Pandemias (3): Cambio climático y salud infantil

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“La pandemia del coronavirus no constituía, en aquel momento, la única ni la más peligrosa amenaza para la humanidad”. Este podría ser el comienzo de una novela de ficción. O quizá, con algún cambio, de este artículo. Intentémoslo. “La pandemia de SARS-CoV-2 no es actualmente el mayor desafío para el futuro de nuestra sociedad”. Podría valer. Aunque siendo honestos, ambos inicios podrían funcionar para cualquiera de las opciones, tanto para una novela como para la entrada de un blog digital. Porque los límites entre la realidad y la ficción son más difusos de lo que parece. O más bien, de lo que nos gustaría.

En las fronteras de lo “real maravilloso” se mueve la literatura del escritor mozambiqueño Mia Couto, que hay quien relaciona con el movimiento literario del realismo mágico. En una de sus más importantes novelas, Tierra sonámbula, Couto desarrolla la trama en una atmósfera apocalíptica que sangra las heridas de una guerra civil que, en el libro y fuera de él, dejó a Mozambique mutilado. Pero en sus páginas también se entrevén los efectos de esa amenaza que sobrevuela a la de la COVID-19. Porque sus personajes no solo sufren los efectos de la contienda sino de diversos desastres naturales tales como sequías e inundaciones, que se alternan con naturalidad en una especie de ruleta azarosa y caprichosa. La de Couto es esa literatura que guarda algo de visionaria y en sus páginas se entremezclan fotogramas del pasado con premoniciones futuras. Tiempo después de la publicación de esta novela, el ciclón Leon-Eline destrozaría una parte de Mozambique, provocando la muerte de incontables personas. Y solo hace dos años, como si de una profecía cíclica se tratase, el ciclón Idai volvía a dejar el país devastado con centenares de muertos, miles de desplazados y un daño económico incalculable. Pero, ¿qué tienen que ver los ciclones en Mozambique con esa grave amenaza al futuro de la humanidad? ¿Y con el de una niña de quince años de Madagascar?

En su libro de crónicas titulado Indestructibles, el periodista y escritor catalán Xavier Aldekoa retrata la vida de diferentes niños y niñas a lo largo y ancho del continente africano, desde Cabo Verde hasta Madagascar, pasando, entre otros lugares, por Senegal, Etiopía o Sudáfrica. Sus historias fotografían las victorias y derrotas de niños y niñas que cada día luchan por una existencia mejor en circunstancias comprometidas de violencia, pobreza o indefensión. A diferencia de Couto, la literatura de Aldekoa tiene los pies, pero también los ojos y los oídos, clavados en el entorno palpable que le rodea. Con un estilo sencillo, pero compacto y decidido, va dibujando la mirada de quien tiene enfrente. Como la de Marcelin Razanantsoa, una niña malgache que, según se nos cuenta en Demasiado lejos, el primer capítulo del libro, ansía convertirse, a pesar de los obstáculos, en profesora. Para ello, además de trabajar incansablemente para toda su familia, tiene que desplazarse diariamente varios kilómetros para llegar a la escuela. Pero los efectos de las lluvias y las aguas torrenciales hacen que se le haga cada vez más difícil: “Cada día el trayecto al colegio duraba más. Si había tormenta y el río crecía, ni siquiera podría avanzar y debía regresar a casa”. El complicado futuro de Marcelin es similar al de muchos niños y niñas del continente con la población más joven del planeta y donde nacen mayor número de ellos. Y será aún más complicado porque los efectos del cambio climático afectarán fundamentalmente a las generaciones futuras, aquellas que hoy todavía están llegando al mundo.

– Ejemplares de Terra Sonâmbula de la Editorial Caminho (en español, Alfaguara ha editado tanto este como otros libros del autor) y de Indestructibles de la Editorial Península.

El cambio climático es, más allá de la pandemia de coronavirus, la mayor y más inminente amenaza para la humanidad. Esto es lo que creen y afirman, entre otros, Sara Ajanovic Andelic, pediatra e investigadora especializada en salud global y en enfermedades infecciosas pediátricas, con experiencia en países como Bangladesh o Mozambique, donde coincidí trabajando a su lado. Y conociendo su apasionado y determinado carácter no hubiera vacilado en el comienzo de este texto. Tampoco en la realidad de una situación en la que tiempo apremia: “Necesitamos tomar medidas urgentes para paliar los efectos del cambio climático en la salud infantil”. Se calcula que la temperatura media del planeta ha aumentado en 1.2ºC desde la era preindustrial. Y se espera que, a este ritmo, haya un aumento de hasta 4ºC en el año 2100. El problema es que la vida en la tierra solo por encima de otros 2ºC será difícilmente llevadera para la mayor parte de la población mundial.

La situación es, además de urgente, injusta. Por muchas razones, pero entre otras, porque el cambio climático afectará con mayor contundencia a quien menos contribuye a generar sus efectos negativos: “A nivel colectivo, los países con menos recursos son los que menos responsabilidad tienen sobre la emisión de gases de efecto invernadero, mientras que serán los primeros y los que más padezcan sus consecuencias. Pero es que, dentro de cada país, los más vulnerables son de nuevo los que menos daño generan (puesto que no diseñan la economía, ni dirigen el consumo) y en cambio serán los más azotados por los efectos de la crisis climática. Los niños son el caso más extremo de esas desigualdades”. Porque sus acciones son fruto, no tanto de una decisión individual y aislada, sino de lo que se dicte de manera colectiva, y los niños y niñas pobres (aún más los que viven en países empobrecidos) serán los que más caro lo paguen. De este modo, puede decirse, como afirma el pensador y ecologista indio Sharad Lele que “el cambio climático es simultáneamente una cuestión de sostenibilidad medioambiental y de justicia medioambiental”.

