡Pensé que todo se venía abajo! Un desahogo en mi perfil de Facebook permitió que Héctor, desde Puerto Rico, me enviara un link con una opción que revivió cada una de estas historias. Solamente tuve que volver a escribir una o dos páginas, pero después de haberlo perdido todo, eso ya era lo de menos.

 

 

 

 

Daniel Rojas Delgado es periodista freelance. Nació a fines de 1989 en Repatriación, un pueblo de Paraguay, pero a los pocos años se fue con sus padres a la Argentina, donde creció, estudió y vive actualmente. Está a una tesis [de distancia] de licenciarse en Comunicación Social por la Universidad Nacional de La Plata. Le gusta la fotografía. En Twitter: @dRojasDelgado

Autor: Daniel Rojas Delgado