Padece usted angustia digital

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“Abra la boca, saque la lengua y diga usted treintaytres”, le ordenó. Pero es que lo mío, doctor, respondió la mujer, no está en la garganta. Trago sin problemas. “Entonces será el vientre”, dijo el galeno, pulsando con dos dedos el abdomen. Tampoco. Lo que yo tengo es una angustia vital, un sinsentido, una depresión rampante. Y soy, o era, relativamente feliz, con una rutina en grado medio, vacaciones en agosto, un sueldo nifunifá, una vida anónima. “¿Entonces, qué le sucede? ¿cómo puedo ayudarla?”, se preguntó intrigado el médico de familia, paciencia de santo Job tras una mañana confesando abuelas con temblores. Pues lo que me sucede es que no paso de 50 amigos en el Facebook. “Usted lo que tiene, señorita, es angustia digital”, concluyó. Y sin mirar le recetó una desconexión del ADSL, tres copas en un bar, un polvo a las tantas y un hasta otra.

 

Me lo contó una amiga, como todo, en tercera persona. Y lo entendí, porque soy, como ella, de las que sufren añorando el mundo analógico en el que a los nombres de los conocidos asociabas olores y no nicknames. Pero esta nueva era es lo que tiene. Que nos ha trastocado hasta el catálogo de enfermedades. Y sin darnos posibilidad de automedicarnos, que es lo que más nos fastidia. Hay mujeres que tienen diez mil amigos virtuales, redes sociales siempre llenas, carteros pixelados que llaman más de dos veces cada día. Otras nos asomamos al ordenador sufriendo de antemano el síndrome del buzón vacío, del SMS que no llega, de que al otro lado no haya nadie dispuesto a calmar esta angustia inoculada por la Telefónica, los niños judíos bien de Harvard con narices de usureros y las luces rojas de las blackberrys que alumbran en las pesadillas como lo faro en mitad del naufragio.

 

Reconozco que no soy quién para hablar. Mi conducta siempre fue mala. No soy de las que encienden cirios en la iglesia del barrio y después se encienden con otros cirios en las ermitas del porno de la red. Mi conducta digital es la misma que tenía antes, hace años, cuando Internet era algo de lo que todos hablaban y a lo que nadie sabía conectarse. También mi reputación. Más de lo mismo. Quien me conoce en la vida real no puede esperar nada peor en la digital. Tengo amigas, y amigos, que no pueden decir lo mismo. Visten bragas de cuello vuelto cuando salen de noche, por si las moscas, por si los moscones, crucifijos al cuello, cinturones de castidad, aspiraciones de boda, niños y domingos de calvario y comida en familia, y en cambio en sus facebooks y twitteres se sueltan la lengua, hablan como presos recién licenciados y exhiben sus cuerpos en fotos que jamás hubiera querido ver.

 

Sentimos, y me incluyo, que no cuenta lo que haces cuando le das al intro. Eso es ficción, imaginación, un juego nada más. Pero somos nosotros los que aparecemos sonriendo en aquella fiesta, babeando en aquella boda, haciendo vete-tú-a-saber-cómo-se-llamaba-aquello en aquel otro lugar, tarde ya, sin saber que últimamente siempre hay una cámara dispuesta a taquigrafiar lo prohibido, a recordar lo recomendablemente olvidable. Y esa angustia. Este estrés. Cuando una cree que por tener un blog y vomitar dentro, sin salpicar los bordes, ya ha cerrado el círculo, ya tiene el carné del club, ya es una más, o una menos. Pero no es así. Falta algo. No es suficiente. Y como no salen las cuentas de amigos virtuales, de comentarios recibidos, vuelve una a la más triste infancia, cuando no era invitada a la fiesta de cumpleaños, cuando el resto de las niñas cerraban el corro y te dejaban fuera. Y entonces llegan los nervios, los sudores, el sinsentido. El vacío existencial-digital. La soledad, que una aprende a sobrellevar de bar en bar, en las esquinas de las noches, pero no bajo el cielo azulfacebook. Y mientras muchos ríen digitalmente, con ja-ja-ja, ji-ji-ji y juas-juas-juas, hay otras que lloran en silencio, maldiciendo la Blackberry siempre a oscuras, sin saber cómo se teclean las lágrimas virtuales y soñando con que un asteroide funda, al menos por dos noches, los servidores que han convertido este mundo tan duro, tan sucio y tan analógicamente sano en un corro digital con niñas que sólo dan la espalda.