Nuestros encierros (I)

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Desde que estoy encerrada me han cambiado mucho los sonidos (o su ausencia). Cuando me despierto siempre es de noche, y el silencio es total; ya no está el rumor sordo y continuo que llegaba desde la plaza de Castilla. Rumor de ciudad adicta al coche. Eso primero me inquieta, no lo identifico, hasta que me llega el recuerdo de lo que nos pasa.  Entonces me digo, a veces en voz alta: tienes suerte, lo tienes todo, el problema de verdad está  ahí fuera. Para conjurar esa mezcla de miedo y melancolía, enciendo la luz y me pongo a leer. Sin embargo los pájaros -mirlos, tórtolas turcas y gorriones-  se despiertan alborozados y ruidosos y ocupan los árboles, las camelias y forsitias ya florecidas y todo el jardín común. Como si, conscientes de que este aire tan limpio no es para siempre, supieran que hay que aprovecharlo, y vamos, vamos, hay que reproducirse. Los perros de los vecinos les ladran,  es su obligación, pero ellos se lo tienen muy bien aprendido y les dejan acercarse sólo lo justo.

Siempre me pregunto dónde están los mirlos hembra, porque por aquí sólo se ve a los machos, con su pico amarillo anaranjado, que son unos listillos. ¿Las tendrán  recluidas en su casa, haciendo las labores domésticas, en plan machista? ¿Piarán ellas tan bien como ellos, pese a no ser tan guapas? No entiendo por qué que la madre naturaleza no les ha dado también un piquito de color, rojo por ejemplo. Cuerpo negro brillante y piquito colorado; hubiera quedado de lo más elegante.

Ha cambiado el sonido del jardín por las tardes, antes ocupado por las voces de críos de distintas edades y colores, sus patinetes, bicis con y sin pedales, balones, y también por las de sus progenitores, que aprovechan para hacer peña de amigos y vigilar. Ruido, pero variado y con pocos decibelios, que se ha esfumado. Un sonido de fondo que al anochecer se apagaba poco a poco, hora de baño y cena.

Los niños están en un recinto cerrado y con un conserje que está al loro, pero aun así no suelen estar solos. Se acabó eso de jugar en la calle, y volver sudados y con secretos en los bolsillos temiendo recibir una bronca por la tardanza. Los de ahora nunca sabrán lo que es eso.

A las ocho viene el nuevo sonido, el de los aplausos de gratitud y aliento, tras los cuales nos saludamos unos a otros desde las ventanas. Yo he intentado enriquecer el aplauso, primero con  un bongo, luego con un cencerro, pero no me ha salido bien; creo que tendré tiempo de mejorarlo.

El sonido de los vecinos se ha hecho mucho más presente a través de las paredes. Se les oye saltar y correr –hay que hacer ejercicio-, se les oye vivir, estar en casa todo el día. Sin embargo, el que me deja pensativa entre los nuevos es sólo un tic-tac. En el piso de arriba hay una niña que no tendrá más de dos meses, mi vecina más nueva. Nadie sabe cómo será el mundo cuando crezca; seguro que  sus padres le hablarán del encierro del coronavirus, pero no de la vecina que corría a bajar el volumen de la tele cuando ellos movían suavemente su cuna para ayudarla a dormir.

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Anunciata Bremón
Soy coruñesa con algo de portuguesa, recriada en Madrid. Como tengo tendencia a la dispersión, estudié Ciencias Políticas. Aparte de varios oficios de supervivencia, he sido socióloga, traductora, documentalista y, finalmente, editora y redactora en El País durante veinte años. En mi primer colegio de monjas tuve la suerte de aprender bien latín. Pasar de las monjas al instituto público Beatriz Galindo de Madrid, donde enseñaban Gerardo Diego, Manuel de Terán, Luis Gil…, fue definitivo para cambiar de fase. Creo que si falla el lenguaje, falla el pensamiento y falla la razón.

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