Nunca se había marchado

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Cuando Aznar subió sin bigote al escenario de la convención popular fue como si aquel amigo hubiese regresado al pueblo sin su cabellera...

 

Uno tiene un amigo jevi que al principio le imponía respeto porque gritaba mucho y le chutaba muy fuerte a la pelota en los campeonatos de verano con su pelo brillante cayéndole por la espalda. Llevaba camisetas con calaveras y con las mangas cortadas a tijeretazos, y al terminar los partidos, ante la mirada horrorizada y admirativa del resto, se sentaba a beber su litrona de la que nada se dice en esos anuncios de cerveza de moda, el auténtico símbolo líquido de una Movida que entonces aleteaba como un pez fuera del agua, y no el botellín aburguesado con el que un Loquillo crepuscular trata de impresionar ahora a la Rosenvinge; escenas en las que, por cierto, se echa de menos a Monedero, la estrella del momento (con permiso del tesorero innombrable), que es de la quinta, o “Money”, como le llama Santiago González, el Mayweather de la politología.

 

Los jevis se han ocultado igual que los mosqueteros como si Richelieu los hubiera disuelto, y ahora el amigo de uno bebe su cerveza en esas tabernas cargadas y oscuras de madera de París casi como un proscrito, igual que cualquier parroquiano con el pelo corto y las camisas con todas sus mangas. Después de mucho tiempo uno se lo encontró y le preguntó cuándo había vuelto, a lo que, sorprendido, respondió que de dónde, si nunca se había marchado. Luego se recordó cómo uno le decía que los Manowar, a los que hacían percusión los grillos en las noches serranas, con Gredos a lo lejos silueteada bajo las estrellas, le daban dolor de cabeza y él se reía y subía el volumen del radiocasette y agitaba su melena cuya sombra parecía el penacho del bastón de un hechicero.

 

Cuando Aznar subió sin bigote al escenario de la convención popular fue como si el jevi hubiese regresado al pueblo sin su cabellera. El Palacio de Congresos convertido en El Canciller y el protagonista impelido a marcarse un solo (el expresidente ponía cara de creerse Van Halen entre aplausos) con el que finalmente deleitó a una audiencia entregada que en su interior apretaba las mandíbulas por debajo de su sonrisa y hasta cruzaba los dedos de los pies. Hubo nostalgia en la que algunos sólo quisieron ver un repaso de lo jóvenes que fueron, encajando los riffs de guitarra (Mariano es un encajador que ya hubiera querido ser el mismísimo Floyd Patterson) como si oyeran violines, pero no solamente es que Aznar esté más joven de lo que fue (y lo sabe), sino que invocó al rock duro de los noventa, casi a la litrona y a la chupa de cuero igual que a la casaca mosquetera (le faltó decir todos para uno y uno para todos, un poco como si Rajoy fuese Rochefort), lo mismo que si allí, en ese inhóspito lugar de su rostro entre el labio superior y la nariz siguiese estando aquel bigote.