Otro encuentro con Philip Roth

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Había escuchado a lectores a quienes respeto bastante, y todos parecían contradecir la mala impresión que me dejó la pluma de Philip Roth después de la lectura de The Dying Animal. En esa novela, Roth garabateó situaciones y personajes cliché. Eran predecibles, planos, y antipáticos. Es difícil amar una novela si el personaje principal es inaguantable.

 

Pensé que jamás volvería a leer a Roth. Entonces entró en escena la casualidad: una mañana en que vagaba por la biblioteca pública de un pueblito en los suburbios de Nueva York, buscando un filme en DVD para matar unas horas,  vi que unas damas organizaban en la esquina de la sala principal un remate de libros: allí estaba aquella novela que varios amigos lectores habían calificado de notable: The Human Stain (La mancha humana fue su traducción al español) por Philip Roth. Una ganga: un libro por 50 centavos, edición de Vintage, sin rayas, sin marcas, sin notas, casi nuevo. Me puse a hojearlo, escéptico, apoyado contra uno de los libreros. Noté que la novela empieza con una cita de Sófocles: metí la mano en el bolsillo y pagué mis dos monedas.

 

Una mañana de junio entré en la vida del escritor Nathan Zuckerman y de su vecino, el catedrático Coleman Silk. La época histórica en la que se desarrolla la obra me era familiar: En el verano de 1998, Bill Clinton defendía su legado como presidente mientras sus opositores intentaban acabar con su carrera usando como evidencia unas manchas de semen. Pocos incidentes de la política interna de los Estados Unidos pasaron menos desapercibidos para la prensa internacional que las travesuras de Clinton con la practicante Mónica Lewinski. El profesor Coleman Silk, con sus 71 años bien llevados, también tiene una vida personal que podría ameritar las portadas de diarios sensacionalistas: fue un decano respetable en Athena College, una universidad en los Berkshires de Masachussetts; pero es acusado de racismo por dos estudiantes y la pesadilla de su condena entre la comunidad docente y estudiantil coincide con un ataque cardíaco que mata a su esposa. La sensación de haber sido traicionado por sus colegas hacen que Silk renuncie a su cátedra. Entonces, una serie de circunstancias lo acercan íntimamente a una empleada de limpieza analfabeta y mucho menor que él.

 

El escándalo de proporciones nacionales de Clinton, es emparentado en la novela con la reacción de la comunidad pueblerina de Athena College.  Silk también merecería esa banderola que Zuckerman dice que debería estar envuelta alrededor de la Casa Blanca de Bill Clinton: AQUI VIVE UN SER HUMANO.

 

Todas las acusaciones contra Silk merecen ser tomadas como ridículos prejuicios de una comunidad pacata. La relación con la empleada analfabeta se desenreda ante el lector como el último premio a Silk: la prueba fehaciente de que la virilidad siempre acompaña y guía al hombre de éxito, que la libido va de la mano con una vida digna, que los seres humanos a veces nos hemos olvidado–y hemos condendado–una gran virtud: ser capaces de vivir para el placer.

 

Silk es el personaje mejor elaborado de la novela. Su pasado–una intrincada combinación de problemas raciales–dotan a la novela de algunas de sus mejores escenas: el niño Coleman viviendo bajo la sombra de un padre que a pesar de la discriminación confía en una nación de oportunidades, apoyadas sobre la base de una educación estricta y clásica; el joven Silk llegando a Greenwich Village en Nueva York, aprendiendo a reinventarse como individuo, descubriendo que su personalidad atrae como moscas a mujeres de todo tipo y tamaño.

 

El otro personaje importante es una mujer: Faunia Farley, una blanca red neck a la que le han pasado todas las desgracias que los periódicos amarillos nos cuentan de la típica candidata a la silla eléctrica o al suicidio: su padrastro abusó de ella, convive con un desquiciado veterano de Vietnam que la maltrata física y sicológicamente; y se considera culpable de la muerte de sus dos pequeños hijos en un incendio, por haberlos descuidado mientras le practicaba una felación a un amante ocasional en la cabina de una camioneta. Un detalle adicional: Farley conversa con los cuervos. Es un truco viejo, pero a través de estas conversaciones Roth se explaya en describirnos el turbulento estado mental de su personaje.

 

El principal talento de Roth en esta novela es su prosa. Es muy cuidada. Las escenas son fluídas: viajamos al pasado con Coleman Silk, nos detenemos a contemplar los escenarios bucólicos de Masachussetts que describe Zuckerman. La sensación al leer esta historia era muy distinta a la de The Dying Animal.

 

El principal defecto de esta novela es la caricatura que hace Roth de sus personajes femeninos. Es como si el escritor hubiera decidido que Coleman Silk tiene que aparecer como una víctima y para demostrarlo destruye a los personajes que ridiculizaron a Silk. El caso más evidente es el de Delphine Roux, la francesita bella e inteligente pero insegura que llega a Athena College con los diplomas que en una universidad parisina la hubieran cubierto de gloria, pero que tropieza en Athena con la figura de Coleman Silk–un catedrático al que le importa un rábano lo políticamente correcto–a quien ella admira en secreto. Admira tanto, que mademoiselle Roux no tiene reparos en destruir a Silk cada vez que se lo permiten, para castigarse por desear sexualmente a su «demonio», y para poder avanzar en su carrera hacia la cumbre dacadémica.

 

¿Es una buena novela? Sí lo es. Los personajes femeninos son sacrificados –tal vez en aras de cierta teoría de Roth sobre el rol de algunas mujeres en el mundo académico. Creo que con más cariño, la profesora Roux podría haber sido una brillante enemiga de Coleman Silk; mucho más interesante que la patética mujer que se muerde las uñas en su despacho, dudando frente a una página en Internet para buscar parejas.  Incluso a Faunia Farley, por momentos solo la salva del convencionalismo la contraparte de su ex marido: Les Farley. Les y Faunia son dos cabezas del mismo estereotipo del norteamericano enfangado en una clase social de de la que no puede salir.  Estos personajes sirven muy bien en la trama, pero uno siente como si la belleza de la prosa de The Human Stain, tropezara de pronto con una historia policial muy banal que se pudo haber contado de otra manera menos bella.

 

En la historia de Coleman Silk, más que a Sófocles, Roth parece querer representar a un personaje de Faulkner: Christmas, el padre del hijo que lleva Lena Grove en su larga caminata por el sur de los Estados Unidos en Light in August. En otras escenas del libro, sobre todo en aquellas en que el joven Silk pasea con la imponente mujer Steena por Greenwich Village, me parece encontrarme con otro gran escritor judío-americano: Saúl Bellow. Le voy a dar crédito a Roth, porque las primeras doscientas páginas de la novela las leí con placer: si bien sus personajes no alcanzan la complejidad de los de Faulkner, su prosa es mejor que la Adventures de Augie March de Bellow.

 

Donde Roth sí es único, es en su descripción del placer como motivación. Coleman Silk representa hasta cierto punto la defensa de la virilidad, y de hombres que triunfan sin someter su vida a responsabilidades morales gratuitas, impuestas por convencionalismos.

 

En la novela The Human Stain también viven seres humanos. Con todos sus defectos.