Pedro Sánchez se reivindica

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Pedro Sánchez ha sido la memoria histórica del proceso de negociaciones que se abrió el 21 de diciembre y fracasó y esa memoria le permite reivindicarse. Pero su discurso ha sonado demasiado a lamento y a claudicación. 

 

Pedro Sánchez se crece en la adversidad y en el debate que acaba de terminar lo ha demostrado a la desesperada. Pedro Sánchez ha tratado de reivindicarse y lo ha hecho, en primer lugar, recordando el trabajo que realizó tras las elecciones para formar «una mayoría de progreso». A continuación, ha utilizado el discurso de la investidura fallida para recoger las propuestas que ahí tenía negro sobre blanco e irlas dosificando a lo largo de todo el debate, al tiempo que iba intercalando críticas al modelo del Partido Popular. Lo ha hecho en el bloque destinado a la economía y al empleo y, sobre todo, en el dedicado a la política social. Ha sido en este segundo en el que realmente se ha enfrentado al que considera su verdadero rival. Entonces ha sido cuando más duro se ha mostrado el líder socialista con su contrincante Pablo Iglesias con bastantes dosis de despecho. Pedro Sánchez ha colocado al candidato de Unidos Podemos en un extremo del espectro ideológico, en el opuesto al de Mariano Rajoy, pero al final, uno y otro han coincidido en su oposición a un Gobierno presidido por un socialista. El mito de la pinza renace y ésa ha sido una de las ideas fuerza de Pedro Sánchez a lo largo de la discusión. El líder socialista recriminó una y otra vez a Pablo Iglesias que por su culpa no haya sido posible crear «un Gobierno de progreso y de cambio».

 

 

 

El acuerdo no fue posible, recordó Sánchez porque Podemos primó el derecho a decidir de Cataluña sobre los derechos sociales. Por eso, dijo Sánchez, en un ejercicio de auto-reivindicación, sigue el Partido Popular gobernando en funciones y no está en marcha un programa social que incluía, por ejemplo, el ingreso mínimo vital. El líder del PSOE ha querido refrescar la memoria de los televidentes y ha recordado que si bien Pablo Iglesias ha estado durante todo el debate desgranando un rosario de datos sobre la mala situación de España, sin realizar demasiadas propuestas, Podemos no pidió ministerios cuya labor es desarrollar y garantizar derechos sociales, sino otros muy diferentes, como el del Interior.

 

 

 

El de Sánchez ha sido un relato que ha tratado de desarmar a Pablo Iglesias, que negaba con la cabeza y murmuraba cómo de equivocado estaba Sánchez recriminándole a él nada, puesto que Unidos Podemos y el PSOE no son rivales el uno del otro, sino que el enemigo común es el Partido Popular. Pablo Iglesias no cayó en la tentación de atacar a Pedro Sánchez. 

 

 

 

La clave para futuras negociaciones llegaría después: el referéndum de Cataluña no será una línea roja para formar Gobierno tras el 26-J. La puerta de Podemos ha quedado abierta al PSOE para negociar. Con la del PSOE ocurrió lo mismo, aunque sólo formalmente: Pedro Sánchez afirmó que sus intenciones no cambian con el lugar que le den las encuestas o las urnas. Su apoyo al PP queda indirectamente descartado con estas palabras. Las formas broncas y las palabras gruesas que escogió Pedro Sánchez pueden dificultar las negociaciones a partir del 26-J con Unidos Podemos. Aunque reivindicó los pactos en los ayuntamientos y en las autonomías del cambio porque en ellos se primó la agenda social. 

 

 

 

Pedro Sánchez ha sido, o ha querido ser, en el debate, la voz de la memoria histórica del proceso de negociaciones que se abrió el 21 de diciembre y que fracasaba a principios del mes de mayo. Es el argumentario que le favorece ante un electorado cansado y saturado. El líder socialista ha querido transmitir que él lo intentó, que no fue el culpable de que España tenga que ir a unas nuevas elecciones y ha desgranado propuestas, las más de izquierdas de su programa, las menos hipotecadas por su pacto con los liberales de Ciudadanos, o sin contar que todas estaban pendientes de una financiación capada por el compromiso de los de Rivera de no subir los impuestos. Pedro Sánchez ha intentado desnudar la estrategia de Pablo Iglesias, aunque sin hacerlo de verdad, porque lo contrario le hubiera hecho daño: Podemos, desde el primer momento, pareció apostar por una repetición de elecciones porque confiaba en conseguir un mejor resultado en una segunda oportunidad. Y será probable que lo consiga, aunque sólo sea por la inyección que supondrán los votos de Izquierda Unida, ahora mucho más útiles porque se traducirán en muchos más escaños.

 

 

 

Sánchez ha fallado en su ensañamiento contra Podemos, sobre todo en algunos momentos. Podría haber logrado el mismo efecto, o incluso mejorarlo, sin ser tan agresivo y reiterativo. Pero su fallo más gordo fue no postularse como presidente para la próxima legislatura, para después de los comicios del 26 de junio. O lo ha hecho, en el minuto final, pero sin demasiada convicción. Una continua lamentación por lo que pudo ser y no fue parece dejar en bandeja el Gobierno a otros, bien a una coalición liderada por el PP y apoyada por Ciudadanos (aunque sin Rajoy al frente, como pareció dejar claro Albert Rivera) o a otra liderada por Podemos, si es que las izquierdas ahora sí que suman. Ha sonado demasiado a lamento y a claudicación. 

 

 

 

A favor de Pedro Sánchez juega que Pablo Iglesias ha estado menos brillante que de costumbre. Le han faltado propuestas y le han sobrado datos y reiteraciones sobre lo contraproducente que es la austeridad para una economía débil. El líder socialista comenzaba la campaña muy débil y ésta pudo haber sido una inyección de moral para él y su tropa, pero no ha transmitido la convicción suficiente y cabe la duda de que sea suficiente para salvarle. El supuesto pacto de no agresión con Ciudadanos que se vislumbró a lo largo del debate muestra que su acuerdo puede continuar en pie. Pero, una vez más, sigue sin ser suficiente. Sobre todo porque Albert Rivera veta a Pablo Iglesias. 

 

 

 

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