Retrocracia

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para Jesús Silva-Herzog Márquez, nuestro Hazlitt

Hace ya más de un año —un año que contó igual que cien, pero sin la soledad ni las cursilerías del infortunado coronel Aureliano Buendía en, ay, aquella tarde de hastío en que su padre, se sabe, lo llevó a conocer el hielo en pleno clima tropical; hace un año o más, decía, que publiqué aquí mismo un ensayo en el que traté de deshilvanar y volver a hilvanar los urgentes argumentos propuestos por Chucho Silva-Herzog Márquez en La casa de la construcción, un inteligente, bien atemperado, paciente y didáctico alegato escrito no en clave de defensa de la democracia versus populismo y barbarismo político, la cordura del diálogo contra los rosarios y monólogos del mesianismo provenientes lo mismo de la izquierda que de la derecha, ambas en su simpática versión extrema.

THE HAZLITT REVIEW

No creo exagerar que en un entorno ya no digamos de alta polarización social y partidista, sino de incipiente guerra civil mediática, La casa de Chucho no sólo fue mal recibida por los medios, sino saqueada sin empacho por líderes de opinión que no leen ni los impresos en la caja de los cereales, columnistas que militan, casi como soldados en guardia marcial, sin parpadear en la defensa a ultranza, cero razonada, de la causa que creen buena o mala, redentora o nefasta. En la pútrida jerga actual, los “líderes” (¿cuáles?) de “opinión” (opinión y dogma no son la misma cosa), repiten a su manera la misma cantaleta que se escucha todas las mañanas a tempranísima hora: “no somos iguales”, con lo cual hasta la democracia más primitiva de la que se ufanaba el buenazo de Platón —por ejemplo la de los antiguos griegos, que les negaba a las mujeres la participación en política, mantenía esclavos en posesión de sus dueños y del Estado y veía en los poetas a los corruptores de la juventud ideal— no tiene la más mínima esperanza de progresar.

Pero no es de las ideas, de esos milagros también llamados sinapsis que ocurren hasta en los circuitos cerebrales más toscos y menos desarrollados, de lo que me interesa hablar ahora. Esa magna tarea ya la intentó, y me parece que con más que suficiente decoro, Chucho Silva-Herzog en La casa de la contradicción, un edificio tan filosamente cimentado, tan ajeno a los sistemas cerrados de los enemigos del liberalismo, que no faltaron los golpes provenientes de los aturdidos mesiánicos ni tampoco de sus contrarios, no menos primitivos y tribales, las energúmenas plumas, incluidas botargas igualmente repetidoras de lugares comunes, que no tuvieron miramientos en descalificar el libro de Chucho supongo que bajo la influencia de la droga más poderosa: el fanatismo inverso, en cierto caso el pariente sanguíneo del ideólogo del Mesías, esas tintas que no sirven para otra cosa que rellenar planas de periódicos y repetir lo que las salvajes hordas del flanco contrario desean oír.

Yo tampoco me repetiré, faltaba más. Yo sí soy igual, pero a mis pares y maestros liberales, o al menos eso espero. Vivo de espaldas a las trogloditas formas de la diferenciación —no me refiero a las que tienen que ver con fama y fortuna, sino más bien con el emparejamiento por vía de la educación de excelencia, de la cultura cívica, liberal y democrática, la misma cultura que solo puede provenir de mantener la mente abierta y la soberbia cerrada, si a cal y canto mejor: mismas oportunidades, suelo parejo, pero resultados craneales distintos.

Podría entrar en los detalles, las inteligentes minucias e intuiciones, los argumentos de hecho, que aborda, por ejemplo, Tzvetan Todorov en un breve pero exhaustivo ensayo, me parece que poco leído, precisamente porque no cuenta una historia de buenos contra malos. Me refiero a Los enemigos íntimos de la democracia. Circulan en el librito de Todorov lo mismo los peligros exógenos a la democracia, el terrorismo islámico y otros extremismos religiosos, que el enemigo endógeno: las guerras emprendidas por Estados Unidos con el propósito de combatir esos mismos peligros, el tsunami de los medios masivos de comunicación, desde luego el populismo sin excluir, ojo, a lo que Todorov bien define como el “ultraliberalismo” —la suya, no lo olvidemos, en una visión de la Europa continental, francesa en particular, en donde el estado de bienestar, como en España, como en Alemania, cuenta, y cuenta mucho en la preservación de la democracia.

