‘Pericles, príncipe de Tiro’, divertido ensayo general con casi todo

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No es Pericles, príncipe de Tiro una de las obras de Shakespeare que frecuente los escenarios con la asiduidad de otros trabajos del cisne del Avon. Su trepidación argumental, vertiginosa, cambiante, desigual y complicada, en la onda de la denominada novela bizantina, género de aventuras de moda en el siglo XVI a imitación de la novela griega, quizá tenga que ver con ello. De hecho, parece ser que el Bardo pudo encontrar inspiración, por autores interpuestos, en una de esas obras ahormadas según modelos helenísticos, Historia de Apolonio, rey de Tiro, atribuida a Celio Simposio, quien probablemente la escribió en el siglo V o VI inspirándose a su vez en algún texto griego anterior. Esta fascinante saga de trasvases, apropiaciones, recuelos, reinterpretaciones e influjos merecería capítulo aparte. Baste con señalar que las agitadas peripecias del monarca fenicio fueron bastante populares en la Edad Media; en España, por ejemplo, el Libro de Apolonio, compuesto por algún clérigo del siglo XIII en la castellana cuaderna vía, dibuja fiel y anticipadamente la trama de la obra de Shakespeare.

El caso es que seguramente don William conoció esta historia moralizante y disparatada a través de Confessio Amantis, en cuyo libro ocho fue recogida por John Gower a mediados del siglo XIV y que a finales del XVI fue puesta en prosa por Lawrence Twine en The Pattern of Painful Adventures. De ambas al parecer bebió el dramaturgo para aliñar una ensalada de combates, navegaciones, amores, temporales, deidades, incesto, piratas, burdeles, pérdidas, traiciones, reencuentros, maldad y pureza puesta a prueba, con el protagonista convertido en juguete de los rigores de un destino casi tan azaroso como el de Ulises.

Permítanme citarme a mí mismo para recordar que el Bardo la escribió entre 1607 y 1608, en plenitud de sus recursos, en la época en que culminó sus denominados romances tardíos (Cimbelino, Cuento de invierno y La tempestad, además de Pericles); los especialistas suelen atribuir los dos primeros actos a la mano de un colaborador, George Wilkins, actor y sujeto algo tenebroso, pues se especula con que también fuera proxeneta e incluso panadero, lo que tiene su miga. La cita aludida está extraída de mi crítica al montaje de la obra que Declan Donnellan presentó al año pasado en el madrileño María Guerrero, haciendo sitio a Wilkins en el rubro de la autoría al colocar su nombre después del de don William. El gran Donnellan se las apañó para encapsular las tormentosas aventuras de Pericles en los delirios de un hombre anclado a un coma en un hospital, de manera que la acción transcurría en una habitación, con su cama, sus aparejos clínicos, una puerta batiente por la que entraban y salían el personal sanitario y los familiares, y un espacio con sillas para los visitantes. No había trajes de época, espadas, barcos u otros objetos que evocaran el trasfondo clásico de la historia. Siete actores, todos excelentes, le bastaron para asumir la veintena larga de personajes. ¡Y qué bien estaba contado y resuelto todo!

Un momento de la función

Ese mismo elogio admirativo cabe aplicárselo a la fresca propuesta presentada por Hernán Gené en el 65 Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida, que utiliza también un elenco de siete actores en estado de gracia, multiplicados con viveza y sentido en el oceánico universo de personajes que se asoman a este argumento tan apabullante y que, en resumidas cuentas, relata lo acaecido al príncipe de Tiro desde que viaja a Antioquía para pedir la mano de la princesa local, que vive en incestuosa coyunda con su padre, el rey, quien, al darse cuenta de que Pericles sabe la respuesta a la adivinanza puesta como condición para acceder al principesco matrimonio y por ende conoce el abyecto secreto de la pareja real antioqueña, decide borrar del mapa al fenicio, que pone tierra, o mejor, agua, de por medio con la amenaza de un asesino pisándole los talones. A partir de ahí se suceden tormentas, una boda, una hija, la pérdida de ambas, naufragios y nuevas complicaciones diversas hasta que todos felizmente se reencuentran en una demorada, emocionante y previsible anagnórisis final.

