Nunca supe regresar

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He pasado una temporada fuera. Tampoco informé al Gobierno, por si acaso. Pero ni cacé ni me cazaron. Volví, como siempre se vuelve, deseando no haberlo hecho. Con la cabeza puesta en aquella estación, en esas manos, en otra vida. Es, sin duda, lo peor de los aviones que atraviesan océanos. Que siempre llevas billetes de vuelta a ti misma. Ninguna aerolínea ofrece tarjetas de fidelización a aquellos que no queremos sernos fieles. Vuelvo a la vida que me esperaba intacta, con algo más de polvo reposado encima. Apenas lo notaría si no tuviera alergia a mis rutinas. Y lo hago a un país que, dicen, se desestructura, siguiendo el ejemplo de los buenos cocineros. Se desnuda para lamentarse frente al espejo, sin amante que le espere en el reflejo posterior de la cama vacía.

 

Esta vez he dejado la maleta en la puerta, sin deshacer. Antes corría a poner la lavadora, a guardar el cepillo de dientes de recambio y a la calle a hacer la compra, para olvidar pronto que lo que había ocurrido había sucedido de verdad. Fue solo un sueño, Jasmín, me decía. Tú no has cruzado el mundo. Tú no te has emborrachado en otro idioma. Tú no has dormido con ese señor que te susurraba cosas que no entendías.

 

Esta vez he preferido dejar la ropa doblada a la entrada, con el pasaporte y el cepillo de dientes. Cuando este país se vaya al carajo yo estaré dispuesta para irme donde haga falta. Aunque salgamos adelante pensaré que puedo hacerlo. Au revoir, y ya está. Tampoco dejo mucho. La familia sobrevivirá sin mí. Y yo también, que es lo importante. Me daré esquinazo cuando pare el taxi en la acera. Al aeropuerto, le diré, como siempre, pero esta vez con sentimiento, con la convicción de que pocos días después no le estaré diciendo al mismo taxista que me lleve a casa, con jet lag y las bragas sucias en una bolsa de plástico en el bolsillo interior de la Samsonite.

 

Tampoco le diré al conductor dónde me marcho. No dejaré huellas. Solo subiré al avión y cuando llegue intentaré quedarme. O asegurarme de que el siguiente aeropuerto no tenga un vuelo que salga a tiempo para volver a Madrid. En cualquier sitio, pienso últimamente, estaría mejor que aquí. Lo más lejos posible. Lo más lejos de mí. Aunque sé que solo cuando una se va no quiere volver. Y que en cualquier sitio sería cuestión de tiempo que me encontrara frente a un espejo vacío de sexo.

 

De momento estoy en casa. He vuelto. Ay, que ganas de que todo esto no fuese cierto. Que mono de aeropuerto. Maldita la gracia de irme a ningún lado si sé que nunca aprenderé a volver.