Nudo de piedra (unplugged)

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Así como ciertas imágenes no tienen forma, Nudo de piedra es una bruma, es nocturno, es el producto de un hijo de la noche que no tiene nombre ni máscara.

 

Escenas, relatos, narraciones de escenas rotas, fragmentadas, sacudidas por un viento marítimo, excesivo, sin el tronco de la anécdota, atravesadas por el hilo rojo que sostiene de cara al vacío. En cuatro capítulos, la novela despliega en tono digresivo que se interconecta pero no avanza. Se lee como se olvida. Se escucha un piano de fondo y no me digan que esto suena personal. Porque esto es personal, singular, nada autobiográfico. Así como ciertas imágenes no tienen forma, Nudo de piedra es una bruma, es nocturno, es el producto de un hijo de la noche que no tiene nombre ni máscara. Es que su condición es efímera, es un rayo que cruza la noche, una violencia que se deletrea como novela familiar pero no siempre. El viaje, cruzar ese río, alcanzar la casa perdida y volverse, y refugiarse. Ese movimiento asusta, rapidez y desgano. ¿Cómo se puede? ¿Y cómo, si no? Alguien muere, otro casi muerto, otra muerte. ¿Y antes? Antes nada. Es cierto: se muere de nada. Pero antes que morir de nada, quizá mejor perder, partisano. El estado de ánimo es ese gadget que miden los expertos, desentendiéndose de la causa en el inmenso mar de la amnesia clara como el sol del mediodía que protege de la oscuridad aunque lo más justo sería repugnar el menor asomo de apremio. Y el tumulto. Ese tiempo de pájaros locos es el del peligro. El tumulto, el seminario, la mascarada, la felicidad. Pero la luz se corta, el peso del mar es enorme, respirar: ese silencio habita la emergencia. Ese silencio empuja esta escritura, sin soltar la risa, la parodia, la lentitud del caminante que perdió al guía. ¿Espacios para un mundo salvaje? Empezar de nuevo, obstinarse en perforar un límite que señala el principio del fin o el principio. La pirueta, el aliento yonqui o la muerte como consejera. Escribir rápido anula la desconexión, la noche, el silencio. Yo sólo tengo miedo de mí. Late adentro un desconocido, nunca un calculador. Las mujeres, las mujeres enseñan la vanidad del heroísmo. Entretanto, sexo; menos insularidad que sexo, sexo que recargado de insularidad, duplica la ausencia que se vuelve síntoma de esa desproporción que en Nudo… acaso aparezca como una idea, lluvia de átomos, encuentros, contingencias, amor y apagón.

Pablo E. Chacón nació a finales de 1960 en Mar del Plata. Aprendió a nadar antes que a leer. Estudió biología marina, psicología y psicoanálisis. Escribe desde chico. Se fue de la Argentina en 1979. América era el objetivo: Chile, Brasil, Perú, Colombia, México, Estados Unidos. A la búsqueda de los discípulos de Georges Ivanovitch Gurdjieff y Carlos Castaneda, perdió la orientación varias veces -además de apuntes y fotos. Se enclaustró en la universidad y pensó en el periodismo para ganarse la vida. A fines de los ochenta no resultó complicado. Siempre con el objetivo de escribir ficción, ensayos de especulación. Empezó por la poesía. En la Argentina hay muy buenos poetas. Abandonó la poesía, intentó un par de libros de investigación periodística y finalmente acertó con un par de conjeturas, sobre el insomnio y la soledad -mientras termina un escrito sobre el pánico. En 2010, al borde de la muerte, una operación del corazón lo salvó justo a tiempo. Este año acaba de publicar su tercera novela. Adora a las mujeres. Se negó a atender a un represor en un hospital público, de donde lo echaron.