¡Papito vuelve! Centroamérica cuenta

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Se fue. Sin decir nada. Siquiera dejó un billete, una frase cualquiera, una cual que fuera explicación. Cerró la puerta de rojo granate y los hombros bronceados tomaron otro rumbo, a mí desconocido.

Todos hemos tenido algún tipo de experiencia más o menos anecdótica con los trabajadores mano de obra, que con puntualidad circunspecta vuelven a arreglar algún fallo, un calentador que no calienta, un telefonillo que no suena, una luz que no se enciende o, en mi caso, las antiguas paredes del edificio que ya no quieren sustentar. Pues bien, yo cada mañana me despertaba con la voz inolvidable de mi obrero, que en la calle de abajo empezaba a hacer sus llamadas de trabajo para pedir piezas de recambio –o qué sé yo– a proveedores ajetreados. E inevitablemente la llamada tenía su comienzo con el inconfundible: “Oye papito, ¿qué tal? Papi ¿me haces un favorcito?”.

Me encantaba. Qué quieren que les diga. Me despertaba feliz. El grupo de obreros que estuvieron antes eran diferentes, el jefazo solía llamarte siempre papi o papito es verdad, y aunque era europeo se había identificado plenamente con la cultura de sus colegas colombianos y mexicanos –encomiable, por cierto–. Pero era un hombre tan grande y fuerte, que siempre que me lo cruzaba por el pasillo me daba un miedo terrible, tenía además una vena del cuello constantemente hinchada, que empezaba a pulsar con una frecuencia peligrosamente cerca del infarto al miocardio por cualquier imprevisto. No. Mi obrero era muy diferente.

Lamentablemente, mi venezolano marido es demasiado internacional y burgués para dejarse llevar por tales efusiones caribeñas. Pero hasta donde sé, el término papi podría ser utilizado en la forma diminutiva papito o incluso hay quienes prefieren el cariñoso papaíto. Pero eso depende de los gustos, aquí no juzgamos a nadie.

Una advertencia importante para los caribeños desplazados en Europa, sobre todo para mis amigos venezolanos: si deja de suscitarles embarazo utilizar en público el verbo coger, o si en vez de decir chévere o fino o arrecho, empieza a salir de su boca qué guay, tío o qué chulo, tronco. Ojo. Porque puede que hayan contraído el germen de la europeización. Dicen que no es tan grave, que es un proceso muy lento en el que la enfermedad no se manifiesta sino después de unas décadas. Pero ojo, porque es irreversible. ¿Oyeron?

Si luego empiezan a olvidar la brecha temporal, imprescindible para seguir con vida, entre los siguientes términos: ahora, ahorita y ahoritita. Pues, mis panas, no se asusten, no cometan imprudencias –por el amor de Dios, que luego se van a arrepentir– pero les tengo que decir que la enfermedad ya puede que esté en estado bastante avanzado.

En ese caso, solo hay unas cuantas soluciones. Vayan inmediatamente, ¿me oyen?: corran sin ni siquiera perder el tiempo a platicar con su familia. Vayan cuanto antes a ver una exposición de Francisco Toledo, o a escuchar un concierto de Silvio Rodríguez, o a leer un buen libro de Lorel Manzano o de Juan Carlos Chirinos, lo que quieran. Los expertos dicen que el aire cultural latinoamericano tiene buenos efectos sobre la salud, incluso hay estudios innovadores que recomiendan al menos una dosis a la semana para ralentizar el complejo proceso de esta enfermedad.

Yo les recomiendo el nuevo largometraje de Jayro Bustamante, La Llorona (2019), que cierra el Festival Centroamérica Cuenta.

Dónde: Casa de América, Madrid

Cuándo: el 17 de septiembre

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