Para todos la filosofía (6): «imperativo categórico»

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Lo que Kant descubre es que todos los imperativos morales que tienen una forma categórica, en realidad no son categóricos sino que están condicionados, son hipotéticos.

 

La sexta sección de la serie “Para todos la filosofía”, en Para todos la 2, ha sido “Imperativo categórico” (retransmitida el 26/11/2014).

 

 

“Imperativo categórico” no es quizá una expresión muy utilizada, pero, si la oímos o la leemos, entendemos que se trata de una orden categórica, que no admite réplica.

 

Cuando educamos a nuestros hijos, les decimos, les repetimos, ciertas órdenes, ciertos imperativos. Y lo decimos bastante categóricamente. Les decimos “lávate los dientes” o “haz los deberes”. Y también cómo comportarse, por ejemplo “piensa antes de hacer las cosas”, “no te fíes de todo lo que oyes”, “ayuda a tus compañeros”.

 

Lo que Kant descubre es que todos los imperativos morales que tienen una forma categórica, en realidad no son categóricos sino que están condicionados, son hipotéticos. Por ejemplo, pensemos en lo que pasa si un niño o niña como Mafalda nos pregunta por qué tiene que tomarse la sopa que tan categóricamente le hemos dicho que se coma. Y le contestamos que tiene que hacerlo porque así se hará mayor, crecerá. Mafalda nos replicará inmediatamente que ella no tiene ninguna intención de hacerse mayor, y se nos habrán acabado los argumentos.

 

Eso mismo es lo que pasa con todos los imperativos morales, que todos ellos están sujetos a una condición. “Ayuda a los demás, si quieres tener amigos”, “no robes objetos que no te pertenecen, si no quieres que te castiguen”, “no mientas, si quieres que la gente se fie de ti”, etc. Basta con negar la hipótesis, y el imperativo deja de ser categórico, deja de tener valor.

 

Kant dice que existe, sin embargo, un imperativo, uno sólo, que es categórico y que representa para los humanos la ley moral. Obedecerlo nos hace seres morales. Y no hay que enseñarlo desde fuera, sino que hay que enseñar a encontrarlo en nosotros mismos. Kant afirma que las dos cosas que más admiración le causan en el mundo son el cielo estrellado por encima de nosotros y la ley moral dentro de nosotros.

 

Su formulación es esta: “Actúa de tal manera que desees al mismo tiempo que la máxima de tu acción se convierta en ley universal”, “actúa como legislador universal”, “actúa queriendo al mismo tiempo que todo el mundo, en esas mismas circunstancias, hiciera eso mismo”. No está condicionado, no es hipotético, no puede rebatirse. Si uno dice que cuando roba una bicicleta, quiere al mismo tiempo legislar universalmente que hay que robar bicicletas, estaría aceptando que, a su vez, puede ser víctima de un robo, lo que evidentemente no asumirá.

 

El imperativo categórico es un ideal, en el sentido de que los humanos no lo aplican constantemente. Pero lo podemos encontrar en nuestras cabezas, es lo que nos permite juzgar nuestras propias acciones y las de los demás, es un principio moral al que atenerse.

 

Lo que deberíamos enseñar a nuestros hijos, a nuestros jóvenes es a reflexionar, a encontrarse consigo mismos, en el silencio y en la soledad, con la certeza, según Kant, de que ahí, dentro de sí mismos, encontrarán ese principio, ese imperativo categórico que les indicará lo que está bien y lo que está mal.

Maite Larrauri es escritora y profesora jubilada. En FronteraD, donde mantiene el blog Filosofía para profanos. Libros de fronterad ha editado (con dibujos de Max) ocho libros: El deseo según Gilles Deleuze, La creación según Henri Bergson, La felicidad según Spinoza, La creación según Henri Bergson, La libertad según Hannah Arendt, La amistad según Epicuro, La guerra según Simone Weil, La educación según John Dewey y La potencia según Nietzsche, distribuidos por Librerantes. Este artículo inaugura una nueva serie de reseñas que aparecerán en su blog con el título Para leer el mundo.