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Pavel Pietrovich, o ¿qué significa ser cosaco en Costa Rica?, y Daisy, saber lo que se quiere ser. Historias de vida, 5

Fuera de las universidades públicas, son pocas las organizaciones o instituciones que se interesan por conocer a fondo la trayectoria de vida de la gente, de modo que, tras concluir el trabajo sobre las personas en condición de pobreza, pasaron varios años sin que surgieran nuevas oportunidades de hacer algo en este campo.

Mientras tanto, la reflexión sobre las vocaciones y los oficios como ejes articuladores de la vida humana (y, por tanto, también de los personajes literarios, muy particularmente de los novelescos) me parecía y me sigue pareciendo plena de posibilidades. No es que me propusiera seguir explorando alrededor de ese tema, se dio así de manera natural y así lo he seguido haciendo desde la literatura de ficción y desde otros proyectos.

Paralelamente, la vasta geografía que se extiende desde los manglares de la costa donde desemboca el Río Grande, hasta la cordillera donde brotan sus nacientes, ofrece un terreno fecundo a la imaginación: ahí es posible situar casi cualquier historia que uno pueda imaginar. En los pequeños caseríos, en los pueblos de menor y de mayor tamaño y en esa ciudad provinciana, caótica y desangelada llamada Ciudad Real, viven decenas de miles de personajes cuyas historias, insignificantes como todas y reveladoras como cualquiera, solo es necesario descubrir, revelar o imaginar.

Esta es quizás la principal lección de mi trabajo de dos décadas con las historias de vida: nadie es tan sencillo o insignificante para que su historia no sea capaz de despertar interés, admiración, solidaridad o compasión, según sea el caso (y a menudo todas estas cosas juntas), ni tan poderoso o singular para que su historia no resuene profundamente con la de los demás.

*    *    *

En 2020, en lo más álgido de la pandemia del coronavirus, me enfrasqué en la lectura de la que muchos consideran la obra maestra de uno de mis escritores fetiche, el francés Georges Perec. Sociólogo de formación, aficionado a las matemáticas y al ajedrez, estudioso y explorador de la teoría de juegos, Perec y sus compañeros del grupo literario Oulipo estaban empeñados en ensanchar las fronteras de lo que entendemos por “literatura”. La vida: instrucciones de uso, como se titula la novela en cuestión, es un compendio de muchas pequeñas situaciones e historias que involucran a diferentes personajes que habitan un mismo inmueble de París, desde su construcción a mediados del siglo XIX hasta bien avanzado el siglo XX. El inmueble existe y en las historias de estos personajes se confunden y se mezclan elementos ficcionales e históricos. (Para quienes se interesen, aquí pueden encontrar mi comentario sobre el libro).

Mientras leía la novela, no dejaba de pensar en las semejanzas y las diferencias con El río que me habita, puesto que en ambos casos el elemento que aglutina y da cohesión a las historias, es el espacio: en el caso de Perec, un edificio; en mi libro, una cuenca hidrográfica ficticia.

La lectura de La vida: instrucciones de uso me llevó a plantearme una investigación sobre el barrio donde crecí, el llamado “barrio La Salle” en las inmediaciones del Parque La Sabana en San José de Costa Rica. Como Rorhmoser, Loma Linda, Calle Lang, Rancho Luna y otros, es el resultado de la fiebre urbanizadora que ensanchó los límites de la ciudad hacia el oeste a inicios de la década de los 60. Aunque solo viví ahí los últimos años de mi niñez, y luego los de la pubertad y adolescencia, la casa familiar sigue ahí y todavía la considero mi casa, de la misma forma en que mis amigas y amigos de entonces siguen siendo “mis vecinos” y amigos, aunque ya ninguno de nosotros viva ahí.

Quienes compraron lotes y construyeron sus hogares en esa urbanización eran en su mayoría jóvenes profesionales y sus esposas, miembros de una clase media ascendente, nacidos en la década de los años 30 y 40 del siglo pasado. En 2020 algunos habían muerto, pero otros tantos vivían. Me conocían y apreciaban, a pesar de que fui un adolescente conflictivo y detestable.

Inicié una investigación documental sobre ese ínfimo rincón de la geografía (unas dos hectáreas, que en los años 70 aumentarían a cuatro con otro proyecto urbanístico adyacente), y al mismo tiempo empecé a entrevistar a los sobrevivientes. El enfoque fue muy similar al de las historias de vida que había realizado antes, pero dadas las circunstancias, las entrevistas debieron realizarse la mayoría de las veces telefónicamente.

