Nueva York 6: Metropolitan & Luxembourg

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Anduve ayer por el Museo Metropolitano, alrededor de tres horas: algo así como ir a ver un partido de fútbol y salirte antes de los diez minutos. Porque las colecciones de arte que abarca ese delirio creativo serían solamente visualizables a la carrera –y ya no digo deteniéndote, admirándolas y tratando de comprenderlas– tras dos semanas entregadas por completo a un Metropolitano que me dejó un muy buen sabor de boca.

 

Anduve ayer por el Museo Metropolitano, alrededor de tres horas: algo así como ir a ver un partido de fútbol y salirte antes de los diez minutos. Porque las colecciones de arte que abarca ese delirio creativo serían solamente visualizables a la carrera –y ya no digo deteniéndote, admirándolas y tratando de comprenderlas– tras dos semanas entregadas por completo a un Metropolitano que me dejó un muy buen sabor de boca: impresionante su colección sobre Oceanía, cuando yo no tenía ni idea de lo que allí se gestaba hasta hace muy pocas décadas. Cuando puedan, miren a los ojos a las máscaras que utilizan para hacer rituales.

 

Como dato folclórico –lo folclórico es alejarte de tu país para luego buscarlo sin saber bien las razones– anduve por algunas de las zonas donde España aporta: la Granada andalusí, Burgos, una iglesia vallisoletana; Japón, impresionante. Arte precolombino también de sumo interés. Aunque recalco: visitar así un museo de tamaña categoría y capacidad es un insulto al organizador, al mundo del arte y a uno mismo. Aunque claro: siempre será mejor pasear a la carrera por el Metropolitano a caminar con lentitud por una Quinta Avenida colmada de tiendas y grandes almacenes, donde en otro golpe folclórico me crucé con no pocos neoyorquinos que transportaban en alguna de sus manos bolsas del Zara que sospeché repletas de prendas de nuestro querido Amancio; generalmente manufacturadas en China.

 

Cuando salí, me encontré con una nevada leve que en realidad era grave: al estar a –8 lo poco que caía no es que cuajara, es que directamente tapaba aceras, asfalto y manipulaba las montañas de hielo que desde semanas decoran jardineras y esquinazos de la ciudad. Porque alguno creería que aquel medio metro era de nieve, cuando al patearlo, se debió dejar cuatro falanges: por golpear icebergs.

 

Luego caminé entre el frío aterrador y la bella estampa, con un tráfico levemente fluido, para cambiando de lado –del este al oeste de la isla aburguesada– entregarme a la cultura culinaria norteamericana por antonomasia: la hamburguesa. Por supuesto no elegí el McDonald’s, sino que, siguiendo el consejo de un amigo, me incrusté en un templo: el Luxembourg, donde hordas de clientes, entre modernos y alcoholizados, deglutían pedazos de carne picada bien seleccionadas y aliñadas, entre un ambiente algo ibérico: sin que aquello generara un griterío ensordecedor podría asegurar que tampoco andaba muy cerca del silencio sepulcral. El lugar de los hechos está localizado en la calle 70, junto la avenida de Ámsterdam, al oeste de Manhattan.

 

La hamburguesería, santuario de la ciudad, decorada de manera desasosegante aunque en el fondo acertada para lo que sirven y quiénes lo hacen, con una barra como las que a mí me gustan –donde se puede comer atendido por una camarera resabiada–, me ofreció todo lujo de detalles: primero, que la cerveza local, en este caso la Brooklyn de grifo, costaba diez dólares la copa; segundo, que la hamburguesa simple, sin extra alguno, dieciocho; y tercero, que la botella de vino más barata rondaba los cincuenta dólares. En resumidas cuentas: una hamburguesa poco hecha –de excelente calidad–, un platito con tres tipos de quesos –uno local, otro italiano y el último francés–, una botella de vino Syrah de Cupertino, una caña, los impuestos que no salen reflejados en el menú, más las propinas obligatorias, hicieron de la pasada cena, por su coste, lo que habría podido ser una especie de orgía culinaria en tres cuartas partes del planeta: pagué por todo algo más de 110 dolarazos. Eso sí, acepten que en el Luxembourg ocurren cosas, no como en el Burger King. Entre otras, que una pareja casi llega a las manos –era San Valentín, no lo olviden–, y que una señora entrada en años y tambaleándose, se pimpló tres rones añejos en menos de lo que canta un gallo. Yo, con la botella de tinto californiano ya engullida, y ella, meciéndose, ayudaron a que la visión de aquella atestada barra, con gentes esperando para pillar mesa y hamburguesa, fuera parecida a la del camarote de los Hermanos Marx en un día con fuerza 11.

 

De camino a casa, con la nevada escueta aunque imparable alfombrando mis pasos, asumí –si es que ya no lo sabía– que Nueva York no es estadía para todos aquellos o que ganan pocos cuartos, como es mi caso, o que, además, provengan del auténtico tercer mundo, Camboya, donde sólo los cooperantes facturan miles de dólares mensuales, en unos de los mayores casos demostrables de racismo social–laboral que jamás descubrieron mis ojos.

 

Y mientras tanto, en el apartamento que tuvieron bien a prestarme, cocinándome, paso buena parte de mi tiempo, en una emboscada contra la ciudad que no se llega nunca a imaginar hacia dónde tirarán mis pies de aquí a un par de horas: cuando la temperatura rebase la fatídica cifra de –15, en una situación cuanto menos curiosa: mires la cifra por donde la mires, y aclarando que no soy capaz de comprender los grados Fahrenheit, estaremos a -15 centígrados, convertibles en 3 Fahrenheit. Cuando todo el mundo sabe que ambos dígitos generan frío, mucho frío.

 

 

Joaquín Campos, 15/02/15, Nueva York.