Nueva York 16: un paseo por Boston

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Uno de los asuntos peliagudos, aún sin descifrar, es por qué Forest se enamoró de mí, teniendo en cuanta mi drama económico vital, superior al bono basura, y recordando que como abogada criminalista defiende a pedófilos, terroristas, violadores y gentes tan poco cercanas a mí, ni siquiera a mis personajes literarios

 

Uno de los asuntos peliagudos, aún sin descifrar, es por qué Forest se enamoró de mí, teniendo en cuanta mi drama económico vital, superior al bono basura, y recordando que como abogada criminalista defiende a pedófilos, terroristas, violadores y gentes tan poco cercanas a mí, ni siquiera a mis personajes literarios. Esta entradilla viene a cuento porque la susodicha me invitó, como el que te invita a un par de cañas, a ser testigo ocular de un juicio contra un tipo acusado de pederastia que ella defiende. Cruzar aquella puerta, entrar en la sala y tomar asiento fue uno de los momentos más tensos de mi vida –llegué a plantearme que todo aquello era una encerrona y que el juzgado, finalmente, iba a ser yo–, aunque inferior en sufrimiento al tomar otra decisión cáustica: tenía que levantarme de allí y salir pitando sin que el juez reprochara mi actitud, porque yo allí estaba a treinta segundos del brote psicótico, o sea, de que me hubieran enchironado por haberla montado en un juicio penal. Ya fuera, un tipo vestido de manera extrañísima –traje a cuadros verdes, sombrero con ribetes, maletín de cuero y gafas con cristales completamente circulares–, me saludó, cuando yo creía que en la Corte Suprema de Boston a mí sólo me conocía Forest –ya me ocurrió dentro de ‘La Jungla Blanca’, penal de Phnom Penh, donde mientras hablaba con un supuesto asesino y otro presumible pederasta un tipo se me acercó y saludándome por mi nombre me preguntó que qué tal estaba; luego descubrí, antes de la parada cardiorrespiratoria, que era un cliente de mi restaurante que visitaba en ese mismo instante a unos paisanos peruanos presos por haber hecho de mulas con una docena de pelotas de cocaína envueltas en condones.

 

El tipo que vestía extraño resultó ser uno de sus compañeros de trabajo de Forest, que justo antes de que se presentara estuve a punto de comentarle que yo no había matado a nadie: por pura precaución. Porque claro, apellidándote Campos, vestido de manera paupérrima, con barba desaliñada y melena ídem, uno asume que podría levantar sospechas. Y más en un juzgado. Que cuando fui al baño me crucé con un policía, además armado, al que le faltó poco para que me dijera: “¿Dónde está su abogado? ¿Quién le ha retirado los grilletes?”.

 

Luego me fui a pasear, a plena luz del día, bebiendo de aquella libertad real, comprendiendo que Boston es una de las ciudades más bellas, ordenadas y con clase que jamás pisaron mis pies. Que como siempre que visito una ciudad con mar, me acerqué a su puerto, descubriendo que la nieve se acumulaba de manera egoísta sobre cada trozo de acera. Los barcos, de recreo, paralizados por un invierno crudísimo, anunciaban visitas a islas cercanas que quedaron pospuestas hasta, al menos, abril. La temperatura, por cierto, había ascendido a –1, que junto con el sol, hicieron que pedazos de hielo comenzaran a derretirse, suficiente razón para transitar durante toda el día sobre el asfalto ya que esos pedazos de hielo con formas de estalactitas no sólo comenzaron a chorrear agua helada sobre los transeúntes, sino que, llegado el caso –al menos una vez– un trozo se desprendió de una azotea reventándose contra el suelo en dramática escena, ya que un señor que transitaba cerca, sin llegar a verse herido por la agresión, se quedó a nada de una angina de pecho a causa del susto. Nada más caer el sol, la temperatura volvió a bajar a –10, momento en el que ya no hacía gracia pasear ni por las carreteras ni por las aceras.

