Padre nuestro

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Tenía 19 años y esa noche no podía dormir. Era 1992. Caminé por el pasadizo hacia el baño. Entre los vidrios de la mampara que separaba el jardín interior del comedor de la casa, vi a mi padre trabajando. Serían las 4 de la mañana. Él estaba agachado sobre unos papeles, con la calculadora al costado. Revisaba números y anotaba. Así pasaba madrugada tras madrugada por esos años. Durante el día entregaba informes, iba en busca de clientes, intentaba cobrar. Tenía a dos de sus hijos en la universidad y sospecho que eso era complicado

Aquella imagen de mi padre me llenó de admiración.

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Nunca hablamos de sexo. En cierto momento ya no fue necesario y entonces,  cruzaba los dedos para que ni se le ocurriera. Eran los años del SIDA. El sexo estaba asociado a la enfermedad. La frustración adolescente convivía con el miedo de tenerlo. Mi madre en algún momento me dijo que usara condones. Y fue extraño. Tantas cosas que me dijo mi madre, que suplían la información que nunca vino del padre.

Supongo que habrá sido difícil, con su propio padre ausente.

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Íbamos en el auto hacia el Centro, a la estación de Ormeño. Era de noche, lloviznaba. Mis imágenes de Lima estan conectadas con luces blancas borrosas, carros avanzando con lentitud frente a las paredes rojas del hipódromo. Mi padre me dijo un consejo: «En la vida hay que evitar dar vueltas. Si quieres algo busca la ruta más corta, anda directo. Siempre es lo mejor.»

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Quise viajar a Brasil. Llegar en autobús hasta Río. Mi padre me dijo que nunca. Que ese país estaba lleno de transexuales sidosos. Después dijo que quería ir conmigo. Andaba peleado con mi madre. Dije que no.

Mi madre me dijo que si quería ir a Brasil que fuera. Luego lloró porque demoré casi un mes en llamarla.

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Cuando en diciembre del año 2000 llamé a Lima desde Nueva York, a punto de regresar, fue mi madre la que me dijo que sopesara mis opciones. Que tal vez tenía más sentido quedarme.

Creo que nunca supe, ni pregunté, lo que quería mi padre.

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Fue a visitarme en Nueva York. Ya por entonces mis hermanos lo habíamos bautizado El gordito. Como nunca entendió de cocina, era hermoso verlo dándole la vuelta en la sartén al primer bisteck que cocinó su vida. Sus primeros huevos fritos, su primer arroz.

Paseamos por Brooklyn, por Manhattan, fuimos al Met. Viajamos a Boston. Siguiendo mis direcciones El gordito fue y volvió de Washington DC, en un autobús que salió y llegó a Chinatown.

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Para dormir compartimos un futón que apenas entraba en mi cuarto de Dean Street. Se hizo amigo de Martín, el hermano del músico cordobés que vivía en mi casa: un pelucón, medio vago, que se hizo novio de la hija del manager de los Yankees (la dejó porque no la aguantaba, para desesperación de su hermano que estaba sufriendo la imposibilidad de conseguirse una residencia permanente).

Tomamos cerveza en McSorleys, el bar más antiguo de Nueva York. Éramos un grupo grande de amigos, todos veinteañeros (o en sus primeros 30s, como yo). Mi padre se sentó con nosotros y habló durante horas con un muchacho, un ingeniero ruso. Era hermoso verlos reírse juntos. Mi padre sólo hablaba en español y el chico en mal inglés. El ruso me dijo que mi padre era muy divertido. Nos fuimos a casa ya de madrugada, despúes de comernos dos pedazos de pizza en Bleeker Street.

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Mi padre siempre quiso comerse un hotdog de carretilla en Nueva York. Los veía en las películas y parecían deliciosos. Una vez en Lima lo escuché decirle a un amigo, un doctor de 90 años con el que jugaba tenis, que lo que más le había gustado de Nueva York era el Metropolitan Museum. Cuando yo empezaba a sonreir, sorprendido, mi padre añadió: «frente a las escaleras del museo venden unos hotdogs buenazos.»

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Yo había empezado a trabajar para un periodista de hockey. Le dije a mi padre que me esperara cerca de la Universidad de Columbia, que yo hacía unas asignaciones, un par de horas, y salía. Del trabajo me mandaron a dejar unos libros en el Distrito Financiero y él me acompañó. Esperé con los libros en la recepción de un edificio, hasta que un gordo enternado bajó a recogerlos. Al llevárselos me dejó en las manos, de propina, un billete de veinte dólares. Mi padre me dijo: «Acá hay mucho dinero».

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Mientras cruzábamos la bahía de Nueva York en el Ferry, regresando de Staten Island, mi padre miraba los edificios de Manhattan. Era un espectáculo imponente. Rompió el silencio y me dijo: «Yo pensé que eran más grandes».

 

 

 

 

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