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BrújulaPedagogía del buen amor. ‘Color piel de león’, de Ana Martínez Pérez-Canales

Pedagogía del buen amor. ‘Color piel de león’, de Ana Martínez Pérez-Canales

 

Pocas frases iniciales de una obra son tan recordadas como la de Tolstoi en Anna Karenina: “Todas las familias felices se parecen; las infelices lo son cada una a su manera”. En el caso de los feminicidios, sin embargo, los mismos patrones parecen repetirse con una precisión casi mecánica: celos, afán de control, deseo de posesión y dominación. En definitiva, hombres que no conciben el amor sin poder, que confunden el cariño con la propiedad y que, incapaces de aceptar la libertad de la mujer, acaban transformando su frustración en violencia homicida.

Ana Martínez Pérez-Canales nos ofrece en Color piel de león un potente relato que, a partir de un caso de feminicidio ficcionalizado, invita a reflexionar sobre las dinámicas psicológicas y sociales que están detrás de la violencia machista. Concebida para su lectura y debate en contextos educativos y asociativos, la obra despliega un retrato poliédrico donde el verdugo, la víctima y su entorno aportan múltiples claves –unas explícitas, otras más sutiles– para comprender mejor las raíces de esta violencia.

Ambientada en un entorno universitario de clase media, donde nada parece faltar en lo material, Color piel de león revela, sin embargo, la profunda pobreza afectiva de su protagonista masculino. Lucas es el vivo retrato de una persona carencial, marcada por la falta de cariño de unos padres siempre ausentes, absorbidos por el trabajo –¿cuántas familias, de toda clase y condición, hay así en la España actual?–. Su infancia, hecha de silencios y soledad, se convierte con el tiempo en un miedo enfermizo al abandono y en una necesidad de control que confunde el amor con la posesión. Para él, la pareja no es un espacio de encuentro, sino un refugio contra el vacío. Por eso, cuando Mónica se aleja lo vive como un abandono insoportable, no como una decisión legítima del otro. Color piel de león muestra cómo las carencias afectivas no elaboradas se transforman en relaciones asfixiantes, en amores que intentan reparar la herida del desamparo afectivo sufrido en la infancia, pero acaban reproduciéndola.

Otro de los personajes del relato, Marga, amiga de Mónica, crece con un padre violento, y como consecuencia,desarrolla un rechazo instintivo hacia los hombres: se protege negándose a repetir la historia de su madre. Como Lucas, es el resultado de una infancia dañada, en la que, en lugar de aprender a amar, se desarrolla un apego basado en el temor o en el control. Las relaciones de pareja, a fin de cuentas, no pueden entenderse sin tener en cuenta el modo en que las personas fueron amadas –o no– en la infancia, por quienes debían cuidar y dar cariño y seguridad emocional. Las pautas inconscientes que se interiorizan en esos primeros vínculos son, en gran medida, las que determinan cómo amaremos después.

Uno de los aspectos más originales de la obra de Ana Martínez Pérez-Canales es el modo en que incorpora un entramado de referencias literarias, intercaladas con intención pedagógica y simbólica. La autora convierte la literatura en un espejo desde el que pensar el amor, los celos, la violencia y la educación sentimental. En busca del tiempo perdido, El jardín de los Finzi-Contini, Ulises o Cuentos de amor de locura y de muerte desfilan por el relato no como simple ornamento, sino como invitación a los jóvenes lectores a reencontrarse con esas obras maestras cada vez más olvidadas.

La excelente selección que hace la autora no es casual: frente a esta literatura que invita a la reflexión, abunda otra que sigue vendiendo la idea de que el amor pasional es el único verdadero. Gran parte de los sufrimientos y conflictos que nacen en las relaciones afectivas provienen de esos equívocos que, desde hace siglos, han reducido el amor al amor romántico. De ahí surge un profundo desconocimiento sobre cómo funciona el amor, tanto en su dimensión emocional como bioquímica. Siguen teniendo un enorme peso las creencias idealizadas y los estereotipos románticos que impiden comprender que el amor es un proceso evolutivo y cambiante, sujeto a transformaciones neuroquímicas que modulan el deseo, el apego y la convivencia. Esa falta de educación emocional –y también científica– alimenta la inmadurez con que se establecen muchos vínculos amorosos.

En lugar de relaciones entre personas libres, maduras, sosegadas, en nuestra cultura el amor se asocia sobre todo con la intensidad. Pero la intensidad, muchas veces, no es otra cosa que la forma que toma la ansiedad y la inseguridad. La convicción tan extendida de “sin ti no soy nada” revela en realidad una profunda confusión entre amar y depender, entre el vínculo y la anulación de uno mismo. Como demuestra el ejemplo de Lucas y Mónica, amamos mejor cuando se respeta la autonomía ajena, cuando sabemos estar solos, cuando comprendemos que el amor no puede suplir los vacíos de la infancia ni las carencias afectivas heredadas.

En Color piel de león queda de manifiesto que una relación sana no puede basarse en un torrente continuo de emociones fuertes. La tranquilidad, esa sensación de poder ser uno mismo sin miedo a provocar una tormenta, es lo que define una pareja equilibrada. En cambio, en las relaciones tóxicas, como la que mantiene Lucas con Mónica, todo se vive desde la alerta. Cada silencio, cada mensaje no respondido, cada diferencia de opinión se convierte en una amenaza. El miedo de Lucas a perder lo poco que siente que le pertenece lo mantiene atrapado en un estado de limerencia constante, una mezcla de deseo, dependencia y obsesión que lo empuja a un sufrimiento sin fin.

Mientras la primera parte del relato se centra en la relación patológica de los protagonistas, con su escalada hacia el abismo del feminicidio, la segunda se adentra en la conciencia de Lucas, explorando las huellas que deja el crimen en su interior. Es entonces cuando aparece la vergüenza. Pero en su caso no se trata de una vergüenza redentora, sino que más bien adquiere una forma de lucidez tardía, de comprensión de lo irreparable. La autora sugiere que solo cuando todo está destruido, cuando lo que quería poseer ha desaparecido, Lucas puede mirarse y sentir horror ante sí mismo. Esa vergüenza actúa como un contrapunto moral, como el último vestigio de humanidad posible, a través del cual el verdugo se ve con los ojos de la víctima.

En esta segunda parte cambia también el tono, pasándose del realismo inicial a un registro más simbólico y reflexivo. Ya no se trata tanto de denunciar el crimen como de explorar la emoción que podría evitarlo. La vergüenza, entendida como la capacidad de reconocer el daño y de ver al otro como un ser humano, aparece como el único freno real ante la violencia. Lo que propone la autora es, en cierto modo, una pedagogía de la vergüenza que enseña a sentirla no como humillación sino como límite ético.

En estos tiempos dominados por pantallas, prisas y soledades digitales, por un neofeudalismo tecnológico que reduce los seres humanos a conejillos de indias de las big tech, cada vez más alienados ante la lógica invisible de los algoritmos que moldean sus deseos y emociones, el relato de Ana Martínez Pérez-Canales nos recuerda lo esencial: que sin verdadero amor ni cuidado no hay desarrollo humano posible. Leerlo es una invitación a reflexionar sobre cómo educar en relaciones más libres, equilibradas y emocionalmente seguras.

Color piel de león, de Ana Martínez Pérez-Canales. Octaedro

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