Nueva York 18: suerte

0
231

La gente habla de la suerte como si la conociera. O como si ésta dependiera de un tiro al poste en el último minuto del descuento. Yo no lo había hecho hasta estos instantes, en el que escribo sobre ella, porque no creo mucho en asuntos que no tengan que ver con el esfuerzo y los riesgos que se asumen. Pero llevo días observando que dentro de la miseria, que en teoría es la muy mala suerte, también hay categorías que justamente se dejan llevar por lo contrario a lo que la sociedad exige

 

La gente habla de la suerte como si la conociera. O como si ésta dependiera de un tiro al poste en el último minuto del descuento. Yo no lo había hecho hasta estos instantes, en el que escribo sobre ella, porque no creo mucho en asuntos que no tengan que ver con el esfuerzo y los riesgos que se asumen. Pero llevo días observando que dentro de la miseria, que en teoría es la muy mala suerte, también hay categorías que justamente se dejan llevar por lo contrario a lo que la sociedad exige. Me explico: en estas fechas congeladas me cruzo con vagabundos por Manhattan y se me cae el alma a los pies, sobre todo cuando asumo, seriamente, que yo podría ser uno de ellos. O al menos que alguien cercano a mí podría estar en el lugar de un señor al que veo cada mañana que tiembla tanto que espero no sólo sea de frío. Por su bien. Aparte de este desgraciado al que acabo de referirme, hay otros con los que también me cruzo. A diario. El denominador común de cada uno de ellos son sus vestimentas –obsoletas, hechas jirones–, sus peticiones –normalmente impudorosas, a veces esgrimidas a viva voz: intimidando un poquito–, y en resumidas cuentas, sus pintas, deplorables, que dan entre miedo y pena, además de generar indiferencia a una población neoyorquina que aunque también se cruce con ellos los suele acabar esquivando. Y es normal, totalmente asumible, ya que estamos programados para ayudar, colaborar y donar si tras nuestro apoyo hay una campaña publicitaria, a poder ser televisiva. Y por ende, darle monedas a estos ‘sin techo’ genera menos repercusión social que adoptar a un niño guatemalteco huérfano que quiere ir a la escuela. Cuando en esos casos, aparte de lo tranquilo que uno se acuesta, poco más se puede añadir, incluso reconocer que de esos 20 o 30 euros mensuales –muchas veces son más–, como si una letra bancaria domiciliada se tratara, no suelen llegarle al niño guatemalteco ni tres. Y si no, pásense por la sede central de la ONG que ustedes seleccionen y auditen. Si es que les dejan.

 

Pero volviendo al asunto principal, de entre todos los ‘sin techo’ con los que me cruzo cada día, fieles tanto a su drama personal como a la esquina donde perecen en vida –curioso contraste con las señoras que también en esquinas ofrecen sus cuerpos a cambio, no ya de monedas, sino de billetes–, hay uno que me llama la atención porque la misma sociedad que alguna vez sí da monedas a los desaliñados reniegan de él. ¿Y saben la razón? Porque va bien vestido. Porque no eleva la voz. Porque no se da golpes en el pecho en una actuación que, al menos, debería dar a sus contrincantes pedigüeños una oportunidad en Hollywood. Y porque como los japoneses –o a los que les supera la vergüenza; o los que creen que ese pasaje de sus vidas será solamente pasajero– mantiene una frialdad asociada al frío extremo que debe padecer hasta en el último rincón de sus huesos. Un mísero cartel entre sus pies dicta sentencia: ‘No tengo para comer. Vivo en la calle’. Y sus pintas, son las que dictan su sentencia. Podría ser una estafa, uno de tantos que cobra subsidios gubernamentales y luego se dedica a jugar con la moral ajena. Pero fuere lo que fuere mi crítica no es a su actitud, que la creo sincera, sino a la sociedad, que ejecuta al pobre que va bien vestido y se apoya moralmente en el que ya sabes, desde tres manzanas más abajo, que te va a pedir dinero. No sé: me hacía a la idea de ser un ‘sin techo’, y además, tener que tirar todas mis ropas que aparentaran normalidad. Que a este paso habrá compañías que sepan vestir al paupérrimo no sólo porque lo sea, sino para que lo parezca.

 

Seguramente porque me gusta cambiarme de acera cuando la mía marcha atestada de gentes, di un billete de cinco dólares –creo que en mi vida había hecho gasto moral semejante– al vagabundo que iba vestido dignamente. Al pijo del oprobio. Al que tuvo la mala suerte de ocurrírsele ser pedigüeño con buenas pintas. Que al final, como en la televisión, sólo exagerando se podrán alcanzar los sueños. Incluso los anhelos por poder vivir. Sólo eso.

 

 

Joaquín Campos, 27/02/15, Nueva York.