Ocio

0
485

Se acaba mi veraneo en España y con él mi ocio. No he hecho nada durante casi cuatro semanas o, por mejor decir, nada de provecho. Estoy ya en la piscina, con una Coca-cola con hielo entre las manos y un plato de patatas fritas en la mesita que tengo al lado de la tumbona donde estoy placenteramente tumbado. Los niños se zambullen en el agua. Nadan, bucean, se hacen aguadillas, corren por el borde la piscina chorreando agua y alegría. El ocio se opone al trabajo. El ocio es un bostezo placentero, un dolce far niente, un indolente paso de las horas sin horarios fijos ni obligaciones. Un adulto solo puede permitirse el ocio en época de vacaciones. Para los niños, en cambio, el ocio es su estado natural, como lo es para el resto de la naturaleza. El adulto siente, y seguramente con razón, que el ocio es a costa de los otros. Hubo un tiempo en que existieron las clases ociosas, que eran los ricos, pero ahora los ricos son muchas veces los que más trabajan, los que más se mueven, los que más hacen. En todo caso, no deberíamos asociar el ocio con la pereza. Desde luego el ocio se opone al trabajo, pero quien no trabaja no es por definición un vago. El vago vive en un vacío existencial, como su misma etimología indica, pero el ocioso suele estar dándole al magín todo el tiempo. Pensar y disfrutar de la existencia, sin imperativos ni obligaciones, es lo que caracteriza a la ociosidad . Aristóteles ya dijo que la filosofía nació de la ociosidad, como la matemática. Y el arte y la poesía añadiría yo. Nada verdaderamente creativo surge por imposición de nadie. La creatividad, como el ocio, no es necesaria ni provechosa. Claro que gente creadora hay poca y el ocio sin creatividad ni imaginación puede llegar a ser aburridísimo. El aburrimiento es, creo, la fuente de casi todos los pecados y de todas las iniquidades. Quien está ocioso y está aburrido no tarda en buscarle las vueltas a su mujer, a su hermano o al vecino de enfrente. Por eso el ocio debe regularse casi tanto como el trabajo. Uno en vacaciones debe tener un plan estricto si no quiere pelearse con la familia o pedir el divorcio a su mujer. A mí me quedan ya muy pocos días y creo que he salido indemne, más o menos. Pero estoy ya que cazo moscas y ayer mismo me enzarcé en una discusión bizantina que no se explica sino por el aburrimiento que produce la ociosidad mal llevada. Ahora mismo, ya digo, estoy en la piscina, con mi Coca-cola entre las manos y con una novela que se me cae de las manos. No diré el título por no incomodar a quien me la recomendó ni ganarme la inquina de los admiradores del novelista. En unos minutos me daré el primer chapuzón de la mañana (y uno de los últimos de este verano) y luego me recostaré al sol como un lagarto. Los niños, entretanto, salen y entran en la piscina como patitos en un estanque.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.