Obama y su mágica oratoria

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Las encuestas muestran una subida más que apetecible. Obama ha ganado cinco puntos en una semana. Su cota de aceptación ahora es del 49%. El secreto de su ascenso es su actuación y su impactante discurso en la ceremonia de Tucson donde se honraba a los muertos días antes por un joven perturbado. Comentaristas no siempre simpatizantes del presidente concuerdan en que la pasada semana pronunció quizás la mejor intervención de su carrera. El elogio es significativo si consideramos que las dotes oratorias del presidente han sido con frecuencia comparadas a las de Lincoln, es decir a las del presidente más popular y más elocuente de la historia de Estados Unidos.

 

El discurso no tiene especialmente frases memorables, pero el presidente supo emplear la emotividad, la elegancia y las ideas adecuadas. Como ha dicho un comentarista británico, Obama estuvo a la altura del momento, pero fue más allá. La oración fúnebre tuvo la virtud de hacer que los americanos se sintieran próximos de cada una de las víctimas. Obama se detuvo en cada una de ellas, en el jubilado que encontró la muerte tratando de proteger a su mujer de las balas del asesino, en la congresista gravemente herida y que, anunció, acababa de abrir los ojos en el hospital, y en la niña de once años, nacida precisamente el día de los atentados de las Torres Gemelas, que fue segada por la ráfaga mortal.

 

La afirmación, muy extendida, de que Obama es un excelente orador, brillante, mesurado, comprensible, pero que resultaba distante, frío, incluso altanero quedó superada en esta ocasión. Ni distanciamiento, ni frialdad, ni despego. Más que un líder político apareció como la referencia espiritual que necesita el país en un momento de clara polarización.

 

Aunque los piropos puedan ser efímeros los hubo copiosos. Glen Beck, comentarista de Fox News y fustigador implacable de Obama y del partido demócrata, se inclinó: “Es quizás su mejor discurso y le doy las gracias señor presidente por ser en estos días el presidente de los Estados Unidos”.

 

Como contraste las fechas han sido malas para los republicanos. Eran días que iban a pasar al ataque tratando de revocar la ley de reforma sanitaria que aprobó el Congreso saliente, pero los acontecimientos los han colocado momentáneamente a la defensiva rechazando las acusaciones, muchas de ellas apresuradas, de que el calentamiento del debate político que han impulsado es el causante de acontecimientos como la masacre de Tucson.

 

Especialmente tocada ha sido la señora Sarah Palin, que ha reaccionado de forma desabrida a los ataques verbales que sufre y comparándose de forma desafortunada con las víctimas del holocausto judío.

 

La tregua de estos días seré breve. El nuevo Congreso, con mayoría republicana aplastante en la Cámara de Representantes, promete ser belicoso pero Obama, que ya había tenido un triunfo con la ratificación del tratado con Rusia de reducción de armamento nuclear y con la eliminación de la ley que discriminaba a los homosexuales en las Fuerzas armadas, consigue un claro respiro. 

 

Inocencio F. Arias es un veterano diplomático y frecuente colaborador en los medios de información. Ha tenido cargos destacados con diferentes gobiernos: embajador en la ONU con el PP, Secretario de Estado y Subsecretario con el Gobierno anterior del PSOE y Portavoz del Ministerio de Exteriores con tres distintos ejecutivos de la democracia; UCD, PSOE y PP. En la ONU presidió el Comite Mundial contra el Terrorismo y la Asociación de Embajadores. Ha sido profesor en la Universidad Complutense y en la Carlos III de Madrid. En su única escapada a la empresa privada fue Director General del Real Madrid. Ha escrito libros: Confesiones de un Diplomático (Planeta) y Tres Mitos del Real Madrid(Plaza-Janes) y en colaboración con Eva Celada La Trastienda de la diplomacia (Plaza-Janes). A mediados de 2012 publicó también en Plaza y Janés Los Presidentes y la diplomacia. Me acosté con Suárez y me desperté con Zapatero que actualmente está en su tercera edición.