Ojitos pequeños

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Hace poco he llegado a la conclusión de que hay que desconfiar de las personas, políticas o no, de ojos demasiado pequeños. Creo que no son de fiar. Y en parte les echo la culpa a ellos, porque pienso que se les van achicando a lo largo de su trayectoria. Ejemplos: Paquirrín, Ignacio González y sobre todo, sobre todo, el exfactótum de Esperanza Aguirre Francisco Granados. Ahora que lo pienso, a Esperanza Aguirre también se le están achicando a velocidad de vértigo.

 

 

Hace poco he llegado a la conclusión de que hay que desconfiar de las personas, políticas o no, de ojos demasiado pequeños. Creo que no son de fiar. Y en parte les echo la culpa a ellos, porque pienso que se les van achicando a lo largo de su trayectoria. Ejemplos: Paquirrín, Ignacio González y sobre todo, sobre todo, el exfactótum de Esperanza Aguirre Francisco Granados. Ahora que lo pienso, a Esperanza Aguirre también se le están achicando a velocidad de vértigo.

 

En general lo que les pasa es que evitan mirar, no abren los ojos, se repliegan y, claro, se les van achicando o achinando que es casi lo mismo. Ellos creen que ponen un gesto pícaro; para mí denotan una merma progresiva de inteligencia, que se les vuelve como ratonil. El problema no es el tamaño original de sus ojos; conozco gente de ojos pequeños que los tienen bien abiertos. A ellos no se les están convirtiendo en dos rayitas jubilosas y brillantes.

 

De pronto me ha venido a la memoria la cara de Antonio (¿Manuel, Miguel?) Carmona, el candidato socialista a la alcaldía de Madrid, que tampoco va por el buen camino, y si no al tiempo. Seguiré investigando este tema político tan interesante, ya que la otra política da muchos disgustos y produce mucho sonrojo.

 

También colecciono disgustillos oyendo cómo hablan nuestros personajes públicos. El otro día, una periodista tertuliana dijo en la cadena Ser: “El decalaje de las elecciones hace muy complicado el panorama”. Ya no es que utilicen el inglés gap o el francés decalage en lugar de su equivalente castellano (brecha, desnivel, etcétera); en este caso es que además carece absolutamente de sentido usarlo en ese contexto, como si significara algo así como la sucesión o el encadenamiento, lo único que alcanzo a adivinar.

 

Otra cosa bastante atroz que oí, en las noticias de la radio, fue la frase “…el dinero extorsionado sumaba un total de…”; me sonó fatal, y hasta dudé, pensando que se admite decir, por ejemlo, “el dinero estafado”. Sin embargo, si atendemos al oído, la frase es brutal, precisamente porque la idea de extorsión es muy directamente personal; son las personas las que sufren en sus carnes este delito, no el dinero objeto logrado con ello. Es una opinión, claro.

Soy coruñesa con algo de portuguesa, recriada en Madrid. Como tengo tendencia a la dispersión, estudié Ciencias Políticas. Aparte de varios oficios de supervivencia, he sido socióloga, traductora, documentalista y, finalmente, editora y redactora en El País durante veinte años. En mi primer colegio de monjas tuve la suerte de aprender bien latín. Pasar de las monjas al instituto público Beatriz Galindo de Madrid, donde enseñaban Gerardo Diego, Manuel de Terán, Luis Gil…, fue definitivo para cambiar de fase. Creo que si falla el lenguaje, falla el pensamiento y falla la razón.