Nueva York 4: controlar la pasión

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Comienzo a cogerle cariño a la línea E del metro de Nueva York, que en sí es la única que me ha transportado en este día y medio que llevo de visita. Primero, desde Jamaica Station, cuando venía del aeropuerto hacia Lexington con la calle 53, y hoy, cuando decidí visitar el mercado de Chelsea, sito al sur de la isla de Manhattan, donde tampoco es que se cocieran tantas habas como imaginé.

 

Comienzo a cogerle cariño a la línea E del metro de Nueva York, que en sí es la única que me ha transportado en este día y medio que llevo de visita. Primero, desde Jamaica Station, cuando venía del aeropuerto hacia Lexington con la calle 53, y hoy, cuando decidí visitar el mercado de Chelsea, sito al sur de la isla de Manhattan, donde tampoco es que se cocieran tantas habas como imaginé. Mucha modernidad, ropa de diseño, gente guapa, baños individuales, y un frío eterno desde que salí de la estación de la calle 14 hasta que me incrusté en el mamotreto que da cobijo a un mercado variado en donde me centré en sus puestos culinarios, esencialmente en los de pescados y mariscos, con una buena selección de productos –todos carísimos, y no pocos provenientes de piscifactoría– y una muy interesante carta de bocadillos, platos japoneses y mariscos gigantescos recién hervidos que se podían comer en zonas comunes, donde el roce hace el cariño y el vino inyecta el resto del veneno.

 

La verdad es que yo me pedí un bocadillo, aparentemente creativo e incuestionablemente mejorable, de ventresca de atún y tapenade, yéndome a engullirlo de pie, sobre un cubo de basura, junto a las oficinas del espacio multiculinario. La razón: a mí eso de mezclarme, compartir mesa y saludar me molesta, sobre todo cuando aún no sé si he pillado jet-lag, y dos chinas tiraban fotos a un par de langostas recién cocidas mientras posaban junto a ellas; se iban a comer dos langostas de medio kilo, ayudadas por la chistosa bonanza económica de un país difícil de empeorar. Y todo combinado con un zumo de piña de cartón. Ojo. Luego los de mi círculo me llaman huraño, pero a los hechos me remito. Porque tras merodear por la zona, hastiado de un frío pavoroso, me volví a introducir en la estación de la calle 14 provisto de un plan inmejorable: viaje a casa con paradas en mi tienda de vinos, panadería y supermercado favoritas. Lo que nunca pude imaginar es que en el mismo lugar del andén donde yo esperaba a mi vagón iba a estar estacionada una rubia, que tras charlar con ella horas después, pensaba en ese mismo instante lo mismo que yo: “¿Quién será este tipo de mirada extraña?”. En mi caso, era el frío.

 

En una cuenta atrás mortífera se fueron poniendo las cartas sobre la mesa: primera estación, nos cruzamos las miradas; segunda, se sentó a mi lado aprovechando que una señora se apeaba; tercera, se arrejuntó junto a mi costado izquierdo porque junto al suyo otra señora algo más que oronda tomó asiento; cuarta parada, comenzamos a pillar torticolis por mirarnos; y quinta, justo antes de apearnos me preguntó de dónde era, como si trabajara haciendo encuestas para el metro de Nueva York preguntando a los viajeros, tras quince minutos de acercamientos y sin haberse siquiera presentado: toda una falta de educación para una treintañera residente en Manhattan.

 

¿Tomamos algo?

 

Por mi sí.

 

¿Café?

 

No, que me genera arritmias. Vino mucho mejor.

 

 

Y como si nos lleváramos tratando de toda la vida, más compenetrados que la maquina del tren y el vagón que nos trajeron hasta allí, nos metimos en un bar de vinos llamado Kurant, sito en la Segunda Avenida de Manhattan, muy cerca del apartamento donde me hospedo.

 

¿Malbec?

 

Sangiovese de la Toscana.

 

¿Eres italiano?

 

No, pero tú tampoco eres argentina.

 

 

La conversación, contenida, hablando de asuntos triviales, hasta que pasamos en menos de media hora de la primera a la tercera ronda y de ahí a la botella –un primoroso Merlot de Washington–, momento en el que mi brazo derecho apareció por su ombligo y su izquierdo en mi torso. La camarera, sin que se la hubiéramos pedido, nos trajo la cuenta. Nos dimos por aludidos.

 

En el mismo ascensor se terminó de desatar la pasión, y yo temiendo que nos quedáramos allí encerrados. Por suerte la puerta se abrió y como dos tortolitos nuclearizados avanzamos por un pasillo convertido en alfombra roja. Ya en casa, la locura final, con el corazón a 230 pulsaciones y la piel de gallina desde los hombros hasta los tobillos. Pero entonces, comenzaron los problemas. Porque para el que no lo sepa hacer el acto en un invierno soberanamente crudo no es lo mismo que hacerlo en Chipiona y en julio. Por lo que tras la pasión, el ímpetu y el deseo desenfrenado, comenzamos a desprendernos de las ropas con tanta dificultad –primero la bufanda, luego el gorro, de ahí al abrigo, los guantes, luego el jersey, dentro la camisa, detrás venía la camiseta interior, pantalones, las botas, dos pares de calcetines…– que para cuando nos quedamos en ropa interior ya no sabía si me había despelotado para ducharme o para follar. De hecho me acabé duchando. A solas. Y eso fue lo que terminó de rociar el fuego de hielo. Cuando salí, Diane, que así dijo llamarse, yacía tumbada sobre el sofá. De pronto me dijo que tenia frío. Que fue pasarle una pequeña manta y darme cuenta de que ya no deseaba ni rozarla. Y eso que no cargaba con tara alguna. Aparentemente.

 

Nos volvimos a poner de acuerdo a eso de la medianoche, que fue cuando cociné un pisto manchego y volví a abrir la llave de paso, descorchando otro par de botellas de tinto. Que si el vino fuera un producto dopante y el sexo sólo contara abstemio alguno que otro que yo conozco viviría en un monasterio de clausura. Incapacitado. El acto, por cierto, mejorable. Porque algo que descubrí –nunca había horadado en Nueva York– es que no se debe elevar la voz, arrastrar muebles por el suelo ni hacer sonidos, ya fueran gemidos o golpes secos como de percusión corporal. Y eso que no estábamos en su casa.

 

Al final del polvo, por cierto, toque hollywoodiense, ya que casi me echo un cigarrillo, cuando yo no fumo, poseído por la cantidad de humo que proyecta Nueva York: desde las azoteas y las alcantarillas, ese vapor tan de la ciudad que se apodera del campo visual, y por el vaho eterno que generamos todos los que salimos a las calles procurando respirar.

 

Diane se fue a eso de las diez de la mañana. Verla vestirse con tantas capas de ropa me hizo replantearme el porqué de no volverme mañana mismo a Camboya. Luego prometí no volver a coger más la línea E del metro. Y comenzó a nevar. Levemente.

 

 

Joaquín Campos, 12/02/15, Nueva York.