Parque tomado

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Un parque es un lugar peligroso invadido por un ansia de avanzar, de devorar distancias. Ni hablar de la quietud de los viejos jardines. Ni el engañar al hambre de Hemingway en los de Luxemburgo, ni el pasear pesimista de Baroja en El Retiro...

 

Uno ha cometido el error de sentarse en un parque. Ha encontrado un banco a la sombra, ha abierto su libro, se ha encendido un pitillo antes de comenzar a leer y casi en ese momento se ha dado cuenta de su equivocación. Podría haber ido a sentarse en medio de la calzada de la Gran Vía y haberse encontrado más seguro. Los parques ya no son lugares de asueto ni de naturaleza robada. El parque no es el campo. Ni siquiera se le parece. La gente corre por el parque sin cesar, como cientos de Forrest Gump enloquecidos. Individuos solitarios, dúos, tríos, grupos reducidos, grupos numerosos y hasta manadas. Y si no, monta en bicicleta. Y levanta polvo. Y hace ruido. Corren y hablan al mismo tiempo, y uno tiene una sensación similar a la que tenían Butch Cassidy y Sundance Kid viendo la nube permanente en el horizonte de sus perseguidores. Uno estaba sentado pero le perseguían el juez implacable y el explorador indio mientras se preguntaba cómo era posible. El pitillo, sin duda, ha sido un mal comienzo en un lugar tomado por talibanes de la salud. Ni que se estuviera en Nueva York. Pasaban los corredores e interrumpían sus conversaciones, en realidad sus gritos, para observar el minúsculo e inocente cigarrillo, apenas un tallo de humo, insignificante y privado, con la mirada amenazante de los masones con máscara de Eyes Wide Shut cuando advierten al intruso. Si uno va a cruzar un camino o una calle de un parque ha de hacerlo con extremo cuidado. Las bicicletas son los autobuses de la ciudad y los corredores sus coches. Y todo ello sin semáforos ni pasos de cebra. No hay leyes ni reglas. Un parque es un lugar peligroso invadido por un ansia de avanzar, de devorar distancias. Ni hablar de la quietud de los viejos jardines. Ni el engañar al hambre de Hemingway en los de Luxemburgo, ni el pasear pesimista de Baroja en El Retiro. Si uno se despista puede ser demasiado tarde y oír el resoplido inminente y fatal del atleta, como el rugido del león o como los “cabrones falangistas” por los que decía no atreverse a salir ya don Pío. Uno oye un resoplido y se echa a temblar. Hubo un momento de silencio casi asombroso, como el misterio de un eclipse, donde sólo se escuchaba el canto de los pájaros y el aleteo de los patos, cuando oyó abatirse sobre él el sonido del runner, una especie ciega y peligrosa, que precede a sus pisadas sobre la tierra como las de un toro en el ruedo. La gravilla de los caminos es el albero de la plaza y uno casi se juega la vida por mucho que esté sentado en el burladero de un banco del que saltan incluso astillas al temible paso del corredor. Uno y su lectura han acabado por levantarse como los expulsados de la Casa Tomada recordaban sus libros de literatura francesa, o la botella de Hesperidina o los quince mil pesos del armario dejados atrás. Antes de alejarse tuvo lástima, como Cortázar, pero, al contrario que en su cuento, no pudo cerrar bien la puerta de la entrada ni tirar la llave a la alcantarilla para evitar que algún pobre diablo se le ocurriera pasear y se metiera en el parque, a esa hora y con el parque tomado.