Objetivo: bombardear Honduras

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Entiéndase bien. No estoy animando a Washington a lanzar un ataque masivo sobre la pequeña mancha en el mapa que es Honduras, estoy movilizando a las masas para hacerlo nosotros mismos. ¿Para qué nos sirve ese país? ¿Para qué mantener la ficción si realmente es prescindible? La iniciativa puede ampliarse con Paraguay, Haití, Guyana y una larga lista con países asiáticos y africanos innecesarios para el planeta.


Es cierto que Honduras ha jugado su papel histórico, primero como finca privada en la que criar bananos baratos a punta de sangre local e importada de África; después, como base militar legal e ilegal para acabar con las estúpidas veleidades revolucionarias de Nicaragua, El Salvador o, incluso Guatemala. Pero ahora… reconozcámoslo: no vale para nada. Bombardear el territorio hondureño hasta aniquilar a los zombis que lo habitan podría evitar este trabajo engorroso y cansino de ir asesinando uno a uno a sus líderes y lideresas. El último, Tomás García, un tipo que se empañaba en defender los derechos del pueblo Lenca y que, además, contagiaba a otros nativos de la infantil idea de la libertad y la autonomía.

 

Este infinito reguero de sangre es poco estético, además de costoso. Quizá nos sirva Honduras para hacer una escala tranquila en el camino hacia el norte cargados de cocaína y otras sustancias felices. Es posible que al libertario Patri Friedman, nieto del indeleble Milton, le sirva la carne animada de una población sin ciudadanía para su brutal proyecto de ciudades futuristas sin ley ni orden…

 

Pero para la humanidad, Honduras sólo fue un par de noticias durante un golpe de Estado rocambolesco que la Unión Europea ha olvidado y que Estados Unidos ha apoyado. Muy parecida su no-historia a la de Paraguay, ese hueco del Sur destinado a gamonal brasileño y de otros vecinos sin escrúpulos.

 

Deberíamos sincerar la geopolítica mundial. Sé que esta iniciativa que hoy pongo sobre la mesa supondría un golpe duro a los fabricantes y vendedores de armas y a los expertos en gestión de crisis, pero a cambio, ganaríamos mucho terreno para cultivos industriales transgénicos, producción de biodiesel o resort de lujo a pie de playa sin las incomodidades que conlleva un Estado de Derecho ni todas esas ñoñerías. Es la hora: saquemos del vocabulario de la hipocresía palabras como derechos, equidad, justicia o autodeterminación. La ley no escrita del Viejo Oeste norteamericano es la única que salía de nuestras entrañas.

Me perdí en Otramérica, esa que no es Iberoamérica, ni Latinoamérica, ni Indoamérica, ni Abya Yala... y que es todas esas al tiempo. Hace ya 13 años que me enredé en este laberinto donde aprendí de la guerra en Colombia, de sus tercas secuelas en Nicaragua, de la riqueza indígena en Bolivia o Ecuador, del universo concentrado de Brasil o de la huella de las colonizaciones en Panamá, donde vivo ahora. Soy periodista y en el DNI dice que nací en Murcia en 1971. Ahora, unos añitos después, ejerzo el periodismo de forma independiente (porque no como de él), asesoro a periódicos de varios países de la región (porque me dan de comer) y colaboro con comunidades campesinas e indígenas en la resistencia a los megaproyectos económicos (porque no me como el cuento del desarrollismo). Este blog tratará de acercar esta Otramérica combatiendo con palabras mi propio eurocentrismo y los tópicos que alimentan los imaginarios.