Tampoco me adentraré en un libro cuya primera edición en español es apenas de 2022, actualizada brevemente con los últimos desastres y calamidades ocurridas en Estados Unidos, Brasil, Hungría, México, Argentina: se trata de Las crisis de la democracia. ¿Adónde pueden llevarnos el desgaste institucional y la polarización?, del politólogo polaco avecindado en la universidad de Nueva York, Adam Przeworski. Al contrario del ensayo de Todorov, este es un libro académico, a lo largo de sus páginas confluyen los argumentos e hipótesis con evidencia empírica, datos verificables y suficientes curvas que miden porcentajes de votos, cantidad de votantes por año, distancias ideológicas entre partidos, ingresos reales e ingresos promedios, etcétera.

Por encima, o bien subyacente, a toda la parafernalia académica de Przeworski, se mantiene sólido lo que él llama un concepto minimalista y electoralista que me parece clave sin importar demasiado cuál sea la democracia o el país en crisis que estemos observando o padeciendo: “La democracia es un acuerdo político en el cual las personas deciden su gobierno mediante elecciones y cuentan con una razonable posibilidad de destituir a los gobiernos en funciones que no sean de su agrado. La democracia es lisa y llanamente un sistema en el cual quienes están en funciones pueden perder elecciones y, en ese caso, dejan sus cargos.”

En lo personal, no me preocupan, al menos no lo suficiente, los vaticinios acerca del fin de la democracia que tienen por centro argumental la polarización. Ésta es inherente a la democracia, a la lucha y contienda entre partidos políticos, a los actos circenses que ofrecen casi todos los días los congresos y cámaras legislativas, sea en Corea del Sur o hasta en Perú, donde la noción misma de legislador parece cosa de fantasía. La historiadora de Yale, Joanne B. Freeman, presenta en su libro The Field of Blood. Violence in Congress and the Road to Civil War, el puntual relato de los descalabros, actos criminales, amenazas de muerte, peleas a puño limpio, a navajazos, a pistolazos, entre los miembros de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, dentro y fuera de ella —algo que sigue ocurriendo al día de hoy sin que haya sobrevenido la versión 2.0 de la Guerra Civil, al menos no todavía.

En lo muy personal, no sólo me preocupa sino que me aterra el actual proceso político que yo llamaría, sin afanes sarcásticos, Retrocracia, evidentemente con el objetivo de  perfilar un drástico contraste con aquello que algunos de nosotros, me refiero a quienes cursábamos la universidad en la primera mitad de los años noventa, siglo XX (más vale aclarar, tontos despistados sobran), estudiábamos bien a fondo: las transiciones a la democracia, fuera a partir de académicos como el exiliado argentino Guillermo O’Donnell y compañía, fuera a partir de talentos locales como José Luis Reyna y Alonso Lujambio, alumno del exiliado español Juan Linz en Yale.

Retrocracia no se refiere a la ultra-sobada polarización, ni a las guerras entre ridículas personificaciones de tiros y troyanos, por ejemplo los patéticos desplantes de vejestorios como Epigmenio Ibarra o del maestre en vulgaridades Javier Lozano.

Retrocracia tiene que ver con algo que yo no he visto ni escuchado que alguien traté de explicar. Tiene que ver con las hordas de jóvenes funcionarios, muchos de ellos provenientes de universidades privadas, es decir no despojados ni desposeídos, que han encontrado en sus cargos públicos no una vocación —se los dice un egresado del Centro de Estudios Internacionales de El Colegio de México, que don Daniel Cosío Villegas fundó en 1960 con la función específica de formar cuadros profesionales para el gobierno— sino una extraña y espeluznante forma de mandar en su parcelita de poder, cobrar una quincena que quizá no percibían antes y, sobre todo, de no soltar el hueso, así se vaya al diantre la democracia: ¿En qué creen esos jóvenes funcionarios, qué les enseñaron en la escuela, en casa, a semejantes pelmazos?

