Obras y libros parlantes

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Leer por gusto una novela del primero al último renglón -y en dos o tres sentadas- suele ser el privilegio de los muy jóvenes, de los jubilados y de los que no tienen otra cosa que hacer que ponerse a leer novelas del primero al último renglón. Por mi profesión yo también me veo obligado no sólo a leer, sino a releer un porrón de novelas todos los años, y a veces de principio a final, pero debo confesar que más de una vez me saltaría la mitad de las páginas de no tener siempre en mis clases a algún estudiante zascandil, con gafitas (o sin ellas), que se sabe de memoria hasta lo que pone el colofón del libro.

 

La lectura fiel y silenciosa de un mismo texto, página a página, es una práctica muy poco habitual en estos tiempos, y más ahora que el Internet nos permite enlazar decenas y decenas de documentos según vamos leyendo un texto cualquiera. ¿Quién es capaz de concentrarse en una historia por más de una hora? Yo diría que muy pocos, aunque de pronto se me ocurre pensar que en los EEUU hay una buena parte de la población que todos los días, en lugar de leer, escucha en el coche, de camino al trabajo, todo tipo de grabaciones de libros leídos en voz alta por actores profesionales, desde La guerra y la paz, hasta el último best seller de Dan Brown, desde un estudio de La Divina Comedia por un profesor de Yale, hasta “Cómo hacerse millonario en una semana”. El americano medio puede que no lea muchos libros, pero los oye en audiciones que muchas veces incluyen la versión completa, produciéndose con ello un fenómeno curioso, y es que, sin él mismo saberlo, está pasando de ser lector a ser otra vez oyente, como en la época anterior a la existencia del alfabeto.

 

Esta condición de oyente de muchos americanos puede explicar el éxito que está obteniendo un experimento llevado a cabo por una compañía teatral en off-Broadway consistente en leer durante seis horas y media El gran Gatsby de Scott Fitzgerald.
La representación de Gatz, que así se titula la obra, no puede ser más elemental. En un escenario convertido en vulgar oficina, un vulgar oficinista llega una mañana, coge un libro de su escritorio, y sentado en su silla, al margen de lo que hacen sus otros compañeros de trabajo, empieza a recitar la maravillosa novela de Fitzgerald. Durante al menos treinta minutos sólo se oye su voz leyendo las cadenciosas frases del libro. Al cabo de treinta minutos, otros oficinistas, que hasta entonces no mostraban el menor interés por la lectura, empiezan a intervenir en los diálogos de los varios personajes que pueblan la novela, aunque la voz de Nick, el narrador de la historia, no deja de ser siempre la voz cantante y sonante, hasta el mismo final, con el fin trágico del protagonista.

 

No he visto el experimento in situ y no puedo juzgar, pero pienso que todo lo que no sea representar un drama a través de la interacción hablada de los personajes no es ni puede llamarse teatro, sino, en todo caso, recitación. Y no sé si mucho más efectiva, o mejor, que la recitación que podría escuchar yo en mi coche de camino al trabajo, pues en mi caso, curiosamente, mi ruta pasaría por algunos de los lugares que atravesaban los protagonistas de la novela cuando viajaban de Long Island a Manhattan o viceversa.

 

Pero si como teatro acaso no sea una fórmula feliz, el éxito de esta representación pone sobre la mesa la nueva relación que el público lector puede empezar a tener entre la palabra escrita y la palabra hablada.

 

Hasta la aparición del alfabeto, allá por el año 1,500 a de C, el mundo era todo oral y auditivo. La palabra era siempre otra, siempre cambiante, expuesta al capricho o al olvido de la memoria. Ningún recital era igual y los oradores tenían que apoyarse en técnicas nemotécnicas para recordar lo que tenían que decir. La invención del alfabeto consiguió congelar la palabra y meterla en una dimensión espacial en lugar de temporal. Mientras la palabra hablada es siempre cambiante e irreversible, como lo es cada segundo que pasa, la palabra escrita es permanente y, sin embargo, reversible. Todo lo que hablamos no tiene vuelta atrás. Cualquier error que soltamos por la boca no se puede borrar, pero al final se lo lleva el viento del olvido. En cambio, la palabra escrita, mientras vivimos, es susceptible de todas las correcciones que se quieran, aunque termine por quedar ahí, como un epitafio: verba volant, scripta manent.

 

El libro impreso acentuó la inmutabilidad de la palabra escrita. Un texto escrito y firmado por un autor es un texto sagrado, sin posibilidad de alteración, a no ser que lo queramos adaptar en una obra teatral o hagamos una versión simplificada para los niños.

 

Esta realidad ha durado cinco siglos aproximadamente, hasta la revolución digital. Ahora los textos escritos siguen siendo inalterables, pero son también ubicuos, instantáneos, al alcance de todo el mundo. Uno puede leer lo que quiera en cualquier momento. Abro una antología de Rilke y leo el poema “Klage um Altinous”. Y de ahí, en poco menos de un minuto, puedo pasar a leer el poema inglés de Pessoa sobre el mismo asunto, o leer lo que escribió Dion Casio en latín sobre los amores de Adriano y el efebo de Bitinia, o irme a leer las Memorias de Adriano de Yourcenar en la versión francesa o la versión en español, al gusto del consumidor…

 

Esta nueva forma de leer es completamente nueva, pero seguramente no es la única ni la más novedosa, pues como podemos atisbar en Gatz, la obra que se representa en off-Broadway, o corroborar por la floreciente industria del audio-libro, tengo la impresión de que muy pronto ya no leeremos con los ojos, sino que oiremos los textos mediante el text-to-speech, tal como hago yo muchas veces en mi Kindle. Por ahora este sintetizador tiene una voz un tanto robotoide, pero puedo imaginarme un día muy cercano en el cual yo pueda elegir la voz que más me apetezca, la de Bogart, la de Lauren Bacall o la de Fernando Fernán Gómez. Y no sólo eso. Dictaremos de viva voz, no con los dedos, volviendo así a un mundo oral. Un mundo mágico. Un mundo que no sé si será más feliz, pero sí mucho más accesible, y en el cual, quién sabe, a lo mejor hasta uno pueda terminarse una novela sin ser joven ni desocupado.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.