Nudo de piedra

0
256

Este mundo no iría tan deprisa, se ha dicho, si no presintiera a cada instante el vértigo de su caída. Nudo de piedra (Pablo Chacón, 2013) también se ocupa de esto. Su intensidad, su “pesimismo”, su relente perlando el cansancio acumulado en un breve lapso de tiempo, es como un solo instante expandido. De ahí la precipitación del sentido, su hablar a ráfagas. Aunque no se entienda la letra, queda el rumor, un rocío de la letra negra perlando un fondo de nieve.

 

Diagonales desiertas. Pero no porque falten bultos, sombras, ecos de un mundo. La acción –más bien, la pasión- transcurre al sesgo de calles vacías, un poco sofocantes. Errantes, vagas, las situaciones recuerdan algo, pero nunca han sido del todo vistas ni oídas. Un clima insano, cálido y húmedo, es en todo caso el signo de una humanidad invivible. Ya al inicio, Nudo de piedra (Pablo Chacón, Letra Viva, Buenos Aires, 2013) tiene el aire de una escritura que quisiera curar el miedo con el espanto. ¿Renacer liviano, en el límite del desamparo, a través de un mal sin culpables? Tal vez esta novela de Chacón tantee un ejercicio de “optimismo radical”. ¿Extrema el vacío para que algo persevere, para experimentar qué queda?

 

Ambigüedad personificada, un derrumbe que adviene a la forma, a la palabra. La letra brota directamente de la no letra; lo sublime, otra vez al lado de lo insignificante. Y esto, en mi opinión, poco tiene que ver con el manido fragmento o el llamado “picadillo significante”. Al contrario, es un sentido real el que vuelve, precisamente al borde de lo intolerable. Que la historia se quede con frecuencia en lo solamente aludido es el colmo de la sobriedad literal. El mundo es también es así, latiendo a ráfagas.

 

¿En el principio era el exilio? Mientras tanto, vistiendo o desvistiendo los cuerpos, el vacío sigue. Pasando a limpio mundos iluminados, una nada radiante, desenvuelta. Una angustia que consiste en que nadie la siente. Qué ojos, qué oídos de Apocalipsis hacen falta para sacar veredas del desierto. Y desiertos en las veredas. Es curioso lo que aporta una segunda lectura de esta breve y difícil novela. Lo que atraviesa el ojo y el oído, aunque el paisaje sea de niebla.

 

En cierto modo, en virtud de que lo monstruoso apenas tiene rostro, las distintas escenas de Nudo de piedra están cargadas con un absoluto local, un “no-todo” advenido a perfil real. Poblado, además, por la minuciosidad del insomnio. Con los restos de una caída, apenas entrevista, Chacón ordena el granizado lapidario de un drama minimalista. “La ausencia de Dios nos ayuda”, se dijo en otro tiempo. Hasta la tragedia está entonces velada, amortiguada en encuadres mundanos, superficiales. Calles vacías, notas en un piso, cansancio, el silencioso laborar de los especialistas, llamadas telefónicas, escenas de hospital, largas travesías en coche.

 

De algún modo, el final se reproduce en las calles inescrutables, en cada hora huérfana. Una nouvelle breve e intensa. Intrincada incluso, debido a que en cierto modo no ocurre nada, nada que se pueda narrar al modo tradicional. Con todas las oscilaciones modales de la zozobra, Nudo de piedra transcurre sin discurso ni teleología; no se encamina tampoco a ningún desenlace. No hay otra articulación que la de una grieta muda que recorre cada estancia. Las páginas tienen así la luz intensa de una penumbra que no puede salir de sí misma. Breve y sin tiempo es esta obra, pero nada importante en el hombre tiene tiempo, ni sabe de él.

 

El texto es denso, un poco en el límite, en el borde de lo que se puede contar y de lo que se puede vivir. Chacón ensaya una escritura sin concesiones a la “literatura”, labrada en la inminencia de algo que no acaba de llegar, pero cuyo aliento vacío llena cada acto. Dado que Nudo de piedra apenas mantiene distancia con la carne viva de lo vivido, la narración carece felizmente de esa artificiosa construcción que llamamos “ficción”. Podría recordar a algunos momentos estelares de una humanidad irreconocible, cierto estado de duermevela en Blanchot, en Lispector, en Walser.

