On the road: rutas surafricanas pre y pospandemia

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Prepandemia: Suráfrica es un país tan colorista como la bandera que lo identifica, con costas llenas de furgonetas nómadas aparcadas por doquier a orillas de las carreteras que bordean el océano Índico y el Atlántico. Nada más llegar allí uno se entera enseguida (si no lo sabe ya) de que el navegante portugués Vasco de Gama fue de los pioneros que viajaron por estas costas hacia la India. En el medio de los dos océanos se halla la reserva natural del Cabo de Buena Esperanza.

Pospandemia: La vida del medio natural y de sus gentes se ha reconvertido en enfermedad alarmante y en casos de muertes diarias ya demasiado elevados, incluso después de la sorpresa de algunos al pensar que los decesos habían descendido drásticamente por causas desconocidas o misteriosas, asociadas a factores propios (hasta genéticos) de algunos grupos de población surafricana. A día de hoy, es el país más contagiado por coronavirus de África y el quinto del mundo.

 

Prepandemia: Lo primero que hice al llegar a Ciudad del Cabo (en tiempos de la reciente salida de Nelson Mandela de la presidencia), aparte de visitar sus calles de edificios coloniales y subirme en el teleférico que lleva a las alturas de la Table Mountain (o la montaña en forma de mesa) fue acercarme a Stellenbosch, situado a menos de 40 kilómetros de nuestro punto de partida y desde donde se accede, a través de las diferentes carreteras principales que la bordean, a todas las bodegas de la popular ruta del vino surafricana. Existen tantas que sería imposible recorrerlas todas en pocos días. En cada una se distingue en la entrada el logo que las enmarca dentro de la ruta oficial, lo que significa que en ellas se ofrecen visitas en su interior con degustación incluida. En Stellenbosch elegí la bodega Morgenhof, que tiene más de 300 años de historia, entre todas las que van apareciendo en la ruta de este paisaje tan de película.

Pospandemia: La película se rueda ahora en los hospitales. Uno de ellos es el hospital de campaña de Khayelitsha, en las afueras de Ciudad del Cabo, que de antiguo polideportivo ha pasado a ser un centro de emergencia sanitaria, según consta en National Geographic, y a día de hoy está saturado por casos de Covid-19.

 

Prepandemia: Con todo este espectáculo natural a nuestro alrededor me confundo y pienso que sin duda estoy en un sueño. Descubrí que este paisaje embriaga, y nunca mejor dicho, a todo aquel que lo pisa. Solo nos quedó ese día acercarnos a Franschhoek, localidad de herencia francesa y reconocida como capital culinaria de Suráfrica. Aquí los franceses elaboraron vino hace tres siglos y actualmente esta tradición continúa con los miembros pertenecientes a los Viñadores de Franschhoek, que son el grupo de bodegueros de esta zona. Visitamos allí Grande Provence Estate, donde después de probar toda clase de vinos de sabores y colores me decanté por el vino blanco Angels Tears, del cual me traje varias botellas. En su restaurante trabajó el chef Peter Tempelhoff (que luego años más tarde de mi visita fue reconocido como chef del año por el Sunday Times) y donde se come springbok (un tipo de antílope africano), claramente no apto hoy en día para veganos.

Pospandemia: Los surafricanos de pocos recursos si ahora se confinan no pueden salir a la calle a buscar el sustento diario y han descubierto que este virus afecta a todos y no solo a un grupo minoritario: blancos y negros, ricos y pobres. Ahora están expuestos a contagios en los hospitales a los que asisten por tratamientos para la tuberculosis y el VIH, prosigue National Geographic.

 

Prepandemia: Después de pasar unos días entre copas nos encontramos con la cara más silvestre y salvaje de Suráfrica, que es para mi asombro la de ver pingüinos cruzando la calle como civilizados peatones en la localidad costera de Simon’s Town, muy cerca de Ciudad del Cabo, o amables ballenas nadando libremente y realizando piruetas delante de mí por todo el litoral que lleva hacia la bahía de Mossel, en la llamada Garden Route. En esta ruta costera, llena de surferos y ballenas durmiendo a solamente un metro de la playa (o de las terrazas, si eres un backpacker pernoctando en alguno de los privilegiados hostels o bed&breakfast costeros), destacan lugares como Knysna, donde se celebran festivales como el gastronómico en el mes de septiembre, que combina la comida, la salud y la sostenibilidad, o desde el año 2009 la celebración del Festival literario, con eventos en los que todos los visitantes pueden participar.

Pospandemia: El país continúa cerrado de nuevo para los visitantes españoles. Tras la cuarentena impuesta por el Reino Unido a aquellos que entran procedentes de España, la reacción ha sido alarmante. Ahora mismo casi todo el continente africano está cerrado, además de muchos lugares de gran parte del planeta con fronteras infranqueables o medidas restrictivas para entrar.

 

Pre-pandemia: Y ya hacia el interior, los ansiados safaris, como nuestra visita al Parque Kruger y la estancia en uno de los lodges cercanos por los montes Drakensberg y el río Olifants, en plena naturaleza africana, regentado por mi amiga Simone y su hospitalaria familia, quienes me hicieron experimentar momentos tan distintos a los que estamos acostumbrados en Europa, con barbacoas y asados nocturnos (braaivleis o braais), mientras podían oírse los mágicos sonidos de los lejanos tam-tams de fondo.

(Los fragmentos prepandemia fueron publicadas anteriormente en un blog de viajes).

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