Perder la costumbre

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Siempre se ha dicho que las cosas pequeñas cobran valor cuando comienzan a perderse, como en estos momentos. Tan solo han bastado unos días para que se corte de cuajo, al menos por un tiempo, todo lo que hasta ahora ha sido cotidiano. No resulta sencillo asimilarlo por lo fugaz que ha sido paralizarse de pronto la vida. Sucede como en la pérdida de un ser querido. La mente, que en tiernas y tristes ocasiones cree haber oído la ilusión de abrir la puerta de casa del modo en que la abría quien se marchó para siempre, tarda en adaptarse a la nueva costumbre.

El 14 de diciembre de 1965, un día antes de morir, el periodista César González-Ruano escribía en su último artículo que todo en esta vida reside al fin y al cabo en la costumbre, y que la muerte no es más que «perder la costumbre de vivir». ¿Cuántos días más para perder la costumbre de querer abrazar a la familia a cientos de kilómetros? Existe esa vieja idea de equiparar las etapas de la vida a las estaciones. Estos días previos a la primavera —vital, histórica— son los de un invierno literal y figurado en que se permanece para contemplar y vivir los derroteros de una historia que nace y se desarrolla ante nuestros propios ojos con incertidumbre y sin saber muy bien qué ha pasado.

Estas mañanas luminosas y vacías, estos atardeceres grises de quietud, el corazón del país late infartado y lento. Al asomarse a la ventana, en la intemperie se entreveran el canto de los pájaros y las voces de los hogares confundidas con las de mayor volumen en la televisión. En estas jornadas de largo aliento se pone a prueba la paciencia. Se recarga el deseo. Se asiste al sacrificio que precede a la ansiada celebración, al roce de los cuerpos, al brindis borrachín y entrañable del reencuentro después de una separación forzosa y necesaria. Y entonces, se contarán las intrahistorias.

“Lo único que las personas realmente entienden, lo único que de veras conservan en su memoria, son los relatos”, dijo el periodista argentino Tomás Eloy Martínez parafraseando al ensayista Hayden White en una conferencia sobre periodismo y narración en el siglo XXI. “Entendemos mucho mejor cómo fue la peste que asoló Florencia en 1347 a través del Decamerón de Boccaccio que a través de todas las historias que se escribieron después”. Hay quienes en estos momentos cuentan el afán de cada día y quienes prefieren dormir un poco las ideas. Tomás Eloy diría que dar una noticia y contar una historia “son dos movimientos de una misma sinfonía”: narrar.

Este blog está dedicado al periodismo narrativo. Un arte que necesita calma y tiempo para adentrarse en las historias; calma y tiempo para escribirlas. “Porque solo permaneciendo se conoce, y solo conociendo se comprende y solo comprendiendo se empieza a ver. Y solo cuando se empieza a ver (…) se puede contar”, enseña la periodista argentina Leila Guerriero. Porque cuando todo esto pase, el sufrimiento ocasionado por la falta de libertad será cristalizado por la poesía como toda trayectoria heroica, y se cantarán con verdadero placer, en las largas conversaciones del mañana, las historias de estas jornadas de letargo. Y se recordará que un día se perdió un poco la costumbre de vivir.

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