Mi esposa, Laura, socióloga de profesión, me había hecho ver desde mucho tiempo atrás que en América Latina abundan las investigaciones de este tipo sobre los sectores populares, pero escasean las que ahondan en los sectores medios y, sobre todo, en las clases económicamente poderosas. A mayor poder, mayor opacidad, por decirlo de alguna manera. Las historias de mi antiguo vecindario no son precisamente de los sectores más poderosos o políticamente influyentes de la sociedad, pero sí pertenecen a los sectores acomodados y, en algunos casos, muy acomodados.

Además de entrevistar a algunos sobrevivientes de la generación de mis padres (quienes compraron terrenos y construyeron sus casas ahí), hice lo mismo con algunos de mis contemporáneos y con otras personas que, por diferentes circunstancias, vivieron o trabajaron en el barrio en diferentes épocas.

Tal y como descubrió Perec en La vida: instrucciones de uso, donde utiliza un edificio cómo vórtice donde confluyen todas las historias del libro, también yo descubrí que un pequeño espacio de San José de Costa Rica puede ser un Aleph que nos transporta a infinitos puntos del espacio-tiempo, y así las historias de mi vecindario me llevaron a los campos de batalla de Francia durante la Primera Guerra Mundial, a la Revolución de Octubre y a Croacia, a la Alemania hitleriana, a la España republicana y a Ellis Island en Nueva York, a las minas de oro en Rosita, Nicaragua y a Belice; a Puglia y a una avioneta Cessna que, tras despegar y aterrizar innumerables veces en el aeropuerto Tobías Bolaños en Pavas, termina su vida útil en Nairobi; las historias de la gente de mi barrio, muy cerca de La Sabana, me llevaron a Los Ángeles en California y a pequeños pueblos rurales en los Estados Unidos y en las montañas Costa Rica; me llevaron a Medellín y a la ciudad de México, a Córdoba en Argentina y a La Guaira en Venezuela, a Nicoya y a Guangdong, en China; al apogeo y al declive del negocio cafetalero; a los odios y rencores que despertó la Guerra Civil de 1948; etcétera, etcétera.

La construcción de la primera torre de apartamentos en los predios del vecindario y la muerte de mi padre en octubre de 2021, marcan el final de esa investigación.

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Pavel Pietrovich

A Jorge Gordienko le causó una profunda impresión enterarse de que su padre, Pavel Pietrovich Gordienko, tenía tres hermanos de los que nunca había hablado hasta ese momento. ¿Cómo era posible que nunca se hubiera interesado por ellos? ¿Habrían sobrevivido a los horrores que se abatieron sobre la Madre Rusia tras el triunfo del Ejército Rojo y la instalación de los sóviets? Y si lograron hacerlo, ¿se sobrepondrían a las pavorosas hambrunas de los primeros años de la colectivización? Y si lo consiguieron, ¿sucumbirían combatiendo en la Gran Guerra Patria contra los nazis?

Jorge se formularía estas y otras preguntas similares años después, cuando sus nociones de historia se habían afianzado, pero aquel mes de febrero de 1946 solo acusó el golpe de lo que acababa de escuchar y se preguntó si él podría separarse de sus hermanos sin jamás volver a saber de ellos. Tan solo el formularse la pregunta lo estremeció. No, definitivamente sería incapaz de hacerlo.

Como era habitual, ese mes de febrero los Gordienko Orlich habían ido a veranear a una de las fincas de la familia en San Ramón de Alajuela con su abuela Aurelia. En todo el país no se hablaba de otra cosa que de política; algunos de sus tíos afirmaban que para echar a los calderocomunistas del gobierno no quedaría otro camino que empuñar las armas, pero Pavel Pietrovich se mostraba reservado, pues de guerras y revoluciones sabía demasiado.

Habían terminado de cenar y en la conversación de sobremesa los tíos de Jorge estaban exaltados por la golpiza que un grupo de policías del Resguardo de San Ramón le había propinado en plena calle a Juan de Dios Chávez, Chavitos, el mandador de una de sus fincas, acusándolo de opositor. A pesar de que en la conversación habían salido a relucir improperios e hijueputazos, la abuela no ordenó que Jorge y sus hermanos se retiraran a sus dormitorios, de modo que se quedaron fisgoneando.

