Para una (casi) teoría del minikiwi

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A veces pienso que el amor es ceder espacio al arquetipo. Me sucedió esta tarde, en un lugar tan improbable como el Ametller. Comprando minikiwies.

Ella iba con una niña. Yo marchaba también con una niña (la mía, no una cualquiera). La niña con la que ella marchaba no parecía su hija, pero, por edad, podría o acaso debería serlo. La mía… espero que sí, que se note que es mía; claro. Yo creo que sí.

Ella adusta como una farola insomne. La niña que iba con ella (¿su hija?) a cierta distancia, sin mostrar la menor emoción. Parecían dos seres obligados a convivir.

Por nuestra parte, #hijita et moi, pues a lo de siempre: abrazos, juegos, correteos, chistes, etc entretanto he estado saludando a alguna otra madre del cole; no con desidia, pero sí dejando que la conversación languideciera. Y allí estábamos con las moras, los minikiwies, una bolsa de limones para hacer limonada y el amor que se presenta a las 16:43 de la tarde. No son horas.

De cualquier forma casi me olvidé y seguimos a lo nuestro, que es disfrutar de nuestra compañía y nuestros chistes (#hijita et moi); hasta que nos fuimos a la caja. Y allí estaba: el arquetipo, ensanchándose en toda su plenitud. Y noté un cosquilleo, ya saben: lo de siempre. Pero pensé: ya te conozco. Quizá no a ti personalmente, pero sí esas zapatillas (de ese color y esa marca), esos vaqueros ajustados (de ese color y que dan esa forma a tu cuerpo), el sweater negro (blablablá), tu cabello con ese corte que se nota que te hiciste tú misma… etc.

Incluso los ojos.

Y entonces te escuché a ti (o a Rubén Darío, qué más da) con tu palabra cortante y fría y que caía como un hacha. Esa voz que me sonó a hierro. Y no por ti, ni por tu tono ni tu timbre, sino porque esa voz que son muchas voces, pero en el fondo muy poquitas, ya la conozco, pensé.

Y no me va bien.

No hoy, casi a las cinco de la tarde de un martes cualquiera, sino de continuo.

Pensé en el re-conocimiento y en los minikiwis, a los que he sabido que también llaman kiwiños, kiwiberries o babykiwies. Me metí uno en la boca (caben de una sola vez) y mientras caminábamos, como siempre, saltimbanqueando, me dije que, al fin, el amor también se nos revela en ocasiones como una suerte de automatismo.

Y luego ya me puse a fumar y a pensar en otras cosas.

Entonces pensé que un minikiwi, en realidad, tampoco se parece tanto a un kiwi.

De cualquier forma, nunca me han gustado los kiwis, así que qué más da.

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José de Montfort (Castellón, 1977) es graduado en Estudios Ingleses por la Universidad de Barcelona, así como diplomado en Literatura Creativa por la Escuela TAI-Madrid. Es miembro de la AECL (Asociación Española de Críticos Literarios) y autor del libro de relatos Fin de fiestas (Suburbano, 2014). Escribe sobre arte, cultura y tendencias en The Objective, Canibaal, Mondo Sonoro y Ruta 66, entre otras.

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