Nueva York 8: por el cambio

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Corría el año 1982 cuando en casa de mis abuelos, en el barrio malagueño de Pedregalejo, un póster presidía el salón, aún con el miedo en el cuerpo de qué podrían decir los vecinos, colocado de puertas para adentro, cuando en Andalucía hoy día no se cierra la puerta ni para ir a mear.

 

Corría el año 1982 cuando en casa de mis abuelos, en el barrio malagueño de Pedregalejo, un póster presidía el salón, aún con el miedo en el cuerpo de qué podrían decir los vecinos, colocado de puertas para adentro, cuando en Andalucía hoy día no se cierra la puerta ni para ir a mear.

 

Felipe González, treintañero de labios sabrosones, con un acento sureño que tras la reciente muerte de Franco aún caía bien, se llevó de calle las elecciones del 82, en el mayor golpe de mano de la historia de nuestra democracia que, por supuesto, superó al fracaso de Naranjito y nuestro Mundial, que no lo ganamos, como cuatro años antes sí lo hicieron los argentinos, por una simple razón: andábamos en plena Movida, en medio de la nada, entre una dictadura y una falsa democracia. Lástima que el himno de aquel Mundial no fue el ‘Bailando’ de Alaska, que si no… Lo dicho: de aquel póster salía una leyenda que casi acabó en haiku: ‘Por el cambio, vota PSOE’.

 

Me he tenido que poner, ya en casa, la canción de Víctor Manuel ‘Nada sabe tan dulce como su boca’, que me ha venido a la memoria tras perder el tiempo en un transbordo absurdo desde Queens a Manhattan, después de haber asistido al mitin de Pablo Iglesias en el Centro Español de Queens: todo un acierto comercial por su parte. Teniendo en cuenta que por la pasividad de nuestros diplomáticos y las nuevas normas votar lejos de casa comienza a ser una utopía y su visita, por ende, una pérdida de tiempo.

 

Que no hubiera arco de seguridad a la entrada del recinto ayudó a que esta crónica saliera adelante, ya que iba sin calzoncillos –la media docena que me traje desde Camboya debían estar dando vueltas a esa misma hora dentro de una lavadora–. Pero lo mejor fue que Pablo Iglesias, el jefe de todo, organizó el show en el Centro Español de Queens –visualmente ese barrio neoyorquino me recordó a Aluche: humildad y construcciones de no más de cinco plantas– que a continuación paso a analizar.

 

Nada más entrar al centro, un bar. Y en el bar, unos doscientos españoles bebiendo, al unísono, tercios de Estrella de Galicia. Las camareras, latinas; demostrándose que por mucho paro que nos sonroje el ciudadano español no es el más promiscuo, laboralmente hablando. A causa de la muchedumbre se generaba un sonido que me resultaba familiar. Si acaso faltaba la tragaperras, porque la tele emitía un estúpido concurso a todo volumen. Algunos clientes hablaban de si llevaban lotería para esta semana, otros de la Champions. A la salida del bar, y antes de enfrentarme al mitin de Pablo Iglesias, fichas de dominó repartidas sobre un par de mesas. Detecté a alguno que otro preguntándose quién debía ser yo. Es lo que tienen las peñas, flamencas o no.

 

En la primera planta una hermosa construcción, algo destartalada, que daba la imagen de teatrillo de provincias. Bonito telón y extraordinaria afluencia de público, casi todos cortados por el mismo patrón: no se observaban camisas con las iniciales bordadas de nadie, muchos menos corbatas, y ni un solo gramo de gomina. Casi todos los asistentes, entre los 25 y los 40 años de edad. Aunque he de reconocer que una docena de ancianos tomaron parte de una charla desalentadora: porque sólo se esparcían proclamas y frases hechas; soluciones, pocas, por no decir ninguna. Aunque repito: mérito tiene que Pablo Iglesias se haya pasado por Nueva York a sabiendas de que votar como emigrante comienza a ser una utopía, por las trabas generales y los errores burocráticos.

 

Me molestó que Iglesias se dirigiera al respetable apenado porque tuvimos que dejar nuestro país ante la falta de oportunidades, cuando yo me fui hace ya casi nueve años porque me dio la real gana; y no creo que fuera el único de los allí presentes. Pablo habló mucho de patria. Banderas, ninguna. Aunque sí trazos de que en ese recinto conviven españoles, ya que en el baño, y cuando miccionaba en el urinario apuntando la mirada contra las baldosas, pude comprobar como alguien había pegado contra las mismas restos nasales. Mocos, quiero decir.

 

Mi resumen de todo esto es que Pablo Iglesias está levantando una ola de pasión parecida al tsunami que González generó en el 82. Y luego ya saben lo que pasó. Porque el hombre –y el español en particular– es el único ser que se ilusiona con un entrenador de fútbol, un futuro presidente de gobierno y la primera novia que se le cruce. Que yo a Pablo antes que presidente de gobierno lo contrataba como fiscal anticorrupción. Que a denunciar desmanes no le gana nadie.

 

Luego me fui de allí, separándome de las pandillas peligrosas que salían sobre excitadas, como queriendo no saber nada de mis compatriotas, alguno de ellos realmente emocionado tras haber asistido al acto de Podemos: hubo uno en especial que rompió a aplaudir hasta el límite de perder el tacto. Ya en el metro, confusión general, por las pésimas señalizaciones y conexiones a esas horas extrañas: ya eran las nueve y pico de la noche; y a –10. Finalmente, entrando por la puerta de casa, ensoñé con que España dejaba de existir y el Centro Español de Queens seguía siendo el punto de encuentro de una nacionalidad que, desgraciadamente, sigue apuntando bajo.

 

 

Joaquín Campos, 17/02/15, Nueva York.