Perder sí es cuestión de método

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Quedan diez minutos de partido. Pierdes cuatro a cero y tu equipo está haciendo uno de esos ridículos que tardarás en olvidar. Sientes el peso del mundo sobre tu espalda mojada. De reojo, tal vez con un poco de suerte, consigues ver a tu novia desde la grada que te mira, aún confiada en que hagas algo: aunque queden diez minutos. Aunque la derrota esté asegurada. Pero tú sabes que no vas a hacer nada, que estás pensando ya en las lamentaciones y el autofustigamiento de después. Dirás que no te pasaron ni un balón en condiciones, que el árbitro era un imbécil, pero bueno, qué se puede esperar de un tipo dispuesto a que le insulten todos los domingos. Solo piensas en que acabe rápido, en emborracharte hasta que cierren los bares mientras recuerdas alguna melancólica canción de Nacho Vegas que te hunda más en la miseria.

 

Hace años escribí esto mismo en una entrada de mi diario. Me había pasado la tarde con un buen amigo hablando de eso: de qué puedes hacer cuando te quedan diez minutos de partido y sabes que vas a perder. En aquel entonces no llegamos a ninguna conclusión. Sigo sin haberla encontrado. Pero justo esta mañana he leído Perder es un vicio, del blog Descartemos el revólver, y he vuelto a pensar en ello.

 

No me gusta el fútbol y confieso que tampoco entiendo a la gente que le gusta, que es la mayoría, claro. Pero me fascina un concepto: las prórrogas y los descuentos, esos minutos de más que marcan, en muchas ocasiones, la diferencia. Si algo he aprendido es que habría que perder como si siempre existieran las prórrogas, como si siempre estuviéramos a tiempo de hacer algo. Porque son como una propina inesperada. Ya lo dijo Carver: “Soy un hombre con suerte./ He vivido diez años más de lo que yo o nadie/ Esperaba. Pura propina. Y no lo olvido”.  Quizás sea en los márgenes de la vida donde se instala a menudo la felicidad.

 

La vida, y eso es de las pocas cosas que he podido aprender, se parece mucho al fútbol. Es un lugar en el que existen las prórrogas. Escasos minutos en los que el árbitro nos regala un tiempo precioso para marcar el gol que tantas veces se nos escapó. Es difícil remontar un cuatro a cero, no nos engañemos, pero siempre es mejor igualar un poco el resultado, sentir que lo estamos intentando. Aunque perder quede bien. Aunque nos hayamos convertido en buenos perdedores: en especialistas en el arte de acumular derrotas.

 

Así que cuando todo va mal, cuando la vida le gana a uno por goleada, siempre pienso en esto; en las prórrogas de los partidos de fútbol. Quizás la tentación del fracaso es mayor: ese fracaso que se tolera a base de humor, gin tónics y amigos, pero esas propinas están ahí como un aviso, como la molesta alarma de un despertador. Un despertador que nos recuerda, aunque a veces queramos apagarlo, que no todo está perdido. Que tal vez aún podamos seguir intentándolo.

 

«Ever tried. Ever failed. No matter. Try Again. Fail again. Fail better.»

Samuel Beckett