 

Estados Unidos es un país muy serio, y Boston una ciudad extremadamente conservadora, como para que Matt, el camarero del Neptune Oysters, llegara a comprender que mi cuarta visita en sólo tres días no tenía nada que ver con algún plan terrorista que hubiera brotado en mi cabeza. También negué que padeciera problema psíquico alguno. Luego le conté lo de la fidelidad a un lugar, por su calidad y oferta, pero me miró extraño, con un ojo abierto y el otro cerrado, como marcando una distancia que mi viaje en bus, de vuelta a Nueva York, terminaría por confirmar.

 

Antes, dando vueltas por la ciudad, comprendí porque Boston es. Ejemplo: en una librería llamada ‘Commonwealth Books’, sita en una pequeña calle del centro financiero (Spring Lane), decenas de miles de obras a la venta donde me di de bruces con las Poesías Completas de Antonio Machado, en castellano y en séptima edición impresa en 1981, de la editorial Espasa-Calpe. No era el único libro en español. Apoteósico. También los había en alemán, entre otras lenguas no vernáculas. A Forest le cayó uno de poemas de Allen Ginsberg: la anunciación de ‘Cartas a Thompson (Island)’. Previamente, le había entregado mi primer libro publicado, sin dedicatoria, y Rayuela, de Cortázar, en su versión en inglés. Porque no tenía más tiempo, pero si llego a descubrir por la mañana semejante templo no visito Boston. Ni la Corte Suprema.

 

A eso de las once de la noche comencé a agonizar, ya que el asunto del frío, sé que exprimido, volvió a bajar a –12, y aún me quedaban un par de horas para montar en mi autobús de vuelta a Nueva York. De camino a la Estación Sur, paré en bares extraños: en uno de ellos, nativos mal vestidos –aunque cada una de sus prendas costara 300 dólares o más– bebían cervezas mientras miraban una pantalla de televisión donde se emitían imágenes deportivas varias; luego, me detuve en lo que decía ser un pub irlandés, que como si de un partido de fútbol se tratara, me permitió ver justo al entrar como salía un señor tambaleándose en una sustitución de libro. Los bares tienen eso: que te transforman. Una orquesta, digna en sus acordes, tocaba temas indignos, de folk y esas cosas.

 

Tras desalojar la orina y beberme una Stella Artois de grifo –no hay nada como pedir extranjero allá donde vayas– me fui, caminando, camino de la estación de autobuses, en una noche estrellada donde llegando a mi destino, se me cruzaron algunos mendigos que me pidieron, muy educadamente, “algo de cambio”. Al único que me pareció majo, porque me acompañó y me preguntó, muy sincero, “¿De dónde coño has salido?”, le solté cuatro dólares en monedas, momento en el que entré en aquella estación de los demonios, dándome cuenta de que tenía hambre. Y lo único abierto después de la medianoche, sospechen: un McDonald’s; por lo que puedo prometer y prometo que en tres semanas en Nueva York he caído, al menos una vez, en ambos imperios de comida rápida: primero en Burger King, y ayer en el McDonald’s. Luego me fui al andén, a hacer cola, cogiéndome, como a la ida, un par de sitios ventajosos en el bus. El mismo iba casi lleno; y dormir, incluso disponiendo de dos asientos, fue una auténtica utopía.

 

Ya en Nueva York, a eso de las cinco de la mañana, decidí hacer una comparativa de mendigos entre Boston y Manhattan, cruzándome media isla en uno de esos paseos que guardaré siempre en mi memoria. Y debo decir que ir desaliñado y mal vestido ayuda a que el pedigüeño no sepa si eres o no uno de ellos. Ya en casa, caí derrotado recordando que Boston debería ser visitada por todos esos recalcitrantes europeos que piensan que Estados Unidos en sólo el estado de Montana y alrededores.

 

 

Joaquín Campos, 27/02/15, Nueva York. 

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