Nueva York 5: José Watanabe, Jeff Gómez y David Carr

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Comienzo a cogerle confianza a la ciudad. Incluso a trece grados bajo cero. Ayer noche, cuando las gentes se recogían en sus casas tras sus monótonos trabajos, volví a pecar en la línea E de metro con la sola idea de enlazar hasta la estación de York Street, en Brooklyn, donde asistí a una charla de Jeff Gómez, un tipo que nos contó tantas cosas que paso a resumirlas

 

Comienzo a cogerle confianza a la ciudad. Incluso a trece grados bajo cero. Ayer noche, cuando las gentes se recogían en sus casas tras sus monótonos trabajos, volví a pecar en la línea E de metro con la sola idea de enlazar hasta la estación de York Street, en Brooklyn, donde asistí a una charla de Jeff Gómez, un tipo que nos contó tantas cosas que paso a resumirlas de la siguiente manera: su padre era un latino ligón que les dejó varados hace ya décadas; su madre se tuvo que hacer cargo del muchacho que devoraba cómics, esencialmente japoneses; cómics que aparte de transformarlo en un friqui le ayudaron a ser lo que hoy es, ya que tras comenzar escribiendo sobre el citado asunto acabó dirigiendo su propia empresa, encargada –y entregada– al entretenimiento general: desde el videojuego a la aplicación del móvil pasando por los detalles que ustedes crean más insignificantes. Desde Spiderman a Batman. La razón: debe ser de los mejores porque comentó, tropecientas veces, la millonada de dólares que genera. Ameno y directo, Jeff Gómez diseñó una charla agradable que, sin quererlo, denunciaba a todos aquellos que generando una décima parte sacan más pecho. La audiencia, no sólo entregada, sino comprometida, utilizando el turno de ruegos y preguntas para saciar sus dudas. Yo me contuve, mudo, hasta que al salir me pedí una copa de Rioja en el Olympia, un bar a visitar.

 

De camino al Miami Ad School de Brooklyn, y sentado en alguno de los vagones de la línea E –luego fue la F hasta York Street– comencé a leer una obra que me llegó hace un par de días a Nueva York desde Sevilla. Iba incluido este libro entre otros dieciséis, pedidos a Renacimiento, mi editorial, ante la imposibilidad para encontrar libros en castellano que padezco en el sudeste asiático. Elogio del Refrenamiento, colección de poesías del poeta peruano ya fallecido José Watanabe, leído a conciencia, emocionado y perplejo, me hizo no ya casi perder el hilo de las estaciones, sino descabalgar el convoy, de los saltos que di; estupefacto.

 

No conocía a José Watanabe, hijo de emigrante nipón, de campesino paupérrimo, que supo escribir en verso la realidad que circulaba en torno a él. Me llenó saber que su padre le recitaba haikus de la época. Corrían los años 60 del pasado siglo. “En la cima del risco, retozan el cabrío y su cabra. Abajo el abismo”, escribió José, de Laredo (Trujillo). ‘Informe para mi hermano muerto en la infancia’, poema tan hermoso como duro, narra la pérdida de su hermano y su padre. Su padre, cuando era pequeño, le declamaba en nipón, para luego traducir al español los poemas de Matsuo Basho. Watanabe nunca perteneció a corriente alguna de artistas, poetas o literatos peruanos. Él se fue montando, a solas, su propio castillo. Hoy día no es fácil encontrar a ovejas descarriadas, sólo a lobos eficientes.

 

Ya de vuelta, en casa, embaucado con ‘La mantis religiosa’, otro de sus poemas, encendí el ordenador para descubrir que David Carr, periodista del New York Times que se hizo respetar gracias a sus críticas sobre televisión y medios de comunicación, había fallecido un par de horas antes en la mismísima redacción: cayó desplomado por un ataque al corazón.

 

Duele aceptar que futbolistas que caen desplomados de la misma manera abran no ya sólo telediarios, sino los poros de la piel de gallina de un pueblo incapaz de aceptar que la redacción de cualquier medio para un redactor es el equivalente al estadio que ustedes elijan para el futbolista. Sin dorsales ni más músculo que sus trayectorias, fuera de ese rancio mundo de los focos. Sin publicidades estáticas ni en las pecheras. Con novias, generalmente, silenciosas, que no visitan las redacciones gritando frases hechas, lanzando bufandas al viento mientras se ocultan, con las cabezas rapadas, en unas gafas de sol adquiridas en algún bazar de los chinos.

 

Haiku final de José Watanabe titulado ‘Orgasmo’:

 

‘¿Me dejará la muerte

 

gritar

 

como ahora?’.

 

 

Joaquín Campos, 14/02/15, Nueva York.