Pactópolis

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El futuro inminente de "este país" (van a tener razón los podemitas, o a lo mejor es que ya me han convencido porque empiezo a adoptar sus términos, sus neologismos), se debate entre el pacto de Albert y Snchz y el work in progress de Pablo...

 

El futuro inminente de «este país» (van a tener razón los podemitas, o a lo mejor es que ya me han convencido porque empiezo a adoptar sus términos, sus neologismos), se debate entre el pacto de Albert y Snchz y el work in progress de Pablo. Es decir, entre un acuerdo que sirve para poco y la política globo sonda o de peluquería, donde, a partir de una frondosa melena guevarista, máximos guevaristas, los neostan (neo estalinistas), en realidad con más edad incluso que su compañero el juez Villarejo o que la alcaldesa Carmena (yo los veo como auténticos Dorians Grays cuyo máximo exponente, el rizo rizado, es Errejón, que quizá pidió su deseo de juventud eterna demasiado pronto, ¿cuántos años tendrá Errejón? ¿Y Pablo? ¿Y Monedero?, unos cien le calculo, grosso modo, a este último), pretenden rebajar el volumen capilar, democrático, a mínimos: un peinado marxista que no lo parezca (como la voz de Maestre) para hacer el Cambio de Progreso.

 

Desde el palco, Rajoy asiste a la ópera. El presidente en funciones se ha quedado en eso, alguien a quien observar, si se quiere, con prismáticos desde el patio de butacas. Yo le veo el frac, y luego en los intermedios departir con ancianas enjoyadas en pleno siglo XIX. Pero a pesar del color sepia no se le ve del todo la anacronía si se observa el ambiente fuera del teatro. «¡Basura, basura!», le decía al Primer Ministro Cameron (no a él sino a propósito de Europa) el alcalde de Londres, Boris Johnson, o la versión inglesa y trumpizada (de Trump) de los versos de José María Álvarez que hoy recuerda Luis Antonio de Villena en El Mundo: «Si miro fuera de mi mismo contemplo la destrucción de la belleza/de lo que fuimos moralmente/de la inteligencia y la capacidad de crear algo memorable (…)».

 

Dice Villena que eso es el desprecio por estos días mezquinos en que el mundo cambia para mal. El Mal existe, eso creo; pero que el mundo cambie no lo tengo tan claro cuando el mismo cambio es una zambullida (ligera e inocente y en pleno febrero) en algunos de los períodos más oscuros de la historia (mientras la alternativa es casi un juego de mesa, el Pactopoly de Snchz), desde la superficie, donde también se puede ver esperando a Mariano, como a Gustav Von Aschenbach, contemplar el mar veneciano sobre una playa de aires infectos y bajo una sombrilla de rayas.