Nuestros encierros (IV)

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No sólo parece que lo del encierro va aflojando, que también, es que la perspectiva se abre a medida que desescalamos; desescalar, una palabra que de golpe hemos aprendido todos. Ya hasta pensamos tímidamente en el verano. De pronto he caído en la cuenta de que muchos días no lloro, una buena noticia según se mire, porque quedamos en que la lágrima era buena para la salud mental y emocional, y además deja el lagrimal limpio coma os corales do mundo.

Pero las palabras ahí siguen, tan problemáticas como siempre, con esa misma dificultad, esos mismos tropezones. “La bolsa baja (…) y sube dramáticamente”. Un periodista, claro, economista por más señas, y en una importante emisora de radio. Sigo pensando que con estas cosas  sólo se pretende exhibir cosmopolitismo. Los oyentes lo siguen, dado que lo dicen también los políticos. Dramatically tiene ese significado para los angloparlantes: súbitamente, drásticamente. Entre nosotros, mucha gente, y con estudios, cae en estos llamados “falsos amigos” en el mundo de la traducción.

Evitar que no haya destrozos”. Se está convirtiendo en un clásico de los gazapos.  También con el verbo impedir. “Impedir que no entren”, por ejemplo. Cada vez se extiende más. Es como martillar sobre la frase, por si no ha quedado clara, pero  se acaba diciendo lo contrario de lo que se quiere decir.

Hace poco una abogada asesoraba en la radio a los oyentes que preguntaban por los problemas laborales que la pandemia  les acarrea. En un momento de sus comentarios apuntó: “Eso sí, siempre que sea por mutu propio” (tendría que decir motu proprio). Se ve que el origen romano de buena parte de nuestro derecho no lo salva de los zarpazos despreocupados de los abogados. Contra el latín, tan quieto, tan fijado a lo largo del tiempo, también se sigue atentando, a pesar de que el lenguaje está trufado de latinajos. Pacta sunt servanda es el más reciente que se ha oído en el Congreso, esta vez correctamente.

Pero ni de lejos comparable a una exdirectora de la Biblioteca Nacional, que comunicó a los empleados la muerte de una compañera con este remate: Requiem Cantim Pace. Ahí lo dejo, por si alguien reflexiona.

Sobre el latín he leído hace poco un libro curioso, entretenido y culto. Latín Lovers, la lengua que hablamos aunque no nos demos cuenta. El autor es Emilio del Río, la editorial Espasa. Me hizo recordar que la ausencia del latín en la enseñanza de Lengua influye en su empobrecimiento y aborregamiento progresivo. Y descubrí muchas cosas que no sabía.

Vivimos una época  que también es desgraciada por el uso tóxico que se da a las palabras, sobre todo a los calificativos, usados como ariete insultante, y la cosa no tiene ninguna gracia. Genocida, totalitario, sepulturero, asesino, mentiroso, fraudulento, traidor, deleznable; Tiempo de rojos: hambre y piojos, es el último descubrimiento, una pegatina ensuciando el mobiliario urbano. Son palabras, ideas que sobrevuelan nuestra vida como sociedad y la ensombrecen.

Enric González escribió hace poco en El País sobre “la mejor generación”, los miles de mayores muertos por la pandemia, muchos de los cuales vivieron la Guerra Civil, la posguerra, el franquismo, la transición a la democracia y sobrevivieron a muchas crisis económicas, hasta que finalmente les tumbó el virus, la mayoría indefensos en residencias de mayores. El artículo se llamaba La Esperanza.

“Temo que en países como España resulte más difícil conjurar la esperanza. No voy a señalar a la clase política, porque se señala a sí misma. Detrás de cada político, lo aceptemos o no, hay una multitud que jalea. Si ya en este presente horroroso somos capaces de descalificarnos unos a otros, de avivar esa vieja estupidez según la cual a media España le sobra la otra media, de no aceptar que no éramos tan buenos como creíamos ser ni que podemos mejorar, ¿cómo vamos a manejarnos en un futuro tan difícil? Sería muy triste ir despidiéndonos de la mejor generación sin otro sentimiento que el desánimo”.

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