Fue entonces cuando Pavel Pietrovich tomó la palabra y, sin que al parecer viniera al caso, contó que antes de embarcarse en Ekaterinodar a inicios de marzo de 1920, cuando las fuerzas del Ejército Rojo llamaban a las puertas de la ciudad, se despidió de sus hermanos Yuri y Andrei y de su hermana Tamara. No entró en detalles; solo refirió que había sido difícil y doloroso y que fue la última vez que los vio o supo de ellos.

El silencio alrededor de la mesa fue instantáneo. Jorge buscó con la mirada a su hermano Eugenio, luego a su hermana Xenia y, como encontró en su rostro la misma expresión de desconcierto que él experimentaba, dirigió su vista hacia la abuela Aurelia, quien apretaba los labios y miraba hacia el suelo. Entonces Pavel Pietrovich pareció reaccionar; agregó que las guerras son espantosas e hizo votos para que ninguno de ellos –abarcándolos a todos con la mirada– tuviera que pasar por una.

En otras ocasiones, Pavel Pietrovich había contado que sus padres murieron asesinados meses antes de la caída de Ekaterinodar, rebautizada Krasnodar por los Rojos, y también de su participación como voluntario en el Ejército Blanco durante la Guerra Civil, siendo apenas un muchacho. No en vano, años después se convertiría en uno de los fundadores del Movimiento Costa Rica Libre, la más beligerante de las organizaciones anticomunistas del país.

Otras veces, Jorge y sus hermanos lo escucharon hablar del orgullo de ser cosaco, del pueblo cosaco y de las maravillosas estepas al sur de Rusia, en la cuenca del Don… ¡Cosacos! La palabra despertaba en la mente del joven resonancias extrañas, mágicas. ¿Acaso él mismo era un cosaco? ¿Qué significaba ser un cosaco en Costa Rica? Por otro lado, su familia materna también era extranjera, con la diferencia de que los Orlich llevaban décadas aquí y se habían hecho con tierras y negocios y gozaban de una posición prominente en la sociedad.

Jorge Gordienko sabía que su padre había llegado a Costa Rica por ellos. De boca de su madre primero, pero sobre todo de su abuela, había escuchado la historia de cómo Pavel Pietrovich había llegado a la ciudad de Krk a bordo de un buque británico con miles de refugiados rusos. El rey Alejandro I del reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos –una entidad efímera en el siempre movedizo mosaico político de los Balcanes–, ofreció magnánimamente acogida y pasaporte a decenas de miles de rusos que entonces cruzaban mares y fronteras huyendo de los sóviets.

Para Pavel Pietrovich, burgués y educado, hijo de un abogado especialista en derecho ferroviario, resultó más fácil que para la mayoría de sus compatriotas conseguir un empleo.  Comenzó como administrador de una pequeña industria de pastas alimenticias perteneciente a un sobrino de Francisco Orlich y Cich, quien décadas atrás se había establecido en Costa Rica y cuya descendencia se mantenía en contacto con su parentela en Croacia.

En virtud de su buen desempeño como administrador, a Pavel Pietrovich se le abrió la oportunidad de viajar a América gracias a una recomendación de sus patrones… Así llegó a Costa Rica a mediados de los veintes para trabajar en las fincas de los Orlich, sin hablar una palabra de español. Inicialmente solo pudo comunicarse en francés con Carmen, hija y sobrina de sus patrones. La muchacha era apenas quinceañera y el cosaco ocho años mayor; era solo cuestión de tiempo para que el amor surgiera.

Nicolás Orlich, el padre de Carmen, falleció inesperadamente a inicios de 1928, por lo que fue a doña Aurelia a quien Pavel Pietrovich debió pedir en matrimonio a su hija, cuando su español ya le permitía hacerlo. Con la boda, celebrada en abril de ese mismo año en la iglesia de la Soledad, se trenzaron los apellidos Gordienko y Orlich en Costa Rica.

En el lapso de una década nacerían los cinco hijos del matrimonio. La repentina e inexplicable muerte de Carmen, en 1939, fue para los niños un golpe devastador; de ahí que Jorge y sus hermanos adoraran a su abuela Aurelia, que en mucho hacía de madre para ellos. Tal como Pavel Pietrovich perdió a sus padres en el huracán sangriento de la Guerra Civil Rusa, sus hijos perdían a la suya veinte años después. ¿Existía alguna conexión entre ambos acontecimientos? ¿Qué encrucijada o broma cruel del destino era esa? Tales preguntas cruzarían como pájaros asustadizos por la mente de Jorge años después, junto con aquella otra que ya había entrevisto de niño: ¿qué significaba ser cosaco en Costa Rica?

