Nueva York: Entre tus piernas

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A dos cuadras del aula donde aprendía a escribir perfiles y crónicas periodísticas en inglés, había una discotienda. Se llamaba Tower y los martes, mi día de clase, los discos compactos estaban de oferta.

 

Una noche subí las escaleras del Circuit City de Union Square para comprarme el primer aparato que deseé: un CD player. Era rojo. Cada vez que salía desde Brooklyn, pensando en el viaje largo en el tren subterráneo, escogía algunos discos que metía en mi mochila. Los intercambiaba apoyando el tocadiscos contra mis piernas y haciendo equilibrio con los círculos de música. Tower tenía buenas ofertas. Sin embargo, el lugar al que acudía cuando deseaba un disco en particular era Virgin Megastore. El local de Times Square tenía una buena sección de rock en español.

 

No sé qué habrán escuchado los cuarentones españoles cuando eran adolescentes, pero mi generación estuvo marcada por la voz de Gustavo Cerati. Hace muy poco, en un bus destartalado que bajaba desde la sierra peruana, un pasajero me miró con atención al escuchar que el chofer ponía a todo volumen Persiana americana.»Esa es nuestra música» me dijo. Intercambiamos recuerdos: mi primer concierto fue el de Soda en el coliseo Amauta. Él viajó 6 horas en autobús, desde Santiago de Chuco hasta Trujillo, para verlos. Ambos teníamos 14 años.

 

Era tal la fiebre en el Perú, que cuando viajamos con la familia, al cruzar la frontera, mi hermano y yo alteramos los nervios del viejo tanguero que manejaba el taxi que nos llevaba desde Santiago de Chile hasta Mendoza al gritar: «¡Estamos entrando a la tierra del rock!»

 

Era 1987. En Chile se vivía el mismo fenómeno. La azafata del autobús, Carolina, puso a sonar en los parlantes, para alegrarnos el cruce del desierto de Atacama, su propio casete de Signos. En Nueva York completé mi colección de discos de Soda. Los llevaba en la mochila y los intercambiaba durante el viaje. Escuchaba Primavera Cero y repetía en mi asiento, con mucho menos movimiento, el espectacular pogo en el que estuve metido la última vez que los vi en Lima.

 

Vivía en Newyópolis cuando me enteré que Cerati estaba en coma. Siempre me da por pensar en eso cuando los escucho. Al parecer no soy el único: Julio Villanueva empezó una conversación sobre los perfiles que le gustaba publicar, con la noticia de una crónica que preparaba una periodista, para Etiqueta Negra, sobre los días silenciosos del hombre que más ruido causó en nuestro continente.

 

A Cerati lo encontramos siempre entre las líneas de nuestros compañeros de generación que escriben: letras que nos marcaron, que acompañaron, tal vez, el día en que vivimos nuestro primer amor. Quienes crecimos con esa música, al caminar por Nueva York no solemos acordarnos de una ciudad que nunca duerme ni de una gran manzana, sino de sus aves de presa y sus terrazas desiertas, de sus flechas salvajes y sus calles azules.

 

Hoy existe el iPod. Hay un botón que me permite disfrutar, al azar, de todos mis discos. Cuando escucho a Gustavo Cerati, casi siempre es en el auto: el volumen al máximo y las ventanas cerradas. Los paisajes y el clima son distintos a los de mi adolescencia. Oyendo esas canciones, en Nueva York, muchas veces invoco la posibilidad de su retorno. Entonces creo escucharlo decir: Me verás volver.