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Mientras tantoPaseo por el perímetro de Vallelado el día de Navidad

Paseo por el perímetro de Vallelado el día de Navidad


Desde que supe que Cioran conjuraba su insomnio recorriendo carreteras de Francia en bicicleta yo también he querido recorrer, mejor a pie, las ciudades que me imantan con si estuviera hecho de limaduras de hierro.

W. G. Sebald relata en Austerlitz: “comencé a vagar de noche por Londres. Durante más de un año, creo, dijo Austerlitz, al caer la oscuridad salía de casa, caminando sin cesar (…) Se puede ir realmente a pie, en una sola noche, casi de un extremo a otro de esta gigantesca ciudad (…) cuando uno se acostumbra a ese caminar solitario y a encontrar en el camino sólo espectros nocturnos aislados, pronto se asombra de que por todas partes, en casas innumerables, lo mismo en Greenwich que en Bayswater o Kensington, los londinenses de todas las edades, al parecer por acuerdo hace tiempo concertado, estén echados en sus camas, tapados y, como deben creer, a seguro, mientras que, en verdad, sólo están tendidos, con el rostro vuelto hacia el suelo por miedo, como en otro tiempo en un descanso al atravesar el desierto”.

La mañana del día de Navidad decidí acometer por fin un viejo deseo: recorrer el perímetro de Vallelado, el pueblo segoviano, entre Cuéllar e Íscar (o más bien entre San Cristóbal y La Mata), donde nació mi mujer. Hacía frío, y casi no me crucé con nadie, porque de alguna manera estaba recorriendo casi las afueras. Me llevó poco más de dos horas, deteniéndome ante todo lo que me llamó la atención, como si fuera un entomólogo de la arquitectura rural de este pueblo que no llega a los mil habitantes. Empecé poco antes de las 11 de la mañana, partiendo de la casa de mi suegro Lorenzo, en la calle de San Cristóbal, y acabé, sobre las 13.15, en la de mis cuñados Chus y Juan, en el camino de Valdeviloria.

Marfa en Vallelado.

 

SOS.

 

Plegaria de Navidad.

 

El Pico Torre se salva del ángulo recto.

 

Guardia de honor.

 

Después de la batalla.

 

Estrella de los Reyes Magos para despistar a Herodes.

 

Reservas.

 

Espérame en la tierra, vida mía.

 

El mensajero.

 

Nostalgia del mar.

 

Nada que envidiar a Vigo y otras perversiones de la Navidad.

 

El perímetro del amor.

 

Otra NBA.

 

Grandes alarifes.

 

El parador del tiempo.

 

Sueño de dron.

 

No hay cárcel para el pensamiento.

 

El misterio de la fe.

 

Opciones políticas.

 

Bodegón.

 

Voto de silencio.

 

Los árboles creen.

 

La belleza interior.

 

La puerta del paraíso.

 

Coquetería.

 

Púlpito del proletariado.

 

Arte moderno.

 

Los ingenieros creen en Dios.

 

Tarjeta de Navidad.

 

Final de viaje.

 

Hornacina.

 

Confesionario.

 

Toda casa es un enigma.

 

Destierro.

 

Homenaje a Walker Evans.

 

Transformador.

 

Vitrales.

 

La rectitud de las cosas.

 

Cuartel general.

 

¿Sin salida? (Calle de Miguel Ángel Blanco).

 

Caligrafía.

 

En invierno.

 

Arbusto de Navidad.

 

Zigurats.

 

Entre Emily Dickinson y Teresa de Jesús.

 

El lenguaje / reta a la muerte.

 

Hacia las afueras.

 

Horas después, tras la comida de Navidad, y leer como una forma de oración y acción de gracias un fragmento del tercer volumen de los Relatos de Kolimá (El artista de la pala), de Varlam Shalámov, el episodio titulado ‘El pato’, al salir nos encontramos con este atardecer:

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