 

Todo palpita entonces en la cercanía de lo inhumano: el amor, el término que llega y no llega, la madre que agoniza, el automatismo silencioso de los médicos. La familia, el pasado, la agonía lenta de amores y cosas. Hasta los apuntes de paisaje aparecen transfigurados, acompañando la fuga de los días y las relaciones, de cualquier sencillez esperanzada, meramente humana. El horror consiste no tanto en lo que haya empíricamente ocurrido, como en el desaliento interno de cada vivencia.

 

Mal adentro, el pánico nos hace “salir de la multitud”, de una humanidad que se sepa a sí misma. Se podría decir que tal vez falte –pero esta falta es consustancial al texto- elipsis, trama, desarrollo argumental, juego “literario” con lo vivido. No obstante, eso es aproximadamente lo que Chacón busca, que la fulguración minimalista de lo ocurrido –más bien, lo no ocurrido- permita anotar con detalle un desastre sin víctimas ni verdugos, un hundimiento central del alma.

 

Así pues, seguimos un travelling por la desolación, pero con detalles y perfiles mundanos, incluso carnales, que hacen más cruda la anorexia anímica de las situaciones y las siluetas. Chacón no cede tampoco a la tentación de un aniquilamiento que haría menos lancinante la atmósfera de tormento. La desaparición obra entonces en el interior de los cuerpos, su propia respiración es lo que adelgaza los sólidos.

 

Sobre el vacío, otro. ¿Algún suceso, alguna vida tapa los huecos? No, el vacío vacía el vacío. Entonces, ¿qué? Nada, una niebla que agota los cuerpos. La épica del pasado –has atravesado Estados Unidos de punta a punta- se suspende en este presente sin héroes, neutralizado en una indecisión que chapotean en nuestro decorado automatizado. Hasta la épica de un final trágico es secuestrada, aplazada. Cuesta mantener el carácter del odio o del amor, de los cuales apenas quedan los nombres.

 

Queda la palabra, claro. Pero, hay que insistir en ello, pegada a los tejidos, a la angustia de una carne que no tiene allende. De ahí este laconismo, como si lo que hubiera que contar, en virtud de su agotamiento sin final, estuviera descarnado, reducido al hueso.

 

Se podría decir que en Nudo de piedra la variación es el tema. Fumas, lloras, interpretas, buscar un viejo amor concluido, llamas otra vez por teléfono, deseas estar con una puta. Todo se entremezcla al fallar otra articulación que no sea la de un tiempo dejado al desnudo. Ni siquiera aquella búsqueda sollozante de Bataille, sino la errancia sin búsqueda. Negatividad sin empleo, perpleja, en un mundo que funciona solo.

 

Este mundo no iría tan deprisa, se ha dicho, si no presintiera a cada instante el vértigo de su caída. Nudo de piedra también se ocupa de esto. Su intensidad, su “pesimismo”, su relente sobre el cansancio acumulado en un breve lapso de tiempo, es como un solo instante expandido. De ahí la precipitación del sentido, su hablar a ráfagas. Aunque no se entienda la letra, queda el rumor, un rocío de la letra negra perlando un fondo de nieve.

 

La entrega de Chacón no facilita mediaciones ni referencias. Nunca sabremos del todo si se puede vivir así, si se puede escribir así. Por lo pronto, en este declive generalizado de la lectura –el ciudadano se limita a atender pantallas táctiles- esta novela se deja leer muy bien. La precipitación de un final aplazado, sin coros ni figuras del mal fácilmente reconocibes, apura la belleza y su alianza el demonio de las contingencias. Carne viva tejiendo la carne del mundo.

Ignacio Castro Rey es doctor en filosofía y reside en Madrid, donde ejerce de ensayista, crítico y profesor. Siguiendo una línea de sombra que va de Nietzsche a Agamben, de Baudrillard a Sokurov, Castro escribe en distintos medios sobre filosofía, cine, política y arte contemporáneo. Ha pronunciado conferencias en el Estado y en diversas universidades extranjeras. Como gestor cultural ha dirigido cursos en numerosas instituciones, con la publicación posterior de siete volúmenes colectivos. Entre sus libros últimos cabe destacar: Votos de riqueza (Madrid, 2007), Roxe de Sebes (A Coruña, 2011) y La depresión informativa del sujeto (Buenos Aires, 2011), Roxe de sebes (Fronterad, 2016), Ética del desorden (Pretextos, 2017). Acaba de publicar Sociedad y barbarie, un ensayo sobre los límites de la antropología en Marx.