Palabras como gritos

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A raíz del atentado contra el Charlie Hebdo leí que el actor Willy Toledo que parece estar siempre buscando un megáfono para esparcir sus opiniones urbi et orbi, decía que el vídeo donde se veía el asesinato del policía (musulmán) tras el ataque a la revista era “un burdo montaje”. Y a mayor abundamiento añadía, al parecer en sus cuentas en las redes sociales: “Paremos los planes del auténtico terrorismo internacional, el del Pentágono, la OTAN e Israel”.

 

A raíz del atentado contra el Charlie Hebdo leí que el actor Willy Toledo que parece estar siempre buscando un megáfono para esparcir sus opiniones urbi et orbi, decía que el vídeo donde se veía el asesinato del policía (musulmán) tras el ataque a la revista era “un burdo montaje”. Y a mayor abundamiento añadía, al parecer en sus cuentas en las redes sociales: “Paremos los planes del auténtico terrorismo internacional, el del Pentágono, la OTAN e Israel”. Como si no pudiera soportar que hubiera en el mundo más malos que los malos por antonomasia. Como si no hubiera crecido lo suficiente para poder vivir en medio de las contradicciones que forman parte de la vida.

 

Me recordó a la hija de una amiga, hace muchos años. Eda era, a sus siete u ocho años, muy fan de una cantante negra (¿Donna Summer, Whitney Houston?). Un día su madre aludió a ella de pasada: “…esa cantante negra que te gusta tanto”. Y Eda con los ojos arrasados en lágrimas le contestó: “¡No es negra, mamá, no es negra!”.  

 

Me recordó también a nuestros años 70, llenos de muertos, de manifestaciones, de terrores de ETA, de terrores ultra. Yo siempre quería que gritásemos Aquí estamos, nosotros no matamos, me parecía que era rotundo, que trazaba una línea nítida de separación; sin embargo otras muchas veces lo que gritábamos era Vosotros, fascistas, sois los terroristas. Siempre me perturbó ese grito; me hizo pensar. Había allí una verdad, pero no era toda la verdad. Porque no eran los únicos terroristas. Era como no querer mirar de frente el terrorismo de los que también –como nosotros se oponían a Franco y su dictadura, pero con medios atroces. Un mensaje implícito de una ambigüedad moral que me incomodaba.

 

Nosotros, formados en las aguas maniqueas y sectarias de aquel régimen, no teníamos todavía la altura cívica necesaria para trazar aquella línea, ni para vivir con la contradicción. Al fin y al cabo, lo mismo que le pasaba a la compungida Eda.   

Soy coruñesa con algo de portuguesa, recriada en Madrid. Como tengo tendencia a la dispersión, estudié Ciencias Políticas. Aparte de varios oficios de supervivencia, he sido socióloga, traductora, documentalista y, finalmente, editora y redactora en El País durante veinte años. En mi primer colegio de monjas tuve la suerte de aprender bien latín. Pasar de las monjas al instituto público Beatriz Galindo de Madrid, donde enseñaban Gerardo Diego, Manuel de Terán, Luis Gil…, fue definitivo para cambiar de fase. Creo que si falla el lenguaje, falla el pensamiento y falla la razón.