Foto: niños paseando por la playa de Bilene (Mozambique), a orillas del océano Índico (Fuente: Sara Ajanovic Andelic)

Durante los años que trabajamos en Mozambique vimos algunos de las consecuencias derivadas de las sequías, inundaciones o temperaturas extremas, que muchas veces coincidían en el tiempo en distintas zonas del país o, por otro lado, se alternaban en un mismo lugar. Para ilustrar el impacto de las desigualdades derivadas del cambio climático, Ajanovic utiliza el ejemplo de una supuesta ola de calor: “Si ocurre en un país como España, las personas con más recursos podrán seguir haciendo vida relativamente normal, puesto que en sus casas tendrán sistema de climatización, dispondrán de medios de transporte asimismo climatizados, y sus puestos de trabajo o escuelas también estarán preparadas para amortiguar sus efectos. Pero los niños que vivan en familias pobres probablemente padezcan las olas de calor en sus casas y de camino al colegio (padeciendo, por ejemplo, deshidratación). Sus cuidadores adultos, si trabajan a la intemperie, pueden enfermar y dejar de estar disponibles para cuidar a los niños y niñas, y estar en riesgo de perder sus empleos, cosa que por extensión padecerán los más pequeños”. Trasladando esa situación a un país del África subsahariana como Mozambique, podemos intuir que esa situación tendrá consecuencias muy diferentes y más duras, en una región que, como dice Ryszard Kapuściński, “se mueve andando”, y a lo que Ajanovic añade que “se vive, se trabaja, se cura y se escolariza andando”.

En ese contexto concreto, las secuelas de esa ola de calor sobre una familia del continente serán tanto directas como indirectas: “dañará las cosechas de las que la familia vive a diario, por lo que todas las personas pasarán hambre. Además, el acceso a agua saneada, a la que muchas veces también se llega a pie, se verá limitado, en un círculo vicioso que empeorará porque se propiciarán enfermedades como las diarreas (por el consumo del agua disponible con mayor riesgo de estar contaminada por bacterias o parásitos). Los cuadros diarreicos, a su vez, empeorarán su pronóstico al no poder corregir la deshidratación por falta de agua potable. Asimismo, la capacidad de estas personas para acudir a un centro de salud, una vez más andando, será aún peor que la ya es habitualmente si se está a 45-50ºC ambientales, haciendo que todas las enfermedades – derivadas o no de la ola de calor – no se traten de la forma adecuada.” Igualmente, “los adultos que trabajen a la intemperie verán dificultadas o interrumpidas sus tareas, ya sea en las tierras de las que salen sus alimentos, como en trabajos que aportan el poco dinero que sustenta a la familia. Por último, los niños en edad escolar tendrán muy complicado llegar a la escuela y una vez allí, les esperará una construcción poco acondicionada para resistir el calor, con lo que estudiar será una hazaña aún más heroica de lo que ya lo es cada día.”

Foto: mujer acarreando agua en Manhiça (Mozambique) (Fuente: Sara Ajanovic Andelic)

Los efectos del cambio climático también provocarán que muchos de los logros obtenidos en materia de salud infantil se vean amenazados. Un ejemplo sería la expansión en las coberturas vacunales que, en cualquiera de las situaciones antes citadas, podrían disminuir y desembocar en un repunte de enfermedades infecciosas y con ello en un aumento asociado de la mortalidad infantil. En los últimos tres décadas se ha conseguido disminuir las cifras globales de muertes en la infancia a la mitad, gracias al trabajo titánico de muchos países e instituciones, pero esto podría volver a cambiar y podríamos ver como dichos éxitos se revierten. Todo esto se potenciará en un entramado en el que el poder adquisitivo de las familias se verá afectado de tal manera que se calcula que hasta un tercio de la población humanidad se verá condenada a la pobreza extrema a causa de la crisis del clima. Sara Ajanovic se muestra contundente a este respecto: “Todos tenemos una parte de responsabilidad en frenar el cambio climático, pero viendo cómo de injusto es este, me parece que lo ético sería exigirnos a los adultos, sobre todo a los que vivimos en países ricos, y aún más a los que tienen poder dentro de estos países ricos, tomar el liderazgo para frenar drástica e inmediatamente la emisión de gases invernaderos, para evitar que no lo paguen, principalmente y una vez más, los más vulnerables”.

Es pronto para entender las posibles relaciones entre el cambio climático y la pandemia de coronavirus, pero quizá, algunos efectos derivados de la reducción de la movilidad o del parón industrial puedan darnos ciertas pistas para el futuro. En cualquier caso, no podemos esperar a que la pandemia finalice para traer de nuevo a primera línea del debate público la crisis climática y su impacto en la salud infantil. Si no queremos habitar en una tierra sonámbula en la que los niños y niñas dejen de ser intocables y paguen una cuenta que no les toca deberíamos actuar, tanto a nivel individual como colectivo, con responsabilidad y sin más demora.

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Rosauro Varo
Rosauro Varo Cobos, cordobés nacido en 1982, es pediatra, investigador y cooperante. Ha ejercido en países como India, Perú, Costa Rica, Sudáfrica, Malawi, República Centroafricana o Mozambique. En su ciudad, fue cofundador de la revista literaria Café con Letras y de las tertulias del mismo nombre. Ha colaborado con diferentes medios de comunicación locales y nacionales. Ha publicado un libro de cuentos titulado El embudo (Andrómina, 2014) y una novela: Plagio (Ediciones en Huida, 2018).

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