Paseo en bus

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Estoy en la circunvalación de Kola. De aquí salen los buses, minibuses y taxis rumbo al sur. Hoy tengo que demostrarle a una visita que soy capaz de orientarme por mí misma en este país. No vamos a engañarnos, el éxito de la empresa depende más de las buenas intenciones del prójimo que de mi propia pericia. Soy como un elefante en medio de una cacharrería. Todo el mundo se ha enterado ya de que busco el bus que va directo a Tiro. El bus no aparece pero entre todos han decidido que lo mejor será montarnos en una furgoneta que cubre al menos la mitad del camino.

 

No hay pasajeras femeninas que viajen solas. Veo militares, viejas arrugadas, matrimonios jóvenes y hombres de aspecto mal cuidado. Me apretujan contra el cristal. Igual que en el chiste se trata de meter al mayor número posible de gente en el microbús. Cuando por fin este se llena, despegamos. Literalmente. El conductor apenas puede maniobrar con otros dos pasajeros y un niño sentados a su vera.  Adelanta al tiempo que envía mensajes por el móvil. Se rasca, le da un trago a la coca cola, hace un adelantamiento por el arcén. Departe con los que comparten el sillón del conductor. Se ríe. Somos tres vehículos adelantando a la vez por una carretera de doble sentido. Nadie se inmuta.

 

La furgoneta va parando donde le dicen. Bajamos todos para que pueda salir el último de la fila, volvemos a subir, nos recolocamos, volvemos a detenernos, sube un tío con una tartera, tomamos otro camino, vuelta a bajar, se monta un viejo con una enorme maleta, me la colocan sobre las rodillas, saben que no podré protestar en árabe, continuamos zumbados nuestro trayecto hasta que finalmente se divisa Saida. Buscamos un sitio para comer junto al mar. El menú solo está en árabe, el camarero no sabe como describir en inglés las comidas. Para que esforzarse…Al final me van a traer lo que no quiero así que señalo lo que me suena más familiar. Alrededor hay familias que fuman narguile y se hartan a zumos de frutas. Las estampas típicas de los fines de semana me siguen pareciendo un coñazo: el niño corretea chillón, la madre cuida que no se parta la crisma y el padre se rasca los huevos paternal. Fin de la película.

 

El camarero, una vez averiguada la procedencia de las turistas, suelta toda la retahíla de jugadores del Real Madrid que conoce. Le digo que soy del Barça. Deposita sobre la mesa un pan con vegetales que odio…Estupendo…Cuenta que es palestino y que los árabes son unos cabrones. No entiendo nada.

 

Retrocedemos hasta  la estación de autobuses. Los distintos conductores gritan el destino al que se dirigen. Un hombre nos guía directamente al pie de la furgoneta. Mi pronunciación debe de dar bastante pena. Aún hay tiempo para pedir en un puesto cercano dos cafés, pero solo recuerdo como se dice uno en árabe. Saco la manita derecha, levanto el dedo índice y a continuación el corazón. El vendedor sonríe aunque todo resulte bastante patético.

 

Nadie sabe a ciencia cierta de donde somos. Mi vecino en el microbús me habla del Barça. Le digo que soy del Madrid. Quiere preguntarme cosas sobre España pero su conocimiento del inglés es muy reducido. Nunca ha salido del Líbano, le digo que no se preocupe. A la mayoría de la gente que viaja no le ha servido de nada…El chofer conduce, qué novedad, como si lo hubiesen llamado a filas y debiese incorporarse esa misma tarde. En la carretera se anuncia una oferta en una tienda de pollos. Paramos. Nuestro piloto de carreras regresa en unos minutos cargado con varias bolsas.

 

Cuarenta kilómetros después se perfilan los arrabales de Tiro. La gente empieza a bajarse. El conductor insulta a una niña pequeña que no ha logrado cerrar bien la puerta. Avanzamos hacia el centro de Tiro, más pasajeros descienden presurosos del microbús. Circulamos ya por el paseo principal de la ciudad, más allá se levanta el barrio cristiano y detrás las ruinas.  Y más allá Israel. No queda nadie en el cacharro andante. El conductor apaga el motor y nos mira entre risas. Deduzco que pregunta adónde vamos. La comunicación es sencillamente imposible pero el hombre, en un detalle tierno, pone un cassette de Julio Iglesias. No hay ni una palabra en la que podamos encontrar un nexo de unión; he probado con ruinas, columnas, Grecia, Alejandro Magno, mosaico, termas, Fenicia, pero nada. Las diferentes guías se revelan totalmente inútiles. Con los nombres escritos solo en alfabeto latino no pasaremos de la palmera de la esquina…

 

Bajamos finalmente en el puerto cristiano. El conductor nos despide con un apretón de manos. Pobres inútiles. A pesar de todo me siento de lo más tranquila. No hablo árabe, soy Satanás teñido de rubio y en camiseta de tirantes, pero estamos en el Líbano y llevo en el bolso la American Express, la Visa, y la Mastercard: Pago, luego los problemas no existen.

 

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