Olvido

0
652

 

Uno recuerda sus infancias pobladas y las tardes de sol en la playa como una gangrena ya lejana sembrando de cruces el olvido. No somos lo que fuimos ni lo que seremos. Si estamos o no hechos de pasado ha sido siempre históricamente un asunto estricto de Dios, necesitado de pruebas con las que fiscalizar el Juicio, y la literatura, que fabrica páginas del día en que la madre no subió a darle el beso de las buenas noches a Proust. La ciencia ahora trata de darle salida a los malos recuerdos experimentando fármacos amnésicos con ratones. Que hayan sido los científicos los primeros en probar con roedores y no los escritores ya da la medida del fracaso. Dios, y en su defecto la literatura rusa, siempre ha recurrido a la expiación como atajo para llegar al olvido, que a menudo es el karma. No se sabe si la ciencia ha reparado en dos cosas: la culpa y el camino, dicho esto por Vallejo: «Y madrugar, poeta, nómada, al crudísimo día de ser hombre». Tampoco en la nostalgia, recurso de suicidas impostados. En España la nostalgia se liga al franquismo, y a los franquistas en el contexto se les llamó «nostálgicos» hasta que hace años, en un momento para la Historia, un locutor narró fuera del Bernabéu una agresión de los ultras: «Vimos llegar a un grupo de melancólicos que comenzó a apedrear las lunas de nuestro coche».