Pasear

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1.

 

Pasear en la madrugada por un Passeig de Gràcia vacío, escuchando una canción rimbombante y aterciopelada. Esa beatitud de los comercios de lujo cerrados. Tan grata. Ya ausente la lujuria de los precios silvestres y su codicia burlesca.

 

Piensa en esta noche y anoche, que son la misma noche. Y en todas aquellas precedentes que fueron antes una misma otra. Y no porque hayan sido iguales, sino porque son síntomas de lo mismo: un cierto círculo que se cierra (lo siente en la carne; con verdadera fuerza). La venganza de un silencio que ha venido a su auxilio, volviendo sordina lo que hasta hoy había sido estrépito y pachangueo. No, mejor dicho: dejando que las voces se conviertan en imágenes calladas que solo parpadean.

 

2.

 

Pasear de noche por la soledad del Eixample barcelonés es uno de esos gustos que nadie nos va a quitar. A pesar del cansancio de mañana, que ya se presiente. Pero ni así. Recuerda otros paseos. Muchos. Le gustaba mucho otra avenida, en la madrugada primaveral. La Avenida Blasco Ibañez, en Valencia. Deambular por la quietud extraña de sus facultades universitarias. Los altos naranjos y la bruma inexacta de las farolas.

 

Pasear por la noche es, de alguna forma, olvidarlo todo mientras se recuerda el presente.

 

Pasear es, en fin de cuentas, una oportunidad para ser feliz.

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