Otro día más

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Hay sitios que uno ni siquiera puede jamás imaginar. Lugares agrupados bajo una extraña sucesión de consonantes y vocales que nunca llegaste a concebir y así, cuando hace tan solo unos pocos años las ciudades que se colaban en tus sueños respondían a nombres tan sonoros y mágicos como Norilsk, Vorkuta, Magadan, Ugarit, Jiva, Mary… ahora, un día cualquiera, de repente, te sorprendes a ti mismo en medio de Mkalles. ¿Que qué coño es Mkalles? Una barriada decrépita, plagada de asfalto y almacenes a las afueras de Beirut. El escenario ideal de una matanza sectaria de poca monta, un mero apéndice a pie de página que ni se merecería una entrada en la Wikipedia. Una sinrazón, una broma del destino como soltar a un eslovaco en la Cañada Real o abandonar a un sueco en un poblado de chabolas de la M-30. Mkalles suena a nuevo virus descubierto por la OMS, a despojo humano, a nivel de radiactividad utilizado en Bielorrusia. Pero hay cosas incluso peores: yo me he quedado tirada en un desguace de Mkalles, en medio de una tormenta de mil rayos y truenos, personificando la más absoluta estupidez humana con mis sandalias de verano, mis vaqueros y mi jersey de color fucsia. Al fluir universal le resulto tan indiferente que nadie saldrá de entre los muros agujereados a intentar atracarme o a pegarme un tiro y otorgar cierta dignidad a los últimos párrafos de mi vida. La divinidad insistirá en que pasee mi jersey fucsia en medio de los adoquines apartados a los lados, la maleza descuidada, los coches cubiertos de mierda, los pantalones llenos de barro hasta la rodilla.

 

Por la mañana he estado leyendo la prensa. En el más puro ejercicio de masoquismo me encanta leer lo que comenta la gente en torno a las noticias relacionadas con Oriente Medio. Disfruto con los lectores que confunden el Trípoli de Libia con el Trípoli libanés, me causan ternura  los que, como en un buffet de comida mala, tanto les da un moro de Marruecos que uno de Iraq o de Siria. Todo es la misma mierda precocinada al fin y al cabo. Todos han participado en un conflicto armado, todo el mundo conoce la historia de la zona, todo quisqui es experto en algo. Todos son capaces de hacer crítica sin tener ni puta idea. Da igual que hable Netanyahu, que Hassan Nasrallah, que algún pelele libertario al que apoya Europa, que María Teresa Campos o la madre que nos parió a todos.

 

Pero mis preferidos, por motivos personales claro, son los que te ruegan encarecidamente que tengas cuidado, que te cuides, porque la crisis siria lleva extendiéndose al Líbano desde antes de que empezara la guerra, porque vivimos en un país plagado de peligros, amenazas, secuestros y luchas religiosas cuando aquí la gente la diña cruzando la calle un lunes al mediodía o porque se les disparó el fusil sin querer.

 

Sí señoras y señores. Beirut ya no es la Suiza de Oriente Medio, ni su casino de Jounieh rememorando años gloriosos, ni el fragor de ninguna de sus batallas, ni el  afilado ingenio de sus antepasados fenicios, ni sus 15 años de guerra civil, ni sus sanguinarios milicianos, ni la Falange de un Gemayel con sus gafas Ray-Ban, ni los palestinos jodiendo amablemente a sus anfitriones, ni los aguerridos combatientes de Hizbola soñando con retorcerle el pescuezo a un judío… Beirut, la mayor parte del tiempo, solo es un desguace de Mkalles, el olor a cloaca en una calle señorial, el cansancio, la renuncia en una noble postura, la constante falta de electricidad, la tarjeta de teléfono que se acaba cuando más lo necesitas, el taxi que no responde, el fango hasta las rodillas, la falta de aceras, el prójimo que pretende hacer negocio de tu desgracia y que una vez constatado que no eres una puta ucraniana te ofrece una carrera a la civilización por 20 dólares. Special Price for you, Habibi!