Parar ese sonido

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Últimamente el sonreír de los políticos le afecta a uno como el chirriar de la tiza en la pizarra que ejercitaba con saña un agradable profesor de su infancia.

 

Últimamente el sonreír de los políticos le afecta a uno como el chirriar de la tiza en la pizarra que ejercitaba con saña un agradable profesor de su infancia. Por eso ha llegado Pablemos con su, como dice Jorge Bustos, “cofradía del ceño fruncido”. A uno, en todo caso, le gusta el sonreír de los médicos y de los funcionarios, tan bienvenido. En España ese gesto (la sonrisa) alcanzó cotas de dictadura con Zapatero, a quien se imagina entrenándolo enchufado de cables en un sótano oscuro y monitorizado de Ferraz como Iván Drago antes de pelear con Rocky al grito de ¡No hay dolor, no hay dolor…!”, mientras Sonsoles asiente dura e imperturbable a lo Brigitte Nielsen. Antes Aznar fue todo lo contrario, saliendo a gobernar cada día con la expresión del ruso subiéndose al ring. Esto molaba menos pero parece más profesional, aunque la política, por principio, no debería nutrirse ni de ceños ni de los dientes de la Pantoja. Puede que el mayor problema de la sobreactuación sea la sobreexposición, aunque algunos no se cansen nunca. Esto ya debe de ser vicio. Todo campeón tiene su ocaso, y en España se ha pasado de la risa al llanto primero por tontería y después por vicio. Aunque esto tampoco es tan raro. Un amigo brasileño le cuenta a uno que su país sigue literalmente la senda de esta patria, todos contentos con sus casas y sus coches y su fútbol a cuestas hacia el precipicio. Quizá el actual paladín mundial de la sonrisa es Obama, quien no sólo sonríe sino que canta, baila y arenga a la mínima ocasión (¡como Chávez!), y del que se recuerda cuando pasó unos días por Palestina como si anduviera por Harlem. La risa es como la democracia que de tan (mal) usada se pervierte. Pero a uno lo que le ocurre debe de ser el trauma de la tiza, la grima; y es que cada vez que Barack enseña los dientes se le viene también a la memoria bailando con su Michelle para regocijo de sus demócratas, como si detrás del escenario les tuviesen preparada la cama, o imitando a Barry White como si todo estuviera dirigido a lo mismo. Pablemos ha irrumpido para parar ese sonido y que quienes rían sean todos los demás como por ejemplo Cintora, que no cabe en sí de gozo cada mañana. Pablemos es el mártir de la risa, el nuevo paladín con sus contramedidas (o sus medidas contradicciones), porque un político no debería retirarse por agotar legislaturas sino por agotar sonrisas (¡la casta sonríe!), que deberían estar tan mal vistas como los ruidos, por lo menos a ciertas horas.