Ochocientas noventa y nueve mujeres muertas

0
352

 

Los hombres no mataban a las mujeres hasta 1999. Porque no existe lo que no vemos, lo que no contamos. Hace quince años, una mujer cualquiera, Ana Orantes, anunció en televisión que su marido la iba a matar. Y efectivamente, su marido la mató pocos días después: le prendió fuego.

 

Fue la primera víctima de violencia machista que vimos: 1999. Ciegos y ciegas hasta entonces. Ciudadanía, medios de comunicación, poderes públicos… ¿Cómo puede ser tan poderosa una estructura social que canaliza la violencia sobre la mitad de la población, para que la muerte continua de mujeres estuviera tan silenciada, tan invisibilizada, tan normalizada?  

 

Según las estadísticas oficiales publicadas por el Instituto de la Mujer, desde que empezaron a contarse las mujeres a las que mata su pareja o ex-pareja, han muerto en España 899 mujeres. La semana pasada mataron a cuatro. Una mala semana. La media es una o dos por semana, depende del año. La edad mayoritaria de la víctima era de entre 20 y 40 años.

 

Las formas principales de asesinato son: degolladas o apuñaladas con cuchillo de cocina o hacha, disparadas con arma de fuego, mayoritariamente con escopeta de caza, matadas a golpes, a menudo con un martillo o alguna otra herramienta similar, estranguladas con una cuerda o cinturón, quemadas vivas tras ser rociadas con algún líquido inflamable y, por último, tiradas por la ventana.

 

Más de 21.000 personas fueron enjuiciadas por ejercer violencia contra las mujeres en el año 2010, más del 76 % fueron condenadas por ello.  

 

El ser humano es violento por naturaleza, dicen algunos estudios. El ser humano varón, socializado en una identidad competitiva para la que es preciso altas dosis de distancia emocional que facilita la ausencia de empatía con el sufrimiento del otro, se comporta de forma violenta, dicen otros estudios, que también advierten del continuo permiso social a que esa violencia sea canalizada hacia las mujeres. Se puede condenar el efecto, mientras se dejan intactas las causas. No es algo nuevo en las estructuras de dominación.

 

De cada 100 personas en la cárcel apenas 9 son mujeres. Y de cada 100 mujeres en la cárcel apenas 15 lo son por delitos violentos.

 

¿El ser humano es violento por naturaleza? Como siempre la concepción universal del ser humano parece referirse a los varones, a la mitad de la población. Cuando las mujeres hablan de ellas mismas, son parciales… son feministas, aunque sean la otra mitad. ¿Para qué necesitábamos un Ministerio de la Igualdad? Cosas de mujeres. Como sus muertes.

Cuando se habla de violencia contra las mujeres se habla de derechos humanos, de un terrible riesgo para la integridad física y la vida de millones de mujeres que se encuentran hoy, en una sociedad democrática del siglo XXI, en peligro de muerte.

 

¿Qué hubiera pasado mediática y políticamente si las cuatro muertas de la semana pasada hubiesen sido víctimas de ETA? Así…, una tras otra. Atentados terroristas en cadena. ¿Hubiéramos tolerado como sociedad que un juez, cuestionando las leyes, hubiese considerado la frase “la voy a meter en una caja de pino”, como una amenaza sin importancia si viniese de boca de un terrorista? El juez del Olmo consideró esta amenaza sin transcendencia machista, y cuestionó la Ley contra la Violencia de Género, porque total, 899 mujeres muertas no demuestran nada.

 

Desconozco las cifras, pero ¿cuánto podemos haber invertido como sociedad para erradicar la violencia de ETA? Compromiso político, leyes penales y penitenciarias específicas, reuniones de altos cargos, seguridad experta, concienciación y unanimidad en el rechazo de la violencia, sensibilización y movilización social, apoyo a las víctimas, colaboración internacional… En definitiva, una lucha integral, como la que promueve la Ley de Medidas Integrales contra la Violencia de Género: medidas penales, judiciales, educativas, sanitarias, de los medios de comunicación…, medidas que necesitan voluntad política, recursos humanos y financieros y personas expertas para desarrollarlas. Medidas que no están siendo llevadas a cabo con la urgencia y amplitud que exige el daño que intentan prevenir.

 

Las leyes son el permiso de las acciones políticas, las acciones políticas necesitan estrategias y medios para ser efectivas, de lo contrario, sólo tendremos leyes muertas que nada podrán hacer por todas aquellas mujeres de las que volveremos a hablar, porque desde 1999 las contamos, las vemos, las clasificamos… pero seguimos sin poder hacer otra cosa por ellas que lamentar sus muertes: la 900, la 901, la 902…

Pilar Pardo Rubio. Estudió Derecho en la Carlos III y continuó con la Sociología en la UCM, compaginando en la actualidad su trabajo de asesora jurídica en la Consejería de Educación y la investigación y formación en estudios de Género. Desde el 2006 colabora con el Máster Oficial de Igualdad de Género de la Universidad Complutense de Madrid que dirigen las profesoras Fátima Arranz y Cecilia Castaño. Ha participado en varias investigaciones de género, entre las que destacan la elaboración del Reglamento para la integración de la igualdad de género en el Poder Judicial de República Dominicana (2009), Políticas de Igualdad. Género y Ciencia. Un largo encuentro, publicada por el Instituto de la Mujer (2007), y La igualdad de género en las políticas audiovisuales, dentro del I+D: La Igualdad de Género en la ficción audiovisual: trayectorias y actividad de los/las profesionales de la televisión y el cine español, que ha publicado Cátedra, con el título "Cine y Género". (2009). La publicación ha recibido el Premio Ángeles Durán, por la Universidad Autónoma de Madrid y el Premio Muñoz Suay por la Academia de Cine.   La mirada cotidiana que dirigimos cada día al mundo en que vivimos es ciega a la las desigualdades que, sutiles o explícitas, perpetúan las relaciones entre hombres y mujeres; visibilizar los antiguos y nuevos mecanismos, que siguen haciendo del sexo una cuestión de jerarquía y no de diferencia, es el hilo conductor de "Entre Espejos". En sus líneas, a través del análisis de situaciones y vivencias cotidianas y extraordinarias, se ponen bajo sospecha los mandatos sociales que, directa o indirectamente, siguen subordinando a las mujeres e impidiendo que tomen decisiones, individuales y colectivas, críticas y libres, que siguen autorizando la violencia real y simbólica contra ellas, que siguen excluyendo sus intereses y necesidades de las agendas públicas, que siguen silenciando sus logros pasados y presentes, que, en definitiva, las siguen discriminando por razón de su sexo y hacen nuestra sociedad menos civilizada, a sus habitantes más pobres e infelices, y a nuestros sistemas políticos y sociales menos democráticos y justos.