La atinada versión de Joaquín Hinojosa, plástica, dinámica, divertida y que compendia muy bien el tremendo berenjenal del argumento, encuentra una desenvuelta puesta en escena por parte de Gené, que seguramente irá ajustando ritmo y matices en sucesivas representaciones y que funcionará mejor en un ámbito diferente al imponente espacio del Teatro Romano. La acción se sitúa dentro de un ensayo del ensayo general de un montaje de la obra de Shakespeare, a cargo de la Compañía del Kartoffel Theater, en el que el actor principal ha sido reemplazado de un día para otro y el sustituto (un matizado Ernesto Arias) se ve obligado a pechar con el papelón mientras, a unas horas del estreno, duda de si no será demasiado mayor o demasiado gordo para el personaje, el director lo fríe a indicaciones y algún compañero le marca el territorio. Gené ejerce tanto de Eiwob Divad (lean el nombre al revés y atraparán el guiño), ampuloso narrador que tañe un theremín y luce un llamativo pelucón rubio, como de director del espectáculo cuando se despoja del postizo capilar.

Pericles (Ernesto Arias), en el centro, en plena tormenta

Así, en un jocoso ejercicio metateatral en el que la imaginación campa a sus anchas con la alegría de un arroyo saltarín, se alternan los rápidos pellizcos a detalles del montaje y las aventuras y desventuras de Pericles y compañía con gran economía de medios, un poco al estilo de las antiguos cómicos de la legua que apelaban a la fantasía del público para suplir la austeridad de los elementos materiales de que disponían. Los actores (Arias incluido en algún cometido incidental) pasan de un personaje a otro como por ensalmo ayudados en su fregolismo por el inteligente vestuario de Pepe Uría, quien logra con singular eficacia las diferentes caracterizaciones de ambientes y caracteres. En la risueña zarabanda, con máscaras, juegos de clown y demás, Ernesto Arias, Ana Fernández, Marta Larralde, María Isasi, José Troncoso y Óscar de la Fuente están estupendos, aunque el último, sin desmerecer a los demás, realiza un prodigioso ejercicio de expresividad cómica. 

Apenas pesan las dos horas y cuarto del espectáculo, pero, justo es decirlo, al final las duras gradas del recinto emeritense se cobran su tributo en las posaderas y espaldas de los espectadores. Confieso que suelo disfrutar mucho del teatro en Mérida, pero siempre pienso que el público de hace dos mil años debía de tener el culo de hierro. 

 

Título: Pericles, príncipe de Tiro. Autor: William Shakespeare. Versión: Joaquín Hinojosa. Dramaturgia y dirección: Hernán Gené. Escenografía y vestuario: Pepe Uría. Iluminación: Claudia Sánchez. Diseño sonoro y dirección musical: Javier Almela. Intérpretes: Ernesto Arias, Ana Fernández, Marta Larralde, María Isasi, Óscar de la Fuente, José Troncoso y Hernán Gené. Teatro Romano. 65 Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida. 10 de julio de 2019.

 

 

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Juan Ignacio García Garzón
Juan Ignacio García Garzón es uno de los nombres que me habitan (o que habito, vaya usted a saber). Como tal espécimen, nací y vivo en Madrid, donde ejerzo la profesión periodística desde hace más de tres décadas, que ya son años. En tiempos pretéritos trabajé en Radio Exterior de España (RNE), la Agencia EFE y la cadena radiofónica COPE, no simultáneamente. En el diario ABC, he sido redactor jefe de la revista dominical Blanco y Negro, las secciones de Cultura y Espectáculos, y su suplemento cultural, además de crítico teatral.   He publicado dos libros biográficos: “Lola Flores. El volcán y la brisa” (2002 y 2007), y “Paco Rabal. Aquí un amigo” (2004), con el que obtuve el II Premio Algaba de Biografías, Autobiografías y Memorias, y el volumen de análisis cinematográfico “Cary Grant. RKO Films” (2009), además de alguna otra cosa sobre cine y teatro que se hace fatigoso enumerar. En 2009 fui agraciado con el premio Ciudad de Alcalá en su modalidad de Periodismo, que lleva el nombre de "Manuel Azaña", por el artículo “Si Hamlet fuera mujer”, publicado en ABCD las Artes y las Letras.   A veces, aunque hace ya tiempo que se hace el remolón, me visita un tipo que escribe poesía y firma como Juan Garzón. Pese a su ánimo remiso, este holgazán de la escuela Bartleby ha publicado cuatro libros de poemas: “Ejercicios de estilo” (1979), “Figuras y descripciones” (1984), “Imán” (1989) y “Principio de viaje” (2000).

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