Paquito es Papa

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Mi madre destruyó una alfombra de flores para saludar al Papa.

 

Era febrero de 1985, en Lima. El hermano de mi papá iba a ser ordenado sacerdote por Juan Pablo II y nosotros, como familia directa, íbamos a ver la ceremonia a muy poca distancia: mis abuelos besándole la mano al Papa peregrino y mi tío Ricardo, el ex profesor, el jesuita renegón criado en Chile (la primera persona a quien escuché decir mierda carajo y cojudo en una sola oración), agachando la cabeza y recibiendo la bendición papal.

 

Terminada la ceremonia ante dos millones de personas en el hipódromo de Monterrico, al Papa se le ocurrió bajar del estrado por una escalera lateral. Mi madre, famosa por sus reacciones aceleradas de tenista, empezó a correr hacia él, arruinando la hermosa alfombra de flores amarillas, cremas y rojas que anunciaba «Totus Tuus». El Papa la vio y la saludó, detrás del vidrio, apenas se sentó en el interior de su Papamóvil blindado. Mis hermanos, mi padre y yo corríamos detrás de mi madre, pisoteamos nuestra cuota de flores, pero apenas si pudimos distinguir su mano, dentro del auto, diciéndonos adiós.

 

Como millones de peruanos, seguí los cinco días de gira de Juan Pablo II, lo escuché en perfecto castellano y en quechua, decír que se sentía «cholo y charapa» según hablara en la sierra o en la selva. En Ayacucho, epicentro de la violencia de Sendero Luminoso lo escuché gritar «¡Cambiad de camino!» instando a los oídos sordos que siguieron en lo suyo, abocados en su revolución.

 

Karol Wojtyla, Juan Pablo II para los creyentes, debe ser el polaco que yo he querido más. Al que más he odiado se llamó Grzegorz Lato y era la figura de la selección que apabulló 5-1 a Perú en el estadio de Riazor, allá por 1982.

 

Esta tarde reciente en que el humo blanco del Vaticano anunció la llegada de Francisco I, el nuevo Papa, me encontraba participando de un ronda de preguntas después del filme Harvest of Empire. Sumergido en los datos sobre revoluciones en América del Centro, entreteniendo en qué podría utilizar esos datos, no creí que sucediera nada distinto aquella apagada tarde en Newyópolis. Hasta que apareció una mano entre el público para pedir una opinión acerca del nuevo pontífice argentino.

 

Antes de escribir esta nota he recibido el New York Times. En portada, se ve la fotografía de un grupo de mujeres en Buenos Aires. Unas se abrazan y otra abre la boca y levanta los ojos al cielo, extasiada. Es una imagen que, al menos yo, relaciono con aquellas dos veces en que Argentina ha ganado el mundial de fútbol.

 

Yo no sabía cuánto me importaba la elección de un Papa hasta que me he sentado a escribir esta entrada. Soy católico. Mis muchas dudas, al parecer, no han arruinado del todo mi fe.

 

No espero milagros. Como ironizaba en su Facebook el poeta Irigoyen, tampoco podemos ser tan ilusos de esperar un Papa «que apruebe el matrimonio gay, los preservativos, las mujeres sacerdotes y termine misa bailando el Gangnam Style«. La iglesia católica es una institución muy retrógrada. Los cambios proclamados por el Concilio Vaticano II fueron cocinándose durante poco más de un siglo, así que la tolerancia de la iglesia hacia el sexo –aborto, homosexualidad, control de la natalidad– va a demorar, espero equivocarme, algunos Papas más.


Sin embargo, un buen aliado en Roma nos puede ayudar a enfocar la riqueza y el progreso de ciertas democracias del continente a solucionar problemas urgentes: la falta de educación, la desigualdad económica, la marginalidad y el olvido.


Ahora que se fue Chávez, un Papa jesuita y latinoamericano puede ayudarnos a movernos del discurso ridículo hacia una acción concertada para desarrollar un plan social que nos haga sentir, no sé si más cercanos a Dios, pero sí mejores seres humanos.