En la Retrocracia, llevando a Przeworski hasta su extrema contraposición lógica, de lo que se trata para estos jovenazos, mujeres y hombres que apenas ayer alcanzaron el estado evolutivo del homo sapiens, es de acabar con las elecciones, de no dejar jamás el cargo.

En la Retrocracia de lo que se trata no es de administrar los bienes y funciones públicas a partir de la razón y el conocimiento de los temas, sino del compadrazgo, del amiguismo, de —me consta— hasta los amantismos, de la pertenencia a la secta, de jactarse de ser un miserable bien vestido ante un país con más de 60 millones de miserables que ni comen ni tienen con qué calzarse los pies.

En la Retrocracia el asunto existencial es cerrarle el paso al voto, a la democracia, a la libertad de prensa.

Esto lo entiendo viniendo de Trump, de Maduro, de Ortega, de Fernández, todos un hato de viejos perdidos en su idiotico laberinto. No así cuando de jóvenes no mayores de los 25 a 30 años se trata. Un enigma total. Resuciten a Freud, cuando menos. ¿Qué les pasó a esas muchachas, a esos muchachos, en su periodo de lactancia? ¿Les faltó pecho? ¿Se ausentó el parrandero padre o qué demonios pasó con esas juventudes?

En 1997, Juan Villoro escribió en La Jornada Semanal, sí, esa misma, la mejor, la más personal celebración de la transición democrática producto de la victoria del ingeniero Cárdenas como primer jefe de gobierno del Distrito Federal. Pertenecemos a generaciones distintas, cada vez menos dada mi menguada salud y el porte cada día más atlético de Juan, pero existía, existe, al igual que en el caso de Chucho Silva-Herzog, un hilo, o varios, que nos conectan no diría que cósmicamente pero si en lo objetivo: todos queremos, quisimos vivir en un país mejor, más democrático, un país nuevo, irreconocible para nuestros padres y abuelos. Hoy los tatarabuelos de 26 años promedio están de regreso, jovencísimos y orgullosos dinosaurios.

Llegó la chamacada del “Tec” o de no sé  qué academias patito —yo estudié en instituciones públicas, lo mismo en México que en el Reino Unido— a tomar el todo por el todo y no soltar nada.

No podríamos estar más cercanos, quién lo dijera, del juicio que Harold Bloom —sí, el del canon, sí, el profe elitista— le dedica a William Hazlitt: “La justicia poética es la antítesis de la justicia social, y la búsqueda de la imaginación, por mucho que pertenezca al ámbito de la nobleza o de la realeza, no nos hace mejores personas ni nos convierte en mejores ciudadanos; es posible que, incluso, nos haga peores.”

¿Alguna duda, jóvenes de la secta que está dispuesta a echar por la borda decenios de construcción democrática? Sean peores, ya despertarán a pleno día, o peor, en pleno descontento de su baja madrugada.

 

 

Bruno H. Piché es ensayista y narrador. Ha sido editor, periodista, diplomático y promotor cultural. Realizó estudios en la Concordia University de Montreal, El Colegio de México, King’s College de Londres, Instituto de Investigaciones Sociales UNAM Es autor de los libros Robinson ante el abismo, Noviembre, El taller de no ficción, Los hechos y La mala costumbre de la esperanza. Su novela más reciente, 'La mala costumbre de la esperanza', (2018), apareció bajo el sello editorial de Literatura Random House. En 2015 publicó la novela 'Los hechos', acerca de la cual Juan Villoro escribió: “Bruno H. Piché entiende la historia del mundo como una diáspora: datos en fuga que al articularse conectan la vida pública con la esfera privada. Podemos escapar de nosotros mismos pero no de Los hechos, es decir, del flujo incontenible de la historia.”  

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