¿Por qué no hay que reírse con la ultraderecha?

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El Día de la Constitución, durante los actos de celebración de su aniversario en el Congreso de los Diputados, Pablo Iglesias protagonizó unas comentadísimas imágenes en las que parecía mantener una animada y divertida conversación con Inés Arrimadas, de Ciudadanos, y con Iván Espinosa de los Monteros, de Vox.

Ante las críticas, que se centraron en él, el líder de Podemos escribió un tuit justificándose: “Esta nochebuena en muchas familias habrá votantes de UP, de partidos independentistas, de VOX, del PSOE o de cualquier otro. Igual que en las cenas de trabajo o de la clase de la facultad. Y hablarán y se reirán. Eso no es una falta de coherencia política, sino condición humana”. Incluía en su tuit varias fotografías en que conversaba animadamente con adversarios políticos como Mariano Rajoy y Oriol Junqueras, y otra en que aparecía Gabriel Rufián posando con un apoderado de Vox seguramente en un colegio electoral en alguna de las últimas fechas de comicios.

Pablo Iglesias cometió muchos errores, tanto en el Congreso de los Diputados riéndose con un ultraderechista, como después dando esas explicaciones.

Vayamos por partes.

¿Por qué es criticable esa conversación entre risas con Espinosa de los Monteros?

En primer lugar, porque ayuda al blanqueamiento de la extrema derecha al que están contribuyendo los partidos conservadores, apoyándose en ella para lograr el poder, y los medios de comunicación dándole pábulo sin cuestionarla o aceptando que hay debate sobre cuestiones respecto a las que no debería haberlo, es decir, comprando la agenda política que plantea en su beneficio. Y donde decimos “blanqueamiento”, podríamos decir también “haciendo aceptable”. O “normalizando”: la ultraderecha ha llegado para quedarse, es un adversario político más, con unos planteamientos perfectamente respetables. Así es la democracia: un mercado de ideas y el consumidor (el votante) siempre tiene la razón. Lo malo es que la democracia es tan magnánima que acepta en su seno ideas que la cuestionan y que pueden terminar acabando con ella.

Esa conversación entre risas humaniza a la ultraderecha. Ejerce la misma función que la entrevista de Santiago Abascal en El Hormiguero. “Pareces bueno”, le dijo Pablo Motos. “Es que soy bueno”, pudo contestarle Abascal. En las poderosísimas imágenes de Iglesias riéndose con Espinosa de los Monteros, éste no aparece sólo como bueno, sino como una persona divertida, cordial, estupenda, abierta, nada peligrosa, todo lo contrario de las ideas que defiende.

La entrevista y las risas compartidas son dos actos que disfrazan u ocultan los peligros de la ultraderecha, de cómo pueden llegar a germinar en forma de violencia sus manifestaciones verbales de odio, a una de cuyas expresiones hemos asistido esta misma semana: la granada que apareció en el centro de menores del distrito de Hortaleza, en Madrid. Por no hablar del hombre que irrumpió en la manifestación del 25-N contra la violencia machista cuchillo en mano.

La ultraderecha siembra odio, hace aflorar el preexistente que se mantenía agazapado, lo legitima una vez llega a las instituciones y consigue un altavoz más respetable, lo que a su vez la hace crecer, al contar con una visibilidad mayor. Hay que cortar esa espiral. La historia nos dice que es muy peligroso confiar en que una vez que ha llegado al Congreso de los Diputados se va a centrar y se va a moderar. Además, entre otras cosas, muchas de las personas de Vox ya han estado en las instituciones. Muchas vienen del PP. Y han abandonado esas siglas porque, a su juicio, son “la derechita cobarde”, unos blandengues.

¿Pierde credibilidad pedir un cordón sanitario contra Vox después de estas imágenes?, ¿desciende la fuerza de la voz de alarma que la izquierda ha lanzado por la emergencia de la ultraderecha en España? Es posible que sí. Estos acontecimientos pueden provocar que se baje la guardia sobre los riesgos que existen. Aunque hay que mantener la calma: la conciencia antifascista parece estar en buena forma, a la vista de las airadas reacciones de votantes de izquierdas a las risas de Iglesias con Espinosa de los Monteros.

¿Por qué el tuit agrava el error primero?

El tuit que escribe Pablo Iglesias para explicarse o para justificarse ahonda en su error previo. La normalización y el blanqueamiento de la ultraderecha va más allá porque la equipara a ERC o al Partido Popular de Mariano Rajoy. Lo que dice el líder de Podemos con las imágenes que ha escogido para su tuit es que, para él, Vox es un partido más, un adversario político más. Si tuvo una relación cordial con Mariano Rajoy y si se hizo una foto con Oriol Junqueras, ¿por qué no va a mantener una conversación divertida y distendida con Iván Espinosa de los Monteros?

Y, sí, tiene razón Pablo Iglesias en una cosa: todos tenemos a nuestro alrededor, en el trabajo y en la familia, personas con las que discrepamos políticamente. Y no por ello nos dejamos de hablar y estamos a la greña. Nos vamos de cena y de cañas con ellos. Nos reímos muchísimo. Pero existe una diferencia entre lo que hacemos los anónimos y lo que hacen los políticos, sobre todo en actos públicos: lo nuestro no lanza ningún mensaje, no tiene ninguna proyección. Lo que hacen los líderes de los partidos, sí: construyen la realidad, dan significa a lo que sucede, se toman como referencia.

Además, estas fechas, que propician encuentros y reencuentros, también favorecen conversaciones sobre política con familiares, amigos y compañeros de trabajo. ¿Con qué autoridad ahora se va a ejercer el antifascismo?, ¿cómo persuadir del peligro de ciertas ideas?, ¿cómo hacer ver que hay ciertos posicionamientos políticos que son inaceptables?

Dudas razonables

Se pueden tener todas estas cosas muy claras y, al mismo tiempo, albergar alguna duda. Es posible desear que la extrema derecha sea la apestada del Congreso de los Diputados, que ningún otro partido político quiera tener nada con ella, que todas las diputadas y los diputados actúen como Aitor Esteban y esquiven para no dar la mano a los miembros de Vox. Pero se puede, al mismo tiempo, plantearse si ello, al final, no acabaría favoreciéndole electoralmente. Si un discurso victimista no fortalecería sus opciones electorales a medio plazo.

Y también se pueden albergar dudas de otro tipo: si ver estas imágenes de adversarios políticos en animada y amigable conversación en realidad contribuye a bajar los encendidos ánimos en que se encuentra la sociedad; a desinflamar la tensión social; a reducir la polarización; a reconciliar.

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