Aunque no tenía una respuesta clara para ninguna de ellas, sabía que un vínculo poderoso, indestructible, lo unía con la Madre Rusia, independientemente del régimen político que hubiera ahí. Por ello, en su estudio y biblioteca personal en su casa en la urbanización La Salle, dispuso un pedestal sobre el que descansaba la bandera roja de la Unión Soviética. Cuando Pavel Pietrovich visitaba la casa de los Gordienko Esquivel en la urbanización La Salle, padre e hijo solían retirarse al estudio a conversar a solas. Ahí, Pavel Pietrovich seguramente le contaba a Jorge historias del pueblo cosaco, pero esto solo ellos lo saben con certeza.

 

Daisy 

El pueblito donde yo nací se llama Hondonada y está como a veinte kilómetros de San Ignacio de Acosta, en el distrito de Ococa. Con ese nombre, ya puede imaginarse lo quebrado que es aquello. Mis abuelos, tanto los del lado paterno como los del lado materno, fueron fundadores del pueblo junto con otros campesinos que llegaron desde Alajuelita y Desamparados. A ninguno de ellos lo llegué a conocer, porque ya habían muerto cuando nací. En Hondonada casi todos somos Chinchillas, Castros o Azofeifas.

Mi padre se llamó Juan Rafael Chinchilla Arias, nació en 1912 y toda su vida se dedicó a la agricultura. Mi mamá se llamó María Ángela Castro Quirós y era ocho años menor que él. Fuimos trece hijos; seis mujeres y siete varones; yo soy la sétima en la fila y nací en 1951. En mi niñez teníamos una finca grande, de más de cien manzanas, sembrada con café y con caña. También se sembraba maíz y frijoles para el gasto y había un trapiche; papá iba los fines de semana al mercado de Acosta a vender dulce, aparte de los vecinos que también llegaban a comprar. Esa finca se fue repartiendo conforme los hermanos se casaban, a todos nos tocó un pedacito.

Para las cogidas de café, papá contrataba algunos jornaleros y todos los hijos teníamos que fajarnos, pero a mí aquello nunca me gustó. Siempre fui, como se dice, dulcita para los zancudos. Por eso yo le decía: “¡Ah, no papá! Yo voy a estudiar”. Nos reuníamos todos los hermanos afuera de la casa y papá nos preguntaba qué nos gustaría hacer cuando grandes; yo le decía que iba a estudiar y que íbamos a viajar; le preguntaba a dónde le gustaría que lo llevara y él me decía que a México. Y mamá: “¡Ah no, a mí no me montan en un avión, porque si ustedes quieren que me dé un infarto, móntenme en un avión!”. Desde chiquilla estuve muy segura de lo que quería. Además, siempre tuve claro que no quería casarme y así se lo dije a mamá: “Creo que te voy a complacer en todo, excepto en una cosa: no voy a casarme, pero sí quiero tener un hijo”. Y ellos me apoyaron; más mi mamá. Mis triunfos ella los vivió como propios, estaba muy orgullosa de mí.

En Hondonada, mi papá donó el terreno para la construcción de la escuela. Era una escuelita de un solo maestro y fue ahí donde hice mi primaria, pero duré mucho porque hubo algunos años en que la escuela no se abrió porque no había suficiente matrícula. Tuve que ir a otra escuela que quedaba más lejos y hubo años en no pude ir, así que en resumidas cuentas me fui graduando de sexto con 17 años.

Cuando le dije a la familia que me venía a San José para estudiar, a algunos hermanos no les gustó, pues en el campo se pensaba que las que venían a trabajar a la ciudad se hacían prostitutas, pero mi mamá me apoyó.

Mi primer trabajo fue en una casita en San Rafael de Escazú, pero ahí me quedé solo como dos meses, porque el viejo empezó a acosarme. ¡Y eso que era un matrimonio joven! Le pedí ayuda a la única conocida que tenía en San José, y ella me consiguió el trabajo en la casa de ustedes. Su mamá llegó a recogerme en un taxi a San Rafael de Escazú.

Yo era la empleada de la limpieza y además tenía a mi cargo a Ana Victoria, así me lo explicó doña Leticia desde el primer día. Cuando llegué donde ustedes, en 1974, Ana Victoria estaba en primer grado de la escuela y yo muchas veces tenía que ir a recogerla a la escuela Perú en el centro de San José. A veces ella salía llorando; cuando yo le preguntaba qué le pasaba me contaba que se habían burlado de ella por su enfermedad en la cara. Sentí muchísimo amor por esa chiquita, y años después, cuando tuve a mi hija, a veces le decía Ana Victoria por equivocación.

