¿Obligados por los sordos?

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Sólo hay unos hablantes a los que no podemos “empoderar” (¡por Nussbaum!) enseñándoles a hablar inglés para que se comuniquen en inglés con otros hablantes extranjeros a quienes también se les enseñará inglés. Sólo esos hablantes, por tanto,  podrían merecer que el resto de hablantes tengamos una carga lingüística más allá del derecho -emancipador más que carga- de aprender inglés además de nuestra lengua política y, en según qué casos, de nuestra lengua materna (derecho éste que no tiene, por ejemplo, el hijo de un rumano en España). Me refiero a los sordomudos. Sólo ellos ven arbitrariamente recortado su justo derecho a comunicarse y a moverse por el mundo por falta de interlocutores; y, por tanto, quizás podrían ellos rebelarse para exigirnos aprender su lengua y así garantizarles una comunicación que, de otro modo, les quedaría vedada. Nuestra obligación lingüística, en este caso, sería tributaria del derecho de los hablantes de la lengua de signos. No del derecho de la lengua de signos -que como el resto de lenguas, ni tiene derechos ni puede imponernos obligaciones- a ser hablada o a no extinguirse -como pregonan los nacionalistas- sino del humano derecho de sus forzosos hablantes a trascender su reducida comunidad de hablantes.

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Mikel Arteta
Del 85 todavía, pero todo se andará. Valenciano de residencia y nacimiento. De cabezón, navarrico; y de vacaciones. Iba a decir que algo también de sangre, pero entonces no podría esquivar el merecido guantazo. Estado civil: catalán. Y de salud, alérgico al nacionalismo. Licencia para leguleyear y, según un papel, también para politologuear… De vocación, cosmopolita. Si me dejan. Y, de Filosofía práctica, doctor en las cosas del bueno de Jürgen Habermas.   Sería un placer y todo un reto sacar provecho a estas páginas para vomitar a cuentagotas, si es que eso se puede, algunas reflexiones morales o políticas. Esas que, sentado en la esquina de la mesa de la esquina de la habitación de un edificio que hace esquina, le golpean a uno al abrir el ordenador, ojear la prensa y el Facebú (donde encuentra siempre a don Tomás y a la parroquia del padre Félix) y descubrir que el mundo sigue igual de mal que de costumbre, cuando no peor. Lo de todas las mañanas, pero compartiendo el café con leche.

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