Odio el virus, odio el virus, odio el virus

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El escritor colombiano afincado en Seúl, Andrés Felipe Solano, nos cuenta en Los días de la fiebre (Temas de hoy, 2020) los tres primeros meses de afectación del virus de la Covid-19 en Corea del Sur. Desde la llegada de la primera persona infectada, una mujer de 35 años procedente de Wuhan, hasta en el momento en el que se instaura la “fantasía de la normalidad” en las vidas de los habitantes del país.

El libro es a un mismo tiempo un catálogo de actuaciones del gobierno coreano para frenar la pandemia y una crónica literaria en forma de diario (sin fechar, aunque acotado temporalmente) de la vida del escritor y su esposa. Aunque me resulta interesante la parte que enumera y describe las medidas que se tomaron en Corea del Sur para frenar el avance del virus, quiero centrarme en la parte más reflexiva y en la que Andrés Felipe Solano toma el virus como síntoma y metáfora.

Para comenzar, qué es un virus. Escribe Solano: “un virus es una partícula de incertidumbre que no se contenta con un huésped, quiere millones, ansía hermanarnos a todos en la fiebre, recordarnos que no hemos dominado nada, preguntarnos qué hemos hecho para que merezcamos sobrevivir”. Aquí la clave: la incertidumbre. Creo que es lo que más nos ha atenazado a todos estos últimos meses, vivamos donde vivamos.

Solano comparte con Jorge Carrión la idea (que éste expresa en Lo viral, Galaxia Gutenberg, 2020) de que el siglo XXI ha comenzado verdaderamente ahora, en Wuhan. Y es cierto que, como demuestra este libro y como todos, quien más quien menos, hemos sentido, se ha producido una notable desaceleración: del consumo, de las relaciones sociales y afectivas, de la actividad empresarial y, en última instancia, de la íntima y cercanísima relación (física) del hombre con las cosas del mundo.

Porque lo importante es que se abre un interrogante nuevo: “¿Este nuevo virus qué pregunta nos hace?”, escribe Solano. Nos ha dejado paralizados. Y en su confrontación… qué quiere decirnos.

La misma invisibilidad silenciosa del virus ha provocado que nos cuestionemos nuestra seguridad y la legitimidad de las relaciones y confrontaciones humanas. Porque, ahora… ¿dónde está el enemigo, quién es? ¿y nuestros amigos?

La covid-19 confronta al pueblo coreano y este responde con “autocontrol ciudadano, transparencia e información oportuna, pruebas masivas, rastreo y aislamiento de posibles infectados”. Estos son los nuevos cuatro elementos constituyentes de la vida, nos dice Solano, sustituyendo a fuego-aire-tierra-agua.

La vida se re-constituye, mientras todos hemos venido aguardando en casa, encerrados.

“El virus, como un gran imán, ha descompuesto todas las brújulas”, escribe Solano. Estamos todos sin norte, desorientados.

Y estamos cansados. Lo escribía hoy Llucia Ramis en La Vanguardia.

Y lo digo yo también, secundando las palabras de Andrés Felipe Solano, al decir que “es hora de empezar a convivir con lo que nos ha tocado”.

El problema es que, y lo dice también Solano, “es como si estuviéramos en un módulo espacial que se hubiera desprendido de la nave nodriza”.

Me parece que todos compartimos ahora mismo esa sensación de desajuste y zozobra. Sin saber muy bien cómo ni con quién comunicarnos, aunque con la certeza de que, de una u otra forma, conseguiremos llegar a entendernos, solo que -sospechamos- que habrá de ser con palabras nuevas y ambiguas. Y una nueva visión del mundo que, afortunadamente, aun no sabemos cuál es.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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