De la cocina se encargaba doña Leticia y de la lavada de ropa Abigail, pero a mí siempre me gustó la cocina y si me quedaba tiempo me acercaba para que doña Leticia que me enseñara; ella me decía que apuntara las recetas en un cuaderno y yo, ni lerda ni perezosa, lo hacía. También me enseñó a poner los cubiertos y cosas de esas. Me recuerdo que su mamá me decía: “Ahora usted está trabajando aquí, pero algún día va a ocupar todo esto”. Y ya ve, tenía razón

Para el almuerzo a mí no me correspondía servir los platos, pero sí llevar las bandejas y los porta pyrex a la mesa; recuerdo que doña Leticia me daba la señal con una campanita. Me llamaba la atención que en la casa siempre pusieran un mantel para cuidar la mesa. Mi jornada de trabajo empezaba como a las seis de la mañana y terminaba a las cinco de la tarde, con una horita de descanso a media tarde.

Venir del campo a una urbanización como esa fue un gran cambio. Me parecía que todo estaba nuevo; había mucha casa en construcción y mucho lote baldío. Las casas eran muy grandes, con aquellos frentes de calle. La gente me pareció de clase media alta, pero no como en Rorhmoser. Recuerdo que había todo tipo de profesiones, como doña Zelmira que era enfermera y doña Ethel, que era maestra. Era un barrio clase selecta, pero trabajadora.

Por las noches iba a estudiar al Liceo Justo Facio. Recuerdo que cuando doña Marta Saborío me veía salir con los libritos bajo el brazo siempre me decía: “¡Persevera y vencerás!”. En épocas de exámenes, me quedaba encerrada los domingos estudiando en el cuarto. La biblioteca de su casa me sirvió mucho; los libros, los diccionarios y las enciclopedias me ayudaron todo lo que fue el bachillerato.

Del barrio, con la única persona que hice amistad fue con Marva, la limonense que trabajaba en la casa a la par de la de ustedes, porque también estudiaba en el Justo Facio y a menudo nos veníamos juntas, después de clases, en el bus de Escazú. A Marva la invité una vez a la casa de mi familia en Hondonada, para la despedida de soltera de mi hermana Olguita.

Pero en el colegio sí hice muchas amistades. Armábamos un grupillo de compañeros y compañeras y los domingos nos íbamos a bailar a las discoteques del centro. Recuerdo la Cero-Cero discoteque, Zadidas, Miraflores… Ahí me enamoré del rock, y hasta el día de hoy es lo que me gusta bailar. Eran los años de la música disco, de las blusas disco… A veces un profesor no llegaba a dar la clase y armábamos un grupillo y nos íbamos caminando hasta La Troja, cerca del barrio. Luego ellos me pasaban dejando en la casa.  Todo muy sano, la verdad. Varias veces me invitaron a ir a Barroco, un lugar fino. En ocasiones llevé a mis hermanas, pero mi hermano mayor me llamó la atención porque ellas eran menores que yo y mis compañeros, por ser de un colegio nocturno, ya eran adultos.

En la casa yo tenía mi propio cuarto, un cuartito pequeño, con baño, con un armario y una cama. Después tuve también un escritorio pequeño. La ducha era de agua fría, pero yo siempre estuve acostumbrada a eso. Era la primera vez que tenía un cuarto para mí sola. Abigail y yo comíamos lo mismo que ustedes, pero después de todos y en el antecomedor al lado de la cocina. Ana Victoria y usted a veces se sentaban a comer con nosotras, pero Rodolfo no. Una vez, un amigo de él hizo un comentario que me molestó. Cuando yo iba pasando, dijo algo así como: “¡Qué buen servicio tienen ahora!”, obviamente con doble sentido, pero fue la única vez. Con los muchachos del barrio tampoco tuve ningún problema, que yo recuerde.

Tuve momentos nostálgicos y de tristeza deseando que llegara el día de ir a visitar a la familia, porque tenía libres todos los domingos, pero solo una vez al mes tenía el derecho de regresar el lunes temprano, o bien, de irme el sábado y regresar el domingo en la noche. A San Ignacio me iba en bus, y de ahí hasta Hondonada en carritos particulares que estaban estacionados frente al parque esperando para llevar a la gente a los pueblos. Dos primos míos eran los que brindaban el servicio y a veces me traían de vuelta hasta San José. En Acosta siempre me tomaban en cuenta para cosas sociales; varias veces me dedicaron partidos de fútbol y tuve que hacer el saque de honor.

Me di cuenta de que en la casa de ustedes la convivencia familiar no era la mejor, pero a mí enseñaron a ver, oír y callar. Recuerdo discusiones grandes por Quique y por su hermano Rodolfo, por las drogas. Con Quique tuve un problema porque se puso a acosarme. Fue como un año que estuvo en esa majadería, pero al final de cuentas era un muchacho de mi edad y yo me le planté y le dije que si seguía molestando lo iba a acusar con doña Leticia. Eso lo calmó. Yo sabía que fácil no iba a ser; yo era joven, alta, delgada, bonita y me tuve que defender. Pero tenía agallas. Años después, cuando Quique regresó de los Estados Unidos, me buscó para disculparse y me agradeció que no lo hubiera acusado. Me dijo: “Quiero disculparme por lo que le hice pasar y agradecerle por no haberle dicho a Leticia y felicitarla porque eres una gran mujer”.

Doña Leticia era la que se entendía conmigo y don Bernardo era el proveedor económico. Estaba muy metido en la política y era cien por ciento liberacionista. A la casa llegaba gente como Carlos Manuel Castillo y doña Kira Castillo, Danilo Jiménez y Muni Figueres. Cuando había cenas así, yo tenía que ayudarle a doña Leticia a preparar la comida y a poner la mesa, pero no tenía que quedarme a servir. El trabajo duro lo tenía al día siguiente con la vajilla.

Me gradué del colegio en 1980. Mi mamá y mi hermana Norma fueron a mi graduación. Como eso terminaba tarde, le pedí permiso a doña Leticia para que ellas se quedaran a dormir conmigo, porque no podían devolverse esa misma noche. Mi mamá estaba muy orgullosa de mí; de los trece hermanos, solo yo terminé la secundaria.

Después entré a la American Business Academy a estudiar secretariado con énfasis en Administración de empresas. En 1983 conseguí un trabajito de medio tiempo en una sala de estética que había en el Paseo de Colón y otro, también de medio tiempo, en una imprenta. Al año siguiente empecé a trabajar en una empresa de turismo de un señor español. Esa fue mi verdadera universidad. Ahí estuve trabajando trece años, hasta 1997. Ese mismo año, el quince de julio, me independicé y fundé mi propia empresa, Scala Tours, una agencia mayorista de viajes. Ahora, con lo del coronavirus, la cosa está difícil, pero sobrevivimos a lo del 11 de setiembre y también vamos a salir de esta. De eso estoy segura.

He viajado bastante; me gusta mucho España, a donde he ido varias veces. No pude llevar a papá a México, porque murió pronto, a los 59 años, en 1973, pero pude llevar a mi hermano mayor y me hice el cargo de que era él.

Mi hija Gloriana nació en 1988. Ni siquiera se me pasó por la cabeza irme a vivir con el papá de ella. Gloriana es ingeniera industrial graduada en la Universidad de Costa Rica y trabaja en Emerson Electric, una empresa norteamericana. Por cierto que ella conoció a Konrad Lutz, uno de los chiquillos del barrio de ustedes, que ahora se dedica a dar consultas y cursos de salud integral y cosas de esas. Gloriana fue a verlo varias veces.

De mis hermanos, cuatro varones y dos mujeres viven en Acosta. Uno se fue a vivir por el lado de Sixaola, cerca de la frontera con Panamá, donde tiene una finca ganadera. Mi hermana Norma vive en Aserrí y mi hermana Mayita, en Desamparados. Y ya fallecieron tres.

Yo hipotequé mi herencia en Hondonada para construir la casa donde vivimos mi hija y yo en Sabanilla. El terreno que me dieron era como de una hectárea; a los varones les heredaron más. Gloriana y yo vamos bastante a menudo a Hondonada para bautizos, cumpleaños y otras fiestas familiares. Los vínculos ahí están.

La casa familiar le quedó a uno de mis hermanos; es la propiedad más linda que hay por ahí. A donde nos juntamos todos cuando vamos por allá, es en la casa de mi hermana Norma, donde mamá pasó sus últimos años hasta que murió de una isquemia cerebral en 2007. Pero ese es un recuerdo triste y prefiero no pensar mucho en él.

Nota: Las historias de Pavel Pietrovich y de Daisy están tomadas del libro Convergentes: memorias del barrio. Edición de autor. San José, Costa Rica. Julio 2025

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