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Mientras tantoPequeña teoría de las manos. Fragmentos de un libro futuro (II)

Pequeña teoría de las manos. Fragmentos de un libro futuro (II)


Manos en alto del Cristo de Velázquez. Signos de una larga tradición: súplica y muestra de dolor, o imprecación. Vienen desde la lejanía de los tiempos. Desde el arte chipriota hasta ejemplos del arte africano. Cristaliza con dramatismo en las manos en alto de la dama espantada del Guernica de Picasso. Nos recuerda, claro, las manos crispadas de los fusilamientos del 3 de mayo de Goya.

En el centro mismo de la dinámica de existencia encontró también Elie Faure las manos de Giotto: “Giotto habló de ellas con tanta ternura que en los brazos y las manos, en las rodillas plegadas de las madres y las esposas, sorprendió el inicio de todas las curvas animadas que atan de nuevo las formas al centro del drama humano.”

Giotto, Lamentación sobre el Cristo muerto, 1306.

“HORACIO. Con la costumbre se vuelve una cuestión de indiferencia.
HAMLET. Cierto. La mano que poco labra tiene el sentido más fino.”

La potencia opresiva y expresiva, que puede ir de la inflexión a la inclusión, de la contracción a la distensión; el espacio es un campo de fuerzas convocantes y vicisitudes que despliegan todo el circuito dramático de las manos en las películas de terror italianas, en La frusta e il corpo de Mario Bava, en Lo spettro de Ricardo Freda; la mano: verdadera unidad de relaciones y sucesos.

Fotogramas de La frustra e il corpo de Mario Bava, 1963.

El arma más a mano: la mano. En su origen, testimonio también de nuestra capacidad para liberarnos, de forma aparentemente natural, de todo esquema sensorio-motor. Mano-garra, dependiente del movimiento de atrapar, de desplazarse de una rama a otra. De forma que, antes que nada, órgano locomotor, cuya función se ha desplazado rápidamente gracias a la verticalidad y la aplicación de otros usos. Pero es por su intelecto por lo que el ser humano posee las manos, aseguró Aristóteles. En lugar de someterse a una finalidad natural, la inteligencia promueve en ella nuevas funciones, la convierte en un útil capaz de fabricar a su vez otros útiles. Suprema indeterminación de la mano, su potencia.

La mano es el apéndice más evidente del pensamiento: “El dibujo es el pensamiento en la punta de los dedos”, le gustaba decir a Jean-Luc Nancy, citando a François Martin. Pero “la mano no alcanza a donde llega la inteligencia.” (Leonardo)

La muñeca ligeramente doblada de la mano derecha del David de Miguel Ángel. Suprema evidencia de la sofisticación florentina, incluso de su carácter, aun más que sinuoso, retorcido, como el del escultor mismo.

Miguel Angel, David, 1501-1506.

Frente a ello, la mano intocada de la Beatrice del Dante.

El punto de fuga de Las Meninas coincide con la mano del cortesano Nieto que vemos al fondo de la puerta. La mano arrastra y soporta el cortinaje para que la luz atraviese la puerta e inunde todo el cuadro.

Las Meninas. Detalle de la puerta del fondo donde se encuentra José Nieto, punto de fuga del cuadro.

“Los griegos llamaban a «lo que es necesario» chre: de cheir, “mano”. La cosa manipulada (chrêma) porta en sí lo necesario, pero lo oculta bajo sus formas; lo que ellas ocultan es la huella del technites, del artesano que, literalmente, «hace falta»: halla una falta o falla en aquello que, en el estadio anterior, era tomado por lo más natural. Tómese, pues, la expresión en el sentido activo; la mano viene a llenar una falta: una chreía (necesidad natural), y para ello engendra una «falta», un hueco de manipulación (antes lleno por la maciza cosa natural): un tópos en el cual trabaja, y tras el que él se oculta, cual hábil técnico. Es esta escisión, recorte o perfil (esta talla), la que se manifiesta en la cosa fabricada (ahora, vista como soporte de una mediación chrèmatistike, o sea, lucrativa). Félix Duque, Filosofía de la técnica de la naturaleza.

La mano también crispada que Fritz Lang hasta se empeñó en dibujar. Son las manos de la Viena expresionista. 

Fotograma de M, el vampiro de Düsseldorf, 1931.

Por supuesto,  Egon Schiele.

Egon Schiele, Autorretrato, 1910.

Pero, por variar, fijémonos en la Pietà de Oskar Kokoschka, de 1909.

Culminará sobriamente esa mano enfundada en el guante de cuero negro de Gustaf Gründgens, también en M, el vampiro de Düsseldorf.

Mano ya cerrada en puño. Símbolo eminente de una amenaza inquietante y moderna: se extiende como una garra sofisticada sobre el plano de la ciudad. Mano impávida de dominación y control; su gélida conectividad alcanza una parte considerable de la urbe representada.
Esa mano sobre la ciudad volverá a aparecer en Mabuse. Y luego en el brazo articulado del científico en Teléfono Rojo de Kubrick.Tiempos negros en que los gestos del lumpen se confunden con los del gobierno de Europa.

Pero funciona, asimismo, como el envés de la mano blanca, extendida para que se impregne en ella una M soberana de tiza que se marcará en la espalda del asesino.

En realidad, el relato entero de Lang está construido como una pesquisa obsesiva en torno a las manos, no solo como marcas de histeria, sino como genuinos órganos de acción.

Incluso como superficies de un conocimiento secreto.

Imperio e histeria de la mano en Weimar.  La importancia, por ejemplo, de la mano (primer apéndice de la técnica) para Spengler, o para el fotógrafo August Sander. La mano tiene para él un estatuto ontológico propio. El fotógrafo veía en el cuerpo que gesticula o el que trabaja el espíritu de una época; de hecho, la mano constituía, a su juicio, una auténtica realidad psíquica e intencional.

El pensamiento de Heidegger: tener a la mano. La mano que, como copa, puede asir y encerrar la fluidez, llevar el devenir al centro del hombre. La concavidad de la mano es protección y cuidado para el dasein , el ser ahí volcado en la apertura sin fondo de la existencia.

Mirando el cartel de John Heartfield para la campaña electoral del Partido Comunista Alemán (KPD), Berlín 1928. (Fotógrafo alemán sin acreditar.)

Rugosa palma de la mano que nos sostiene como concha en el caudal del tiempo. Por eso, quizás, en la Biblia se dice “cuando me viniere el tiempo a la mano”.

La mano de Cristo que surge de la nube para sostener la balanza encargada de pesar las almas en el Finis Gloriae mundi de Valdes Leal. En los platillos del peso se puede leer: «ni más» «ni menos «. Constatación del acto mismo del juicio supremo.

Juan de Valdés Leal, Finis Gloriae Mundi